L
as raquetas no sólo sirven para jugar al tenis…














… también para sacarte de c
asa, llevarte lejos, y lograr que dejes de lado durante unas horas el cristal de la ventana…










… y mires el mundo desde tu anorak.





Hay personas magnéticas, que atraen instantáneamente, sin necesidad de abrir la boca, con su única presencia. Gente rodeada de un aura mágica, una especie de imán capaz de atraer las simpatías de cualquiera que se acerque a ese campo de atracción.

Otra gente, por el contrario, de entrada no cae bien. O lo que es peor, ni siquiera cae. Es gente insípida y transparente, a la que puedes llegar a atravesar sin ver, como almas en pena que cruzan por tu lado sin que te des cuenta. Y a menos que seas del tipo curioso y amigo de los retos imposibles, pasarás de largo, buscando el rebufo de la estela de alguien del otro grupo, de los magnéticos, como si estar cerca fuese una manera de que se te pegara un poco de su polvo mágico, y parte de su encanto terminase siendo tuyo.

A mi me gusta pararme cuando todos los demás pasan de largo, arrastrados por los magnéticos. Cuando el campo queda libre, y, con calma, sin prisa, puedo ponerme a rascar la cáscara insípida de los transparentes. Y saltándome todos los prejuicios y primeras impresiones, descubrir. La curiosidad puede llevarte lejos, pero más lejos aún puede llevarte la paciencia.

Porque la paciencia, el intentar sacar de donde parece no haber, pero hay, es, precisamente, la fuerza de los transparentes.

Tengo una tristeza y una opresión en el alma que no me deja, a pesar de que ya han pasado unas horas desde que salí del cine. Hacía mucho que no me metía tanto en la trama de una película, y no será por escasez de películas vistas… pero no recuerdo, desde hace mucho, mucho tiempo, haberme sentido tan atrapada por lo que les ocurriese o por lo que sintiesen los protagonistas.

No puedo pensar con claridad. Sólo puedo sentir. Angustia y pena, mucha, porque hay mucha tristeza en esta película. Pero también siento la grandeza, tan arrebatadora como el propio paisaje en la que todo estalla, la intensidad de un sentimiento que late bajo la superficie de la normalidad, de lo establecido, de lo que debe ser, y aunque no se impone tampoco se apaga, al contrario… No puedo borrar de mi mente la imagen de esas dos camisas manchadas en la misma percha. Nunca tan poco, unas camisas sucias, manchadas de sangre y tierra, dijeron tanto...

No puedo seguir, porque si sigo escribiendo creo que voy a echarme a llorar. Porque creo que aún estoy (y estaré) perdida entre los pinos y los arroyuelos de Brokeblack Mountain.

Creo que lo peor de no tener a nadie es la sensación de desperdicio. Y no hablo de tiempo perdido, de momentos no vividos que ya no se vivirán, que también. Me refiero al sentimiento de estar malgastándote a ti mismo. Y no es algo exclusivo de solitarios chulitos y egocéntricos, sino de cualquiera, hasta del más modesto y poco pagado de sí mismo. Y aunque pueda sonar tremendamente presuntuoso, un alarde de inmodestia y una arrogancia chulesca, es más bien todo lo contrario.

Porque al que está solo lo que de verdad lo que se le clava en el alma no es tanto el vacío en sí, sino la sospecha, realmente fundada y cierta, de estar tirando a la basura, sin abrir, montones de posibilidades, como el que tira regalos envueltos primorosamente sin haber visto ni siquiera su contenido, pero sospechando que eran cosas preciosas que nunca más volverán a pasar por sus manos. Y quizás lo más curioso sea que lo que más escuece no es la certeza de estar perdiéndose muchas cosas por culpa de la soledad, sino la secreta seguridad de estar impidiendo que otro disfrute de lo mucho y bueno que uno puede ofrecer y tiene que guardarse por no tener a quién dárselo.

Cuando yo estaba sola, sin nadie a quien querer y que me quisiera, lo que peor llevaba era precisamente eso: la sensación de que estaba dejando escurrir entre los dedos un tiempo precioso e irrecuperable, un aliado que cada día que pasara iría en mi contra, e impediría a algún afortunado de disfrutar de un espíritu joven en el que mirarse y reconcerse, de una vida en blanco, aún por escribir sin tachaduras ni enmiendas, de una piel aún tersa, un pelo sin canas, o un cuerpo en condiciones más que aceptables por el que perderse, aunque ¿durante cuánto tiempo más? Entonces descubrí que lo que se suele decir de que el que más da es el que más recibe es tan cierta que se puede afirmar con rotundidad que no hay egoísta más grande que el mayor de los generosos.

Sí. Lo mejor de tener a alguien no es tenerlo, sino que ese alguien te tenga a ti.

No suelo ser persona de explosiones espectaculares de ira o enfado. Más bien soy de callarme y aguantar, y cuando alcanzo mi tope proceder con determinación, pero con frialdad, sin gritos ni aspavientos. No soy de discutir, sino de actuar. Sin embargo, hoy he gritado, he dicho palabrotas y hasta me han dado ganas de zarandear a mi contraria. No es que la situación se me haya ido de las manos: es que no podía callarme, no debía callarme, hubiese tenido sangre de horchata si me hubiese callado, y no, no la tengo… Y es que yo tengo una flexibilidad y una capacidad de abarcarlo todo tan efectiva y práctica para los que me rodean como peligrosa. Porque soy como una goma elástica, con la gran ventaja de que puedes tirar y tirar de ella, porque siempre es flexible, y se estira hasta límites alucinantes. Pero también las gomas tienen un pequeño, pero molesto aunque previsible inconveniente: todas ellas tienen un límite de elasticidad… y se rompen. Y cuando una goma se rompe, si te alcanza duele… Y mucho. Pues esta tarde quien ha tensado la goma y la ha roto, viene disfrutando desde hace tiempo de su increíble capacidad de estirarse hasta llegar a todo, para luego volver a encogerse, y volver a estirarse a la medida de sus necesidades. Y esa fuerza de la costumbre ha hecho que se confiara, pensando que la goma nunca se rompería, pero lo ha hecho y ha recibido el impacto de la goma rota en toda la cara.

Y sólo hay una cosa que me fastidie aún más que el hecho de que me hagan llegar al límite: que me mareen después intentando hacerme ver que las cosas, a pesar de todo, no son tan graves. Ese espíritu falsamente conciliador, que no es sino una última intentona desesperada de quedar encima, a pesar de todo. Es como si pretendieran pegar los dos extremos de la goma con pegamento de barra. Un intento voluntarioso, pero inútil.

Una estúpida pérdida de tiempo.

Odio ver esos calendarios con los días que van pasando tachados. Fechas tachadas con saña, a conciencia, con un rotulador gordo y apretando mucho, como si la cruz sobre el número hecha con fuerza y bien visible fuese una muestra más viva de la determinación del que tacha de demostrar que el tiempo pasa. Aunque siempre me he preguntado si esos días emborronados son para los que los tachan un día más vivido o un día menos para estar en este mundo. Una vez incluso me atreví a hacer esta misma reflexión a un aficionado a tachar con furia el día anterior cuando se sentaba en su mesa de trabajo al llegar a primera hora de la mañana, y sólo conseguí que me mirara con cara de susto y no supiera qué decirme, mientras ponía la tapa al rotulador y aprovechaba una llamada de teléfono para cambiar de tema... Supongo que todo es mucho más prosaico y que la gente que hace eso en los calendarios tiene la falsa ilusión de acercarse así con más rapidez a fechas señaladas mediante este sistema, llámense vacaciones o el día de la despedida de soltero de su amigo del instituto… Pero yo no puedo dejar de mirar con mucha aprensión esos calendarios que gritan que ya queda menos para el fin, que todos esos días llenos de cruces ya no volverán, jamás, que en lo que queda de eternidad nunca volverá a ser 14 de enero de 2006. Es como si me recordaran con una bofetada tan seca y rotunda como esas cruces, trazadas con furia inconsciente, que en este mundo se puede comprar cualquier cosa, o casi, pero de ninguna manera ni con nada el propio tiempo.

Quiero pensar que los días tachados por esas personas son días vividos plenamente, y no días de stand-by esperando algo que quizás nunca llegue, por mucho ímpetu que pongas en tachar los días anteriores… Me gustaría poder mirar un calendario lleno de cruces sin ese amago de tristeza, sino todo lo contrario: pensando que todas ellas son la muestra palpable y pringosa de tinta de que ninguno de esos días sepultados tras las cruces se repetirán, ni falta que hace, sencillamente porque fueron lo que tuvieron que ser y ya no sería necesario que volvieran.

Pero no puedo evitar la tristeza al ver tanta cruz… Como en un cementerio.

Me apunté a los Premios 20 Minutos de blogs sabiendo de sobra que no tenía nada que hacer. Y lo sabía tan bien y me importaba tan poco que no tardé nada en quitar el botón para que me votaran. Pero si me inscribí lo hice por dos motivos que en realidad son uno solo:

- Para que me invitaran a la fiesta que, dicen, harán para entregar los premios, evento al que todos los participantes podrán asistir. No es que me gusten especialmente los saraos, y menos aún confraternizar con bloggers cuyas bitácoras ni siquiera conozco (¿hay cosa más violenta que ésa cuando te cruzas con algún bitacorero orgulloso de su rincón al que jamás te has acercado? Glups. Con lo malísima que soy yo para ese tipo de paripés...), pero este festejo es la llave que desde hace meses me mantiene con la ilusión de que llegue el gran día. El día en el que, por fín, quizás pueda saborear la verdadera golosina:

- Conocer a Nepomuk.

Dos de los libros que más me han gustado en los últimos tiempos son dos novelas que me costaron menos dinero de lo que costó pagar el tiempo gastado por el operario encargado de imprimirlos, el papel, la tinta y la electricidad de las máquinas que los hicieron. Vamos, que con lo que me hubiese costado un Cosmopolitan en el kiosko aún me hubiese sobrado para comprarme otro libro más… Y es que si los libros me gustan así, genéricamente, por el sólo hecho de ser libros, los de oferta me vuelven loca. Más si cabe, me atrevería a afirmar, que una primera edición de ésas que parecen haberte estado esperando desde hace 100 años, a los que tampoco hago ascos, dicho sea de paso… Porque es fácil escuchar la llamada irresistible de un libro antiguo, pero salvar del revoltón de las gangas a un buen libro que, de no ser por tu olfato hubiese pasado de largo por tu vida, es aún mejor.

Uno de ellos es "La isla de los pájaros", de Jaime de Armiñán. Sí, el director de cine, el que hizo la serie “Juncal”, la del torero decadente que interpretaba Paco Rabal, el marido de la Santonja, la señora que hace años presentaba “Con las manos en la masa”. Una historia llena de magia, imposible, pero no improbable… Un libro que no me canso de releer, como si cada vez que me sumerjo en la atmósfera de la isla donde se desarrolla todo, se acercase un poco más la posibilidad de que algo así fuera posible…

El otro es "La fuerza de uno", de Bryce Courtenay. Una historia de infancia-desgraciada-de-la-que-se-sale-a-pesar-de-todo. Póngase en una coctelera un niño blanco en la Sudáfrica racista de la primera mitad del siglo XX, el boxeo como forma de superación combinada con una inteligencia preclara y un corazón limpio, todo ello presentado en una narración vigorosa y envolvente, y bébase de un trago. Sin dejar ni una gota en el vaso. Un uppercut directo al alma.

Creo que los dos se han convertido en dos de los libros de mi vida.

Me gusta madrugar porque salir a la calle muy temprano, cuando aún es de noche, y ver cómo la luz va apoderándose de las calles hace que parezca que el mundo se despereza a tu alrededor cuando tú ya estás de pie, despejado y en perfecto estado de revista. Es como llevar un ratito de ventaja en una carrera seguramente agotadora, pero quien sabe si sorprendente en lugar de rutinaria, que terminará cuando dentro de unas horas me meta en la cama…

Me gusta conducir de noche y lloviendo, porque hay pocos coches y la carretera se vuelve misteriosa e inexplorada, como si la oscuridad que oculta el paisaje que te rodea, sólo rota por el lengüetazo de los faros hacia delante, fuese una amiga cómplice, dispuesta a llevarte a un lugar nuevo, seguro y mucho mejor del que has salido…

Me gusta mirar el mundo mientras gira, porque es como si pudiera bajarme de él en marcha durante un ratito, y, mientras observo, conseguir que el tiempo no pase para mí. Luego me subo de nuevo de un salto, y sigo mi camino. Pero durante el instante en que me he bajado, he vuelto a ser testigo de algo que la gente no suele ver, porque los árboles les impiden ver el bosque.

Igual que cuando veo las calles vacías, volviendo a la vida poco a poco. O las estaciones de servicio surgiendo de la nada, como si alguien las hubiese puesto ahí, sólo para mí.

Creo que me gusta todo eso porque me hace sentirme un poco especial. Menos masa informe y más persona diferenciada. Y ese sentimiento es más poderoso y embriagador que cualquier cosa. Es como mirarte a ti misma, y verte. Y que te guste. Mucho. A pesar de que, para sentir eso, para saborear con auténtica fruición un amanecer vigorizante o una noche lluviosa al volante tenga que estar sin nadie a mi lado.

Quizás, después de todo, va a resultar que soy una solitaria…

Qué gran verdad es ésa de que la adversidad saca lo mejor de cada uno, que no hay como un buen desastre para sacudirte la tontería y empezar a mostrar de qué estás hecho. Una verdad casi tan grande como que el optimismo trae consigo una atmósfera propicia para que las cosas salgan bien, igual que la negritud de espíritu parece terminar por atraer hacia el pesimista la mala suerte y la peor pata en cualquier camino que emprenda. Estos primeros días del año estoy viviendo ambas situaciones: un auténtico cataclismo caótico a mi alrededor y un ánimo curiosamente positivo y entusiasta, y, la verdad sea dicha, me siento estupendamente con el desbarajuste que me rodea, con un panorama desolador de cascotes y escombros después del derrumbe y con la posibilidad de levantar de nuevo todo, empezando de cero. Soy consciente de lo que tengo encima, y de lo que me espera antes de poder respirar sin sentir opresión ni agobio, pero también me invade un ánimo impetuoso y risueño, gracias al que me siento capaz de afrontarlo esto e incluso más, si llegara el caso, y no sólo salir airosa del cataclismo, sino también disfrutando de ello.

Aunque, ¿para qué negarlo?, cuando todo esté en su sitio de nuevo, una temporadita de paz y tranquilidad, en la que salga lo peor de mi misma, tampoco estaría mal…

Para variar, más que nada…

Siempre he sido consciente de que lo de “Año nuevo, vida nueva” era una fantasía, algo que dura menos que una pompa de jabón, pero que, igual que las pompas, es bonito, perfecto y extrañamente sugerente, capaz de sacar de uno la parte más ingenua y crédula durante un instante, o al menos durante la temporada que dura el propósito del cambio. Aún así, siempre me he agarrado a esa posibilidad, a que una nueva cifra en el calendario significase un giro, con una fuerza inusitada, con un ansia de náufrago desesperado que intenta salir a flote, que sólo puede explicarse por la necesidad imperiosa de un cambio. ¿Es eso síntoma de pesimismo y descontento congénito o, por el contrario, ansia optimista de superación del que tiene lo bueno pero no se conforma y lucha por conseguir algo aún mejor? Quiero creer que es lo segundo, pero mi lado negativo me dice que no sea ingenua y vea la realidad que me persigue desde siempre: quiero páginas en blanco porque el cuaderno que ya he escrito no me gusta. Quiero cambiar mi letra porque soy tan supersticiosa que creo firmemente en algo tan tonto como pensar que una nueva caligrafía hará que las cosas sean diferentes.

Esta primera mañana de Año Nuevo me invade la misma sensación de cada primero de enero desde que tengo uso de razón: que necesito la página en blanco. Que la necesito como el aire para respirar. Me hace falta saber que existe la posibilidad de que, si no todo, algo sea nuevo y mejor. Pensar que esta vez quizás sí pueda librarme de páginas mil veces escritas y mil veces odiadas, páginas que me persiguen desde hace años, quizás porque son partes fundamentales de mí, aunque las odie con toda mi alma. Puede que sea el momento en que consiga darles esquinazo, aunque no sepa cómo y seguramente tampoco esta vez tampoco lo consiga, pero ¿y si esta vez sí lo logro? No digo que no salvaría páginas del cuaderno viejo, por supuesto que lo haría, pero necesito la opción de pensar que esta vez mi letra será más bonita, el bolígrafo se deslizará mejor por el papel, y quizás, cuando ponga “Fin” en la última página, dentro de un año, el deseo por hacer borrón y cuenta nueva sea, al menos, un poquito menos fuerte.

De momento, el cuaderno está flamante, el bolígrafo no gotea y mi lado pesimista debe estar durmiendo la mona, porque veo ante mí la posibilidad de tirar a la basura lo malo sin que vuelva a encontrármelo en el cajón dentro de tres meses, como pasa siempre. Así que, aprovecharé mientras dure...

Feliz Año Nuevo.