¿Por qué si un hombre habla de “su mujer” a nadie le choca, mientras que si una mujer se refiere a su marido como “su hombre” suena tan posesivo, tan febrilmente acaparador y celoso?

Los días son más largos, más limpios, con una luz arrebatadora que te hace guiñar los ojos cuando conduces camino al trabajo, un sol naciente cegador que se levanta al mismo tiempo que tú te desperezas y empiezas tu rutina, pero que se queda fuera cuando tu entras. Y es que a ti toda esta explosión de vida renovada te pilla a cubierto, y sólo te queda la opción de mirar por la ventana, como un preso melancólico que se consume sin remedio mientras tacha los días que faltan para un vis a vis en el calendario. De buena gana te irías a dar un garbeo por los barbechos llenos de pamplinas y amapolas, o te comerías un bocadillo tumbada en la hierba sin preocuparte si te quedas dormida después, porque toda la tarde es para ti y ahora el sol no pica, sólo acaricia levemente, pero estás atado a la pata de la mesa hasta las 7, y no es posible. Y para entonces, cuando vuelves a casa, el sol aún brilla, pero allí también te llaman las obligaciones, y es difícil no escucharlas, tu yo responsable es fuerte, más que tu yo vaguete y dejado, y el sol vuelve a quedarse fuera, y tú dentro.

A través del cristal, veo la primavera extenderse, como una alfombra verde y cálida, una invitación galante a una fiesta que muy a mi pesar tengo que rechazar. Y no me consuela pensar que vendrán otras primaveras. O que quizás en futuros años, la orgía de color y el brillo del sol sean aún más espectaculares, y la de este año quede como un pálido y desvaído recuerdo poco digno de ser recordado. Es posible. Pero no serán ésta. Ni yo tampoco seré la misma.

Aunque seguramente, el resto de las primaveras, bonitas o feas, también me pillarán así.

Mirándolas desde mi ventana.

Caprichoso, el destino te pone delante a personas igual que te las quita. A cada uno le toca estar atento y saber echar el lazo a la gente que se cruza contigo y merece la pena, y una vez atrapados, el secreto está en saber mantenerles a tu lado, apretando los nudos, con fuerza, pero también con delicadeza. Algunos de ellos logran zafarse y finalmente se escurren entre los hilos que les unen a nosotros. Es gente que, por dejadez o despiste, terminan por dejar morir la relación. Y esos lazos que nos ataban a ellos se pudren y se caen, como los puntos de sutura que se reabsorben solos y con el tiempo desaparecen.

Miras atrás, y ves el rastro de todos los que fueron algo y ya no son nada. Y te preguntas cómo llegó a ocurrir. Porque quizás también tú fuiste descuidado, o desidioso, y llega un momento en el que la culpa es lo de menos, porque lo de más es que de nuevo estás solo. Y tu soledad retumba ensordecedora, y te haces más preguntas para las que no tienes respuesta. Igual que tampoco puedes explicar por que un día miras a tu alrededor y ves de nuevo unos hilos tendidos, y caras nuevas, y nombres nuevos en tu agenda, y voces frescas en tu teléfono, y sientes que quizás no duren, pero eso todavía no te importa. Aún no. No miras al futuro, porque no lo tienes, y el pasado ya no te pertenece. Sólo tienes un presente. Y en ese presente están algunas personas que antes no estaban. Que se van haciendo un hueco en tu vida.

La gente va y viene, como las olas que se estrellan a la playa. Algunos se acercan y se van, arrastrando parte de ti, pero marchándose, inevitablemente, para siempre. Otros te lamen suavemente los pies, y se pegan a tu piel, dejando en ti su sabor salado que inevitablemente ha venido para quedarse.

Y eso, de momento, es suficiente.

Volviendo a casa, miro los almendros en flor y no puedo evitar pensar en que la vida es un poco eso: un día eres una rama seca y aparentemente muerta, y a la semana estallas en un festival de color y aroma, arrebatador e impresionante. O al revés. De la noche a la mañana, las flores dan paso a las hojas y a una le queda la sensación de que la explosión de flores blancas no fue más que una ilusión óptica.

Miro la vida, mi vida, y me queda un regusto indeterminado: la felicidad tiene un aroma dulce y rotundo, cálido y fresco, con notas de acidez y una salida fina y afilada, algo seca, con un punto amargo.

Como las almendras. Incluso las más dulces no pueden borrar el sabor de las amargas que te comiste en el pasado.

Madurar es dejar de sufrir inutilmente, o al menos optimizar el sufrimiento. (*)

(*) Para D.

Las 8 y media de la tarde. El viento sopla endiabladamente. Odio el viento, me da dolor de cabeza, me altera el humor y me hunde el ánimo. Me he dado un baño caliente, en el que me he quedado incluso dormida, pero malditas las ganas que tengo de vestirme, coger el coche y plantarme en Madrid. Pero lo hago. Tengo que hacerlo. Cita ineludible: celebración de cumpleaños con las amigas de la universidad. Las mismas a las que invité por primera vez a mi casa hace ahora 20 años, a celebrar mi 19 cumpleaños. Entonces fueron Coca-Colas, Fantas, gusanitos y sándwiches hechos por mi madre. Hoy será comida oriental en el Wok de la calle Virgen de los Peligros.

En el coche, la radio me acompaña. Y las madres de las chicas asesinadas en Ciudad Juarez, contando sus tragedias, me trastornan el espíritu. Y olvido el viento, que hace que el coche se me quiera ir de las manos, y olvido que no tengo ganas de ir a Madrid, sino de quedarme con él, en casita, en pijama. Y lo olvido todo. Porque el dolor asumido y resignado de esas mujeres, pobres e incultas, pero con un español lleno de sonoridad y dulzura, incapaces de comprender el por qué de tanta injusticia, me demuestra que todo es relativo, y que los verdaderos dramas suceden en un pestañeo, y lo que ahora te preocupa se convierte en una burla del destino cuando la vida, de verdad, te muestra su cara agria y sangrante.

Y llego al cumpleaños con el ánimo raro. Aunque disfruto de la noche, porque no estoy con él en casa, pero estoy con ellas, y he logrado llegar hasta aquí sin romper el hilo que me une a mis amigas de la facultad, aunque sólo nos veamos tres veces al año, para nuestros cumpleaños. Y veo que sí, que tengo una vida que me gusta, y no tengo miedo de no volver a casa cuando voy a trabajar, porque me maten, y tengo un trabajo que me agota, y me desespera demasiado a menudo, pero que es mío. Y vuelvo a casa tarde, viva y contenta, con la casa oscura y silenciosa. El ya duerme, así que me desvisto en el salón, donde antes de irme, previsora, dejé el pijama. De puntillas, me meto en la cama. Su presencia y su calor me vuelven a demostrar algo tan quimérico como verdadero: que ahí, a su lado, nada malo puede pasarme…

Y lo último que pienso, antes de caer rendida, es en cómo han sido estas últimas semanas: días largos y grises, tristones y agobiantes. Y me doy cuenta, con mi último parpadeo antes de quedarme dormida, de que nada es en realidad tan complicado, pero que, muy a mi pesar, tengo una incontrolable tendencia a que los árboles me impidan ver el bosque.

Demasiado a menudo.


Necesito unas vacaciones de mi misma.
Poder cerrar los ojos y, al abrirlos, ser otra persona.
Alguien de quien no supiera lo que va a terminar haciendo, y a pesar de ello, no ser capaz de anticiparme y evitarlo.
Alguien egoísta, capaz de superar de una vez por toda esa tendencia masoquista e insufrible de terminar siendo ser su peor aliado.

Alguien distinto, pero no demasiado.

Sólo lo suficiente.


Tu tiempo en mi mano es el mejor de los regalos... (*)

(*) 39 años… ya.

Me he dado cuenta de lo mucho que echo en falta mirar por la ventana, mientras el autobús o el tren de cercanías me llevan al trabajo y me traen a casa. Y no porque ahora no valore esos quince minutos de reloj entre el sofá de mi salón y mi silla en la oficina, o porque no disfrute una barbaridad conduciendo por una carretera sin atascos. No es porque ahora mi conciencia cívica me remuerda por contaminar más viajando sola en un coche en el que podrían ir otras tres personas. O porque eche de menos poner la antena y alucinar ante conversaciones ajenas. Lo que de verdad me falta ahora, y lo añoro de veras, es esa tendencia mía a quedarme embobada mirando el paisaje, en algo parecido a un trance de ensoñación y reflexión, un territorio pantanoso en el que me gustaba sumergirme tanto desde la lejana época de la ruta del autocar camino del colegio. Echo de menos esos ratos a bordo de un tren en los que veía amanecer, y luego ponerse el sol, momentos de letargo por la mañana temprano y de desconexión por la tarde, instantes robados al cansancio y a la pereza para pensar, para divagar, para dormitar, pequeños paréntesis en los que esconderme durante un ratito, a salvo de la vorágine del día, que ahora no tengo, y que necesito tanto…