Lo peor de crecer, de hacerse mayor y finalmente envejecer no es el hecho de
ir dejando atrás montones de posibilidades no elegidas que jamás
recuperaremos. Lo más trágico del paso del tiempo no es la imposibilidad de
recuperar lugares a los que, en el caso de volver a ellos, ya nunca serán
los mismos. Ni siquiera la impotencia de ver cómo personas que son
fundamentales en determinados momentos van cayendo poco a poco de nuestras
vidas, como frutas demasiado maduras, y terminan borrándose, como si nunca
hubiesen existido. Lo peor de todo es ser consciente de lo poco que te va
quedando por delante… El brusco despertar del falso sueño de eternidad en el
que nos mecemos durante buena parte de nuestra vida. Son los otros los que
se mueren de repente, los demás son los que envejecen, nosotros siempre
estamos igual… hasta que dejamos de estarlo. Un día cualquiera, de repente,
con un sobresalto, te das cuenta de que no vivirás eternamente, que lo que
no hiciste a los 20 y pensabas hacer a los 30 tampoco lo has hecho a los 40. Y quizás un arrebato de autoestima maltrecha te haga arremangarte y conseguirlo, pero en el fondo sabrás que ya no era el momento, que lo has hecho, sí, pero como un mero trámite, para decir “Lo he logrado”, pero todos sabemos que cada cosa tiene su momento, y ése ya no era el tuyo…


Me he desvelado, y eso supone empezar a dar vueltas, intentar no pensar en que no me puedo dormir, y el intento de vaciar mi mente es inútil, ya que es entonces cuando empiezo a pensar justo en lo que no debo, y ya sí que no me dormiré, o lo haré, pero con la cabeza repleta de preocupaciones, y soñaré, con llamadas de teléfono, ese teléfono infernal, me van a gastar el nombre, Teresa, Teresa, Teresa… Todo termina llegando a Teresa, pasando por Teresa, quedándose a que lo arregle Teresa, pregúntale a Teresa, Teresa lo sabe, y si no lo sabe, lo inventa, o lo busca, o lo encontrará, seguro. Cuando empiezo a soñar sobre cosas del trabajo, malo. Malo, malísimo. No debo, no quiero, me niego, pero ¿cómo? Soy lo que soy, una estúpida responsable, bendita irresponsabilidad, el reino de los cielos será de los responsables, pero el paraíso de una vida sin quebraderos de cabeza es de los irresponsables. Cambio cabeza bien amueblada, con vistas estupendas, por cabeza loca, no me importa que sea interior. Mi reino por un poco de inconsciencia. La lucidez es la madre de todos mis males. Quiero ser un zoquete feliz. Lo necesito. Un zoquete feliz e irresponsable, al que nada le importe. Mierda de educación judeo-cristiana…

Es tarde, mañana costará abrir los ojos, o no, saldré llena de energía, dispuesta a comerme el mundo y los problemas, mojando pan en la salsa más espesa, pero el bajón de las 19.30 será inevitable. ¿La vida es eso? ¿Soñar con cosas del curro, y no desconectar hasta el sábado por la tarde? No, no lo es. Ocho horas para dormir, ocho para trabajar, otro para uno mismo. Ocho por tres, veinticuatro. Las cuentas salen. Si fuera eso, todos tendríamos un cutis impecable, pero no da tiempo, y las horas para uno mismo una termina fundiéndolas con las horas del trabajo, o con las obligaciones, uno mismo siempre puede esperar. Y te vas de casa de noche, y vuelves de noche. ¿Cómo te ha ido el día? Ah, ¿es que ha sido de día? ¿Cuándo? La luz natural envuelve la vida de ahí fuera, aquí dentro la luz siempre es la misma, haga sol o nieve, luz de fluorescente, luz de ordenador, luz artificial. Planté un jacinto hace meses, pero no ha soportado esa luz. Lo tiré a la basura hace días. ¿Hay vida más allá de esas cuatro paredes? Dicen que sí, que nos corresponderían ocho horas para disfrutarla, después de haber dormido otras ocho, es lo mejor para la piel, dicen las modelos de Cibeles cuando las preguntan por sus secretos de belleza. Eso y agua. No me gusta beber agua sin sed, es como hacer sexo sin amor. Dicen que es bueno, una cosa y la otra, es posible, pero no me gusta. Y bastantes cosas hago sin que me gusten. Otra más no.

Cuando iba al colegio, envidiaba a la gente que trabajaba. Ellos no tenían que estudiar en casa, ni hacer deberes. A la hora de salir, apagaban sus ordenadores, cogían sus abrigos y a casa. A vivir. Yo quiero eso. Quiero sentirme privilegiada, tal y como yo los veía desde mis diez años, con esa envidia de quien odia profundamente algo y no puede hacer nada por evitarlo, sino esperar... Quiero ser como esa gente a la que yo miraba con envidia salir de sus trabajos, mientras yo me comía el bocadillo pensando en la cantidad de deberes que me esperaban en cuanto terminara de ver Vicky el Vickingo…

Mañana, que ya es hoy, volverán los agobios, las llamadas, los papeles… Y ¿sucumbiré? Seguramente. Quizás no el lunes, ni el martes, pero sí el jueves o el viernes, cuando esté demasiado saturada para ser fiel a mis propósitos de enmienda... Pero juro que, cuando apague el ordenador, antes de coger el bolso y el abrigo y marcharme a casa, mi último pensamiento será para la niña de falda gris y bocadillo de nocilla, e intentaré no volver a traicionarla.

Por éstas, que son cruces…

Tengo un cansancio de ese que no arrastras, sino que te empuja, porque tú ya no puedes más, y es la inercia de haberte movido tanto la que logra desplazarte, no tus fuerzas, inexistentes, ni tu ánimo, no por los suelos, sino bajo tierra. Es un agotamiento que te va minando poco a poco, casi sin darte cuenta, gota a gota de entusiasmo, átomo a átomo de energía, como un reloj de arena, imperceptible, pero implacable, hasta que de pronto eres consciente de que ya no queda ni un solo grano de arena, y ya sí que no puedes con tu alma. Ni con tu cuerpo, ni con tu alma. Y es que la debilidad física termina siendo secundaria, porque el agotamiento mental te impide recomponerte y plantearte cómo y dónde encontrar fuerzas de nuevo.

Estoy cansada, tanto que no puedo ni pensar. Mi cuerpo aguanta el tirón a duras penas, pero aguanta, debo ser más fuerte de lo que creo, pero mi pobre cabeza tiene un cupo, y he llenado todos los huecos habidos y por haber. Tendría que quitar el tapón del desagüe y tirar unos pocos problemas, un puñado de historias embrolladas, una buena paletada de responsabilidades, y así poder abrir de nuevo el grifo, pero no puedo. Me he quedado con el pomo del grifo en la mano, imposible parar el chorro, y el tapón ya no hay quien lo quite. Desbordará, lo veo, y no puedo hacer nada por evitarlo.

No sé qué va a ser de mí, y eso es algo que a la vez me intriga y me asusta un poco. Tengo la sensación de que voy a saltar por los aires, y sólo me queda la opción de avisar para que, los que estén cerca cuando eso ocurra no se sorprendan por el estruendo, y no se asusten si se encuentran con jirones de mí pegados a la ropa…

Nunca he celebrado el día de San Valentín. Es más, toda la parafernalia empalagosa de corazones, color rojo rabioso, aroma de fresa y pétalos de rosas me marea y me revuelve el estómago a partes iguales. Creo que celebrar ese día es algo innecesario, por el punto obligatorio y borreguil que tiene obedecer la consigna "Viva-el-amor-vamos-todos-a-comprar-para-demostrarlo", tanto si estás enamorado como si no. Si quieres a alguien, tienes 364 días más para demostrarlo, por sorpresa y porque sí, porque un latigazo arrebatado de pasión te lleva a hacerlo, lo cual añade mucha más sal al asunto, y sin que nadie te tenga que decir cuándo toca ser romántico y dulce. Si estás solo y no tienes a quien querer ni quien te quiera, el amigo Valentín, a pesar de toda su buena y santificada voluntad, hace que la carencia de amor en tu vida se haga mucho más evidente, más sangrante y humillante, un islote de soledad en medio de un océano de amor y caramelo, mientras compruebas con angustia y desolación cómo nadie se acuerda de tí sencillamente porque no tienes a nadie a quien le importes lo más mínimo.

No debería ser necesario que nos rodeen durante semanas de flores, lazos rojos, corazones y papel de regalo para que nos asaltaran las ganas de tener un detalle con las personas amadas. Ni tampoco nadie debería sentirse obligado a comprar algo, lo que sea, para quedar bien y no tener bronca el 14 de Febrero. ¿No sería mucho más sincero, original y meditado, por ejemplo, encontrarte un día cualquiera de un mes cualquiera un post-it amarillo en el bolsillo del abrigo que se te pegue en los dedos al buscar las llaves, y que te ponga una sonrisa en la boca que te durará todo el día después de leer algo como “No te olvides de coger leche. Ah, y tampoco de que te quiero…”? O, un suponer, meterte en la cama, como cualquier otra noche, y sentir algo frío en los pies, y comprobar con ojos maravillados que es ese reloj que hace meses , de pasada en un comentario rápido y sin intención ninguna, dijiste que te gustaba, pero que era demasiado caro, y total, tienes mil relojes, y al final no te pones ninguno...

Supongo que esa aversión mía a canalizar amor a través de objetos obligada por la publicidad y las leyes del mercado se resume en una frase:

Cuanto le tengo a él, me sobra todo.


El día que aprendí a decir que no se abrió ante mí un mundo lleno de posibilidades desconocidas, un abismo sin fondo al que aventurarme. Pero la diferencia estaba en que ese mundo, que siempre estuvo ahí, se puso a mi alcance, y de pronto no me importó el riesgo del terreno resbaladizo, ni el vértigo del no saber qué pasaría. Al contrario. Una vez que dices “no” una vez y no sólo no pasa nada malo, sino que te sientes estupendamente, lo difícil es retenerse, ser políticamente correcto y decir que sí con una sonrisa mientras por dentro el “no” lucha por salir.

Hay las mismas letras en un “sí” que en un “no”, pero todo cambia cuando descubres que tú también puedes desarmar a alguien con un “no” oportuno. Cuando compruebas que un “no” puede llevarte lejos. Cuando te das cuenta de que un “no” tajante, de esos que cuesta tanto decir, puede allanarte el terreno hasta límites insospechados. Cuando ves que, a pesar de todo, hay veces que un “no” no sólo es necesario, sino imprescindible.

El día que aprendí a decir “no” también descubrí verdadero el valor del “sí”…

Lo mejor de la libertad es poder usar el derecho a no ejercerla.

Soy como una lata de conservas. Dura y resistente al tiempo y a los elementos, con una etiqueta pegada en la que dice lo que hay dentro, de mayor a menor, como en los ingredientes de las conservas. Atún, aceite de oliva y sal. Mi etiqueta la pone el consumidor, a su gusto, después de coger del estante la lata, darle unas cuantas vueltas y dejarla de nuevo en la estantería o bien llevársela a casa. Habrá algunos que tras sopesar la lata y mirarla un poco al trasluz, terminarán pegándome una etiqueta de “mujer de mediana edad, distante e inaccesible, con un punto de listeza y una pizca de soberbia”. Otros, después de mirar y remirar, pensarán que detrás de la hojalata se esconde un ejemplar típico de “mujer solitaria, escondida tras el burladero de las palabras por miedo a saltar al ruedo de la vida”. Y así hasta el infinito. Pero ninguno estará seguro de lo que hay hasta que llegue a casa, vacíe la bolsa de la compra, saque la lata y con el abrelatas en la mano, se disponga a abrirla y comprobar por sí mismo qué hay dentro.

Lo malo de las latas es que, una vez abiertas, no hay marcha atrás. Nunca más podrás volver a cerrarlas herméticamente. Como mucho, podrás trasvasar su contenido a un tuperware, o a un viejo bote de mermelada reciclado. Pero ya no será lo mismo. Su fecha de caducidad se verá reducida. O te comes el contenido, o lo tiras.

A veces me siento como una lata de conservas. Si me abro, ya no tiene remedio: estaré a merced de los elementos. Podrán hacer de mí lo que quieran, comerme o tirarme, picotear un poco o devorarme de una sentada, chuparse los dedos o dar arcadas, amarme o destrozarme. Mi hermetismo puede aislarme, lo sé, lo ha hecho, lo hace, lo hará siempre, pero también puede protegerme.

Porque soy vulnerable. No sé si más o menos que cualquiera, pero sí sé que en mí hay un componente quebradizo y delicado que, en las manos inadecuadas, puede permitir hacerme mucho daño, y eso hace que me replantee las cosas antes de dejar un abrelatas al alcance de cualquiera. Porque sé lo que puede suponer no poder volver a cerrar nunca más la lata. Y porque sé que, dentro de mi, el ingrediente principal, el primero de la lista, por delante de "lista", "responsable", "sensible", "distante", fría", "contradictoria", o "comprensiva", es ése. Precisamente ése.

Frágil.

Hace años, en una ingeniosa e inolvidable campaña publicitaria, el hombre de la tónica invitaba con una sonrisa a gente escéptica a probar una bebida amarga y difícil, de esas que odias o te encanta, insistiendo en que no importaba si de entrada no te gustaba, porque simplemente era cuestión de tiempo: era porque la habías probado poco.

A veces creo que en esta vida hay muchas cosas que son como la tónica. De entrada te dan escalofríos, incluso náuseas, pegas un respingo y dices “No, no trago”. Pero, con el tiempo, te relames, y quieres más. Y lo mismo que te hacía escupir y renegar termina convirtiéndose en algo que te embriaga, de lo que no te cansas, sino que quieres más, y más.

Lo confieso, siempre pensé que el hombre de la tónica era tremendamente atractivo…