Vivir con este calor infernal es como hibernar, pero al revés. No te puedes mover sin romper a sudar, no tienes ganas de nada, ni siquiera de dormir, porque cuesta conciliar el sueño por la misma razón que casi cuesta respirar un aire caliente como el de un secador de pelo que te persigue allá donde vayas, así que la vida, salvo si tienes un aire acondicionado al lado, se reduce a dejar que el tiempo pase y llegue la noche, lo cual tampoco asegura que el calor se atenúe. Sin embargo, la lógica más ilógica hace que la jornada intensiva, ese gran invento que en teoría te permite vivir algunas horas del día en lugar de reducir tu existencia a dormir y trabajar, en la práctica no es más que un regalo envenenado. En realidad, eso que nos hace suspirar el resto del año deseando que lleguen julio y agosto, se reduce a un solo mes, por culpa de las vacaciones. Y ese mes que te queda, termina por ser un fraude: porque todo lo que el resto del año soñabas con poder hacer en esas tardes libres, no lo haces, porque no puedes. Físicamente es imposible. Lo harías con brío y entusiasmo en cualquier otro momento del año, en primavera, en otoño, incluso en el invierno más crudo. Pero no con 37ºC a la sombra.

Los empresarios son listos. Jodidamente listos.

Y la jornada intensiva, un timo.

Peor que el de la estampita.

Tuve una época en mi adolescencia en la que contemplé seriamente la posibilidad de dedicarme a la enseñanza. Luego me dio por pensar que el solo hecho de escribir con relativa facilidad me convertiría en una buena periodista, y a eso me lancé sin pensar demasiado en que no sólo de saber juntar bien las palabras sale un reportero, pero eso es otra historia, una historia con final desgraciado en lo que a mis logros profesionales se refiere, que también dejó de lado mis pretensiones didácticas y me llevó a los procelosos mares de la cosa administrativa, donde he terminado por desenvolverme estupendamente. Y donde, las vueltas que da la vida, las circunstancias me han terminado por poner a un puñado de alumnos delante, y tengo que reconocer sin pecar de inmodesta, que no se me está dando nada mal. Me encuentro enseñando al que no sabe, y lo cierto es que mis dotes pedagógicas me sorprenden. Moldear a alguien que viene de nuevas en una materia desconocida y acojonadora en un primer acercamiento es una tarea gratificante y placentera. Me gusta ver cómo la gente, asustada e insegura al principio, poco a poco van soltándose de mi mano, como esos niños que montados en la bicicleta, ruegan a sus padres que les quiten primero una ruedecita, luego la otra, hasta que al final gritan emocionados mientras pedalean como locos, “Mira, papá, ya puedo solo”.

Me gusta menos que, al cabo de demasiado poco tiempo, cuando yo creía que amaban la bicicleta, me salgan con que prefieren las motos o el skate, y se larguen por donde han venido, dejándome con la amarga sensación de que he malgastado mi tiempo, mi energía y mi ilusión inútilmente y que, no sé cuándo ni en qué, me he equivocado.

Pero bueno. Eso, también, es otra historia.

No eran más que unas simples sandalias. De las de dedo. Las que si son de goma se llaman chanclas. Estas eran rosas. De piel, con unas estrellas de mar blancas, cosidas. Bueno, sólo eran estrellas, pero siempre pensé que eran estrellas de mar. Desde que las vi en El Corte Inglés, hace tres años, y me las compré. Jamás me hicieron daño, a mí, la Sra. Pies Delicados, que en su vida pudo gastar unas sandalias de goma y se tuvo que conformar con mirarlas con envidia en los pies de sus amigas, que con ellas eran capaces de correr jugando al rescate o saltar a la goma como gacelas.

Sin embargo, las sandalias rosas se adaptaron a mis pies como si me hubiesen estado esperando toda la vida. Para permitirme andar sin sentirlas durante horas, sin sufrir ni pizca. Me las he puesto muchísimo estos tres veranos. Tanto que, como todo lo que no era rosa en ellas era blanco, o sea, la suela y el interior del zapato, se han manchado y gastado hasta límites vergonzosos para seguir yendo con ellas por la vida. Con todo el dolor de mi corazón decidí sustituirlas por otras más presentables. Y como hago con todos los zapatos que desecho, las puse en una bolsa para llevarlas al contenedor de la ropa usada. Adiós. Fue bonito mientras duró.

Las nuevas sandalias, también de dedo, llegaron a mis pies con la difícil misión de superar, o al menos igualar, el placer y la comodidad que me dieron las otras. Y confieso que esperaba que lo lograran. Pero no ha sido así. De entrada ya eran bien diferentes, pero eso no me impidió darles una oportunidad, al contrario. De un color metálico, algo así como cobre, de finas tiras trenzadas. Pero con una delicadeza engañosa. Estas sandalias duelen. Destrozan. Me hacen cojear. No puedo con ellas.

Me he pasado toda la mañana pensando en mis sandalias rosas. Arrepintiéndome de mi precipitación. Pensando que jamás volvería a verlas. Que quizás jamás encontrara unas iguales. Envidiando a la indigente a la que le tocarían en el reparto del ropero de las monjas. Por eso, cuando él ha llegado, y. ansiosamente y temiéndome lo peor, le he preguntado si ya había tirado al contenedor las sandalias, la alegría que me ha invadido cuando me ha dicho que todavía no, que aún las tenía en el maletero del coche, ha sido inmensa. Un subidón. Como si me hubiese regalado unos Manolos.

Los caminos de la felicidad son tortuosos y, a veces, tremendamente cortos.

Siempre fui una niña tranquila, de esas que juegan solas durante horas, que se inventan historias en las que ellas son todos los personajes, y cambian la voz y todo. Siempre me gustaron los juegos de sociedad, pero mi madre no veía ningún sentido a comprarme un Monopoli cuando no tenía a nadie con quien jugar. Aún así, conseguí hacerme con un parchis y, al reverso, su correspondiente juego de la oca, con los cuales me pasaba las horas muertas, siendo yo sola todos los jugadores, aunque siempre elegía las rojas para mí.

Ahora sigo siendo una mujer tranquila, así que cuando bajo a la piscina no formo tertulia con las madres que corretean detrás de bebés demasiado pequeños y rápidos, ni hablo con los padres que dan de merendar a las niñas de cinco o seis años que se niegan a salir del agua aunque estén arrugadas como pasas de Corinto. No me sale, soy incapaz de forzar una conversación con alquien que, cuando me cruzo por el portal al salir por las mañanas, me dice un “hola” huidizo esquivando mi mirada y murmurando más que articulando el saludo. Así que, coherente conmigo misma, cuando bajo a la piscina me gusta estar sola, aún a riesgo de malograr aún más mi inexistente vida vecinal, y me baño (poco), me tumbo en la toalla (mucho), leo (libros que no me hagan pensar, sino sentir…), escucho música (de nuevo, vuelvo a mis origenes, y de nuevo, como tantas otras veces, no puedo dejar de oir a Del Amitri...), y pienso (¿demasiado?).

Mañana me bajaré el Tangram.

Lo que son las cosas. Resulta que ahora me entero de que tengo un blog con textos “un tanto depresivos”, y, casi al mismo tiempo, de que mi autoestima está por los suelos (malditos test de Psicologies…). Y me sorprende, y miro a mi alrededor, a ver si es que están hablando de otra, pero no, soy yo. Y no me reconozco, precisamente porque estoy viviendo un momento en el que no me siento especialmente desgraciada, sino todo lo contrario. Al fin miro la soledad como algo ajeno, como esas cosas que les pasan a los demás, porque no sólo mi vida es menos solitaria que nunca, sino que tampoco me siento sola. Sigo disfrutando de mi parte antisocial y arisca, la sigo necesitando como el diabético necesita su inyección diaria de insulina, pero sabiendo que no estoy encerrada en esa parcela, sino que puedo elegir entrar en ella y salir cuando quiero o cuando me hace falta. Y eso es todo un logro para alguien como yo, que siempre pensó que era alguien condenada a estar eternamente sola. Una conquista que, sin darla por perdida, pensaba que no era algo a mi alcance. Me equivocaba.

Por otro lado, en lo que respecta a lo laboral, estoy viviendo momentos tensos, pero vienen ya de tan lejos en el tiempo que los miro como si de un “dejavu” se tratara, vividos ya anteriormente con angustia y desazón, pero vistos ahora con una distancia no fría, pero sí mucho más templada, con un dominio de mi propio miedo que llega a sorprenderme. Supongo que estoy madurando, y lo más curioso es que me estoy dando cuenta del proceso. Estoy descubriendo lo que es sentir una angustia controlada y controlable, que por fin no me arrastra como un caballo desbocado a un jinete enganchado en el estribo. Es una zozobra tan pavorosa como pudo haberlo sido en cualquier otro momento de mi vida, pero la diferencia está en que aunque ese miedo me siga llevando al borde del abismo, ahora soy capaz de vivir de otra manera esos momentos tensos, disfrutando de su parte adrenalítica, del subidón del riesgo, de la emoción de lo difícil, y me sorprendo a mi misma resolviendo bastante aceptablemente y sin que me tiemble demasiado el pulso situaciones que antes me engullían, en lugar de quedarme paralizada ante el miedo puro y duro, tal y como hacía antes.

Miro a mi alrededor, me miro y por primera vez en mucho tiempo, tengo la sensación de que todo va bien. Conmigo. Con los demás. Con mi vida.

Supongo que lo que ahora toca es aprender a reflejarlo aquí…