A veces intento salir de mí misma, y mirar hacia mi ventana, a ver qué es lo que ven desde el otro lado los que la miran. Y me desdoblo, como en esas películas en las que el protagonista se muere y su espíritu transparente se despega de su cuerpo inerte. Y sigo viviendo tras el cristal, pero al mismo tiempo pruebo a ser espectadora y a mirarme como si no me conociera. Es algo que he hecho siempre, desde que era pequeña, y tengo que confesar que, a lo largo del tiempo, he ido perfeccionando esa técnica. Lo mejor de todo es que, en todos estos años, lo que he ido viendo ha ido cambiando, lentamente, y ese espectáculo se ha convertido algo cada vez más interesante. Apasionante. Increíblemente divertido, a veces. Turbadoramente desconcertante, en algunos momentos.

He terminado descubriendo que me gusta estar conmigo. Que soy una buena compañía.

Que en un tiempo cada vez más lejano pude ser mi peor enemigo.

Ahora soy mi mejor aliada.

No. No he visto “El Código Da Vinci”. Ni la película de Almodóvar. Ni a Penélope Cruz (ya la vi el año pasado en el aeropuerto, coincidimos en el avión de vuelta…). Ni tampoco he visto “Babel”, de Alejandro González Iñarritu. Ni la de Ken Loach. Nada. El Festival de Cannes es muchos festivales, y el que yo veo cada año no es el que sale en la tele. Yo voy a Cannes a ver películas que jamás llegarán a estrenarse en España, y, la verdad, pasar cuatro horas esperando a que las estrellas desfilen por la alfombra roja me da bastante pereza. La Selección Oficial, o sea, las películas en competición para la Palma de Oro, son terreno vedado, exclusivo casi al 100% de los periodistas, y conseguir una entrada es algo cada año más complicado. Así que ya veré las películas premiadas después de unos meses en Madrid, aunque aquí me toque pagar por verlas y no pueda subir por la famosa alfombra roja, aunque sea en zapatillas de deporte (aunque ya lo he hecho unas cuantas veces, y qué demonios, también tiene su glamour…)

Porque mi festival no es un festival de vestidos de fiesta ni zapatos de tacones imposibles: sería un suplicio soportar una de mis jornadas habituales allí vestida para matar, por mucho que el marco invite a ello, pero no puede ser: mi uniforme festivalero es siempre cómodo para poder aguantar las esperas en las colas y todo un día fuera de casa: pantalón, camiseta, zapatillas cómodas y mochila, para guardar el bocadillo de mediodía, la botella de agua y las mil y una revistas que cada día se editan con críticas y noticias del festival.

Mi festival es un festival madrugador, con la primera sesión a las 8.30 de la mañana, la misma hora a la que entro a trabajar, por cierto, o sea, que me he pasado todas mis vacaciones madrugando más que si trabajara, aunque, ¿para qué negarlo?, sarna con gusto no pica... A veces salgo de la sala Debussy o de Miramar, y directamente vuelvo a ponerme a la cola para ver la película que empieza a las 11.00. Otras el paréntesis se abre hasta las 14.00, y da tiempo a dar una vuelta, mirar unos escaparates de tiendas inalcanzables, pero curiosas, aunque solo sea por saber que existen. A las 16.30 o a las 17.00, y corriendo un poco, se puede llegar al Noga Hilton a ver otra más. Y si el cuerpo resiste y una ha conseguido invitaciones, ir a la de las 19.30 o las 20.00 h. Excepcionalmente, porque una no es de piedra y con 4 películas en el cuerpo la quinta ya es difícil de asimilar en un solo día, se puede llegar a ir a la sesión de las 22.00, sesión ésta interesante, pues suelen acudir a la proyección los equipos de la película, siempre contentos de estar allí y por tanto accesibles y simpáticos. Y, como quien no quiere la cosa y a pesar de ser una poco mitómana y muy vergonzosa, venirse para España con algún autógrafo en el bolsillo. Este año, dos: de Tristán Ulloa y de Leonardo Sbaraglia.

Mi festival es el festival de La Semaine de la Critique, Un Certain Regard y la Quinzaine des Realisateurs. Un festival menos conocido, pero mucho más auténtico y único.

Una semana y 26 películas. Las mejores: “Two thirty 7”, una australiana sobre las últimas horas de un grupo de adolescentes antes de que uno de ellos se suicide, “Congorama”, una belga sobre la búsqueda de sus padres biológicos de un inventor y los juegos caprichosos del destino, y “Jindabyne”, otra sorpresa venida de las antípodas, el relato inquietante del encuentro de un cadáver en un fin de semana de pesca y sus consecuencias.

The End. Hasta el año que viene.

Mayo es el mes de la alergia, los estornudos y el Ventolín a mansalva. También es el mes de los puentes, al menos en Madrid, casi a la par que el de Diciembre. Pero para mí, de un tiempo a esta parte, Mayo es el mes del Festival de Cine de Cannes. Algo más de una semana de cine hasta en la sopa, de la mañana a la noche. Mi semana cinéfila coincide con los primeros calores y es un auténtico respiro que me oxigena hasta las vacaciones de verano.

Necesito aire, eso es un hecho. Ha sido un invierno duro. Mis ojos agradecerán un paisaje nuevo. Poder dejar mi ventana habitual durante unos días, y acostumbrar mis ojos a la oscuridad de las salas de la Croisette. Dejar de escribir mi historia y dedicarme a escuchar las historias de otros.

Me voy, porque necesito volver.

Siempre me he preguntado por qué, en tus años tiernos, los mayores insisten tanto en la importancia de no mentir. Es precisamente ése uno de los pecados que, cuando vas a hacer la comunión y durante un tiempo te paseas por iglesias, catequesis y confesionarios, aparece en primer lugar entre las maldades y debilidades de los mocosos de 9 años. Sin embargo, en un momento dado, pocos años más tarde, lo que se valora es el poder del disimulo, puesto al servicio de lograr unos fines a los que, claramente, no se llega por el camino de la sinceridad, ni enarbolando la bandera de la verdad. Te entrenan para que seas clara, transparente, incluso te inoculan que no serlo es pecado; pero esa transparencia, ese soplo de sinceridad que hiela al que lo recibe, es un arma que se vuelve contra el sincero: te hace vulnerable, se te ve venir, y, lógicamente, te impide atacar.

Cuando el tiempo te ha curado del sentimiento de culpa, ya es demasiado tarde: el mentiroso no nace, se hace. Se entrena con método, con la experiencia. Se curte con cada pequeño engaño, con cada media verdad, con cada disimulo, con cada frase falsa.

Y el sincero, tan frágil y transparente como el cristal, termina perdido para la causa de la hipocresía. O lo que es lo mismo: para la causa de la vida. Y se conforma con mantener el tipo en el duro oficio de sobrevivir en un mundo en el que casi nada es lo que parece.

Salvo la gente como él.

Tengo las manos llenas de masa de rosquillas, una pasta pegajosa, indomable, y a duras penas consigo abrir el grifo en la posición de agua caliente sin pringarlo, pero finalmente lo abro. Un chorro tibio primero y abrasador después me quema los dedos. Bruscamente, a toda prisa, vuelvo a cerrar el grifo. Abierto. Cerrado. Tan fácil como en Barrio Sésamo. Tienes agua. No tienes agua. Un gesto tan simple, tan habitual y tan automático me deja parada ante el fregadero, pensativa, con las manos llenas de masa y un ligero aroma a anís envolviéndome, con una sensación poderosamente ambigua y perturbadora que me deja clavada durante un instante eterno, sin saber muy bien qué hacer. Me siento culpable y al mismo tiempo afortunada. Pero mucho más culpable, porque no he hecho nada especial para tener tanta suerte. Y sin embargo, la tengo. Abro grifos todo el tiempo, si quiero agua fría, la tengo, fría y transparente, limpia e inofensiva para mi salud; si la necesito caliente, la tengo, y si quiero puedo eternizarme en la ducha durante minutos llenos de voluptuosidad y vapor. Es algo tan corriente que ha terminado por ser rutinario, igual que enciendo luces inconscientemente, incluso cuando es de día, o doy por hecho que si enchufo algo, funcionará, siempre, porque sí, porque no puede ser de otra manera. Pero sí, puede ser de otra manera. Podría no funcionar. Podría no ser tan fácil.

Salgo de mi burbuja bruscamente, igual que entré. Regulo la temperatura del grifo, y termino de lavarme las manos. La masa resbala por entre mis dedos y se pierde en la espiral devoradora del desagüe. Sigo sintiéndome afortunada por poder darme cuenta de que tengo suerte. Y maldigo mis momentos bajos, en los que soy injusta con mi destino, y me siento aún más culpable y estúpida, e incluso mala y pecadora, como cuando era pequeña, y en el colegio la culpa me atenazaba, mientras veía los reportajes de las misiones de las monjas misioneras de mi colegio, y mis deseos incontrolables de comprarme una goma de Milán de nata me parecían disparates comparados con las calamidades que sufrían esos niños flacos y sucios, que no tendrían tiempo en su desesperada vida para comerse jamás un Palote, y que darían un brazo por un puñado de esas páginas en blanco de cuaderno milimetrado que yo arrancaba, a escondidas, para que el cuaderno viejo por fin se terminara y así poder empezar uno nuevo cuanto antes...

En los últimos tiempos, como es evidente, escribo poco. Y mal.
Y pienso mucho. Demasiado.

Hay momentos en que me gustaría tener un interruptor, “On/Off”, para dejar de pensar. Quizás también me haría falta otro para poder dejar de sentir. Chas. Silencio en la cabeza. Chas. Calma en el corazón.

Pero es algo que no viene de serie. Ni el parar los pensamientos ni el frenar lo que se siente. Dicen que son dos opciones que se terminan por aprender, con el tiempo, con la experiencia, con los golpes y las caricias de la vida. Es posible. Yo, por más que lo intento, no lo consigo. Casi me atrevería a afirmar que, desde que me conozco, me he vuelto cada vez más obsesiva en mis pensamientos encadenados e imparables. Y también más incapaz de racionalizar y guiarme por mi cabeza en lugar de por algunos de mis peores y más desmadrados impulsos.

Vivo en una zozobra constante, incapaz de controlar racionalmente mi lado más vehemente y pasional. Y al mismo tiempo, me siento inútil para, en ocasiones, dejar de lado mi cabeza y dejarme guiar por lo que de veras deseo…

Quien me entienda, que me lo explique.