Atravesamos el presente con la vista puesta en el futuro y arrastrando un pasado que nos frena, incapaces de tirar un lastre que sí, nos pesa, pero también nos afianza en lo que hemos terminado siendo. Un afán de agarrarnos a lo que fue e intentar atrapar en una red llena de demasiados agujeros lo que aún no es y quizás nunca sea, nos hace deambular por el presente como almas en pena. Espectros de lo que fuimos, porque ya no lo somos, y sombras de lo que seremos o quizás no, pero que nadie nos garantiza que consigamos serlo, a pesar de nuestros milimétricos y bien trazados planes. ¿Qué queda para el instante? Queda la valentía de afrontarlo, con todas las incertidumbres del abismo de lo desconocido, sin la red tupida de un pasado ni el tul etéreo de un futuro, sin las ansias impetuosas de lo por venir y las pavesas melancólicas de lo que ya nunca volverá. El presente a veces es un lugar inhabitable, un territorio demasiado virgen al que da miedo aventurarse, un magma resbaladizo sobre el que demasiadas veces es imposible construir nada… Y es tan fácil reposar la cabeza en el hombro familiar y reconfortante del pasado como hacerlo en las rodillas firmes y sedosas de un futuro lleno de posibilidades...

El presente es todo lo que tenemos para seguir respirando, un aire demasiado puro que a veces marea, el grano aventado tras separar la paja de lo que fuimos y los brotes que, quizás, nunca lleguen a florecer dentro de unas cuantas primaveras. Y a veces, después de quitar tanto, queda tan poco...

Buscas entre las cenizas del pasado y los futuros despojos de un futuro que, pasará también, intentando encontrar la clave para navegar por un presente que viene sin mapa y sin manual de instrucciones. Y a veces encuentras cosas, pero otras no encuentras nada. O, lo que es peor, encuentras demasiado, tanto que no puedes abarcarlo todo…

Y mientras tanto, sin verlo apenas, el presente ya se ha convertido en pasado…

Hubo un tiempo en el que nacías en un lugar y morías en él, quizás incluso en la misma cama en la que tu madre te hizo ver la luz, hasta con el mismo colchón de lana, movido y removido unas cuantas veces, cada primavera…

En aquellos años, la vida pasaba sobre ti, en lugar de pasar tú por la vida. La gente con la que te cruzabas durante toda tu vida era la misma, y aunque sabías la respuesta, cuando la preguntabas cómo estaba, te respondía con un lacónico “Tirandillo…”

Aún me cruzo con personas que van tirando de sus vidas, como si no pudiera ser de otra manera. Me gusta pensar que cada vez quedan menos. ¿Será mi vena optimista? Quizás, aunque a veces creo que se trata más de ese punto ingenuo que nunca me abandona, por muchas cosas que pasen. Aunque a veces quede un poco oculto por mi parte pesimista. Que haberla, hayla…

Me gusta leer, porque me permite vivir vidas que no son la mía. Posibilidades que están ahí, pero que yo no he elegido sencillamente porque no están en mi abanico de opciones. Pero existen. Y me gusta poder saber que existen. Aunque no seamos más que las opciones que descartamos... Me gusta observar, tanto por el descubrimiento de universos desconocidos como por lo contrario: ese reconocerse en lo más inesperado, cuando menos lo pensabas. Y sí, me gusta escuchar, es algo natural en mí, y quizás haya terminado con el paso del tiempo convirtiéndose en una especie de blindaje… ¿Quién no tiene su lado frágil?

Son éstos tiempos en los que universos remotos pueden estar al alcance de cualquiera que sepa y quiera parase a mirar a su alrededor. A mi me gusta mirar. Y escuchar. Y aprender. Y descubrir.

Quizás todo se reduzca a que me pierde la curiosidad…

Y a que tengo un ordenador y una línea de teléfono...

Me gusta ver llover mientras las gotas rebotan contra el cristal. Y ahora puedo hacerlo libremente, porque no tengo a mi madre detrás de mí diciéndome "Baja la persiana, que se mancha el cristal"...

Me gusta abrir las bolsas de patatas fritas al derecho. Cuando era pequeña, mi madre las abría según caía, sin fijarse en algo tan inútil como que las letras estuviesen al derecho o al revés. Cuando lo hacía con las letras hacia abajo, me estropeaba el placer de comerme esa bolsa de patatas. Ahora sonrío cuando estoy a punto de abrirla cabeza abajo, y enseguida le doy la vuelta, para que las patatas me sepan ricas de verdad.

Me gusta pensar en los demás, ponerme en su lugar y salirme de mí, para centrarme en ellos. Cuando era pequeña, soñaba con la posibilidad de colarme en las casas de la otra gente, ver cómo era ser hija de esa señora tan guapa de la cola del pescado, o la hermana de esa chica rubia que siempre me encontraba en misa. Aún hoy me quedo pensativa mirando las luces de las casas de enfrente, pensando en cómo serán esas vidas que no son la mía. Cómo todo está lleno de vidas insignificantes que para cada uno son su universo entero. Y sigo sobrecogiéndome. Como cuando era pequeña.

Me gusta pensar en las cosas que me gustan. Cuando intento hacer lo mismo con las que no me gustan, me pongo triste. Creo que eso debe significar que soy una persona positiva.

Ayer, en plena fiesta bloguera del 20 Minutos, mi pasado más lejano, aquel en el que aún era una jovencita de sólo 22 años, llena de ímpetu e ilusión, vino a visitarme. Como ese fantasma de las navidades pasadas. Sólo que yo no esperaba que el espectro, en forma de presentador de sarao bloguero y con algunas canas más, aún recordase mi existencia. Pero lo hizo. Me equivoqué cuando pensé que la gente olvida fácilmente. Aún me recordaba…

Pasé los veranos de mis tres últimos años de carrera en la Cadena Ser, comiendo helados del Palazzo de al lado en la terraza de la emisora, y cubriendo las vacaciones de los redactores por la cuarta parte de su sueldo y, además, dando las gracias por dejarme explotar. Guardo estupendos recuerdos de aquellos meses, todos ellos ligados a compañeros que, aún hoy, de vez en cuando se asoman a la tele, o siguen hablando por la radio, y no puedo evitar alegrarme por haber vivido aquello, a pesar de todo. Dicen que el paso del tiempo suaviza lo negativo y realza lo positivo del pasado. No lo creo. Lo peor de aquella época sigue vivo, tanto como entonces, porque cambió por completo mi vida. El bofetón que me bajó de golpe del mullido colchón de ilusión por convertirme en periodista aún me duele, aunque los dedos en mi cara ya no me molesten ni se vean, pero están ahí. Yo los siento. Cada vez que abro un periódico. Cuando escucho la radio. En el momento en que alguien habla de una nueva cadena de televisión. Siempre. Ayer mismo.

Trabajé con Goyo González durante varios de aquellos meses de estío, y fue un tiempo intenso y lánguido a la vez. El verano es un tiempo muerto informativamente hablando, donde la vida va al ralentí y la imaginación suele sustituir a la actualidad. Aprendí mucho en esos meses. Sentí que lo que yo hacía también era importante. Me sentí querida. Me reí mucho, muchísimo. Si hubiese trabajado con él todo el tiempo en el que estuve allí, ahora sería una periodista, en lugar de una simple licenciada en Ciencias de la Información, rama Periodismo, trabajando como administrativa en una oficina. No sé si sería tan feliz como soy ahora, pero sería periodista. Seguramente no sería una estrella mediática, pero mi mundo sería el de los medios de comunicación. Sin embargo, alguien se encargó de decirme que yo no valía para ello. Y fue más convincente que el bueno de Goyo, porque yo le creí. Y seguí mi camino. Otro camino. El mío. Este. Y no me arrepiento. Pero algunos días, como ayer, me doy cuenta de que la vida a veces se decide a espaldas de ti, por pequeños giros del destino, como el hecho de que una persona se atraviese en tu camino o tu te le atravieses a él. Y eso es algo que me parece tan injusto como terrorífico.

"Pero tienes tu blog. ¿Tres años? Pero si fuiste una de las primeras… Y ahí seguro que te vuelcas. Es genial".

No creo que este blog tenga ni pizca de nervio periodístico, pero bueno... En algo sí que tiene razón: me gusta tenerlo. Y sí, eso es estupendo.

Pero lo otro, a pesar del tiempo transcurrido, cuando el tiempo cambia, cuando leo un buen reportaje que no me hubiese importado hacer, o cuando voy a una entrega de premios y el pasado se me planta delante, lo otro aún escuece…

Todo llega. Incluso el final del concurso de blogs del 20 Minutos. Parece que hace mil años que apareció la convocatoria, y quizás hasta sea así, porque se me ha hecho interminable... ¿Quién me lo dijo? No consigo recordarlo, pero sé que alguien me habló del concurso y el "Tienes que apuntarte..." fue inmediato. Yo tenía mis dudas, claro, este rincón no es un lugar de paso más que para un puñado de gente. Digamos que, de toda la red de Metro, este blog no es más que una estación perdida de poco tránsito, nada que ver con Sol o la Avenida de América en hora punta. Pero poco importa porque ¿qué tenía que perder? Nada. ¿Y que ganar? Quizás tampoco gran cosa, aunque la ilusión de venir al sarao de la entrega de premios la tengo desde que me apunté. Las hay que nos conformamos con poco: unos panchitos, una Fanta y poco más... También tiene su aquel eso de venir al Campo de las Naciones, coger un ordenador del ciberchiringuito que han montado para el evento, y en directo, mientras te miran raro y a tus espaldas les escuchas murmurar, "Mira, esa está posteando", ver a ese puñado de gente que, también, igual que tú cada día, encuentra un hueco en sus agendas para pensar en voz alta y compartir sus mundos con quien quiera pasarse a echar un vistazo.

Quitando a "Mi vida en Taiwan", "El diario de una mujer gorda" y, por supuesto, a Nepomuk, creo que no conozco ni sigo a ninguno de los finalistas. Pero bueno, el caso es estar aquí. Y con mis escasos 12 votos , formar parte de algo.

Aunque sea desde el pelotón. Detrás del todo.

Pero pedaleando.

Hasta que el cuerpo aguante.

Ni cuenta me di, pero hace tres días este blog cumplió tres años. No he escrito todos los días, ni mucho menos, pero a pesar de los paréntesis, de la sequía que noto últimamente, del desánimo que a veces me invade cuando me releo y veo que no cuento gran cosa, que cada vez mis posts son más flojuchos y sin sustancia, a pesar de todo, ya han pasado tres años desde que me lancé a la blogosfera. Y eso me parece un milagro. He estado tentada de abandonar muchas veces, una incluso casi lo consigo, pero volví. Y creo que si de nuevo desaparezco, terminaré volviendo. Son muchas las satisfacciones que me ha traído este espacio. Mucho lo que me ha hecho reflexionar. Mucha gente la que me ha traído hasta mí. Y si lo que escribo ya no tiene interés, o es aburrido, o sin estilo, será porque yo ando apática y desmotivada, o aburrida, o porque he perdido mi chispa y mi creatividad a la hora de escribir ya no da más de sí. Pero incluso en ese caso, aunque parezca una inutilidad, tendrá su razón de ser: porque reflejará lo que yo soy en ese momento. Y eso será suficiente como para hacer de este blog algo que, después de todo, merezca la pena mantener.

Aunque sólo sea para mí misma.