Todo lo que nos ocurre en esta vida tiene un tempo propio, un ritmo que nos esforzamos en acelerar o ralentizar sin éxito, a pesar de que la experiencia se empeña en demostrarnos que lo que tiene que ser, es, y demasiadas veces es como tiene que ser y cuando tiene que ser, no cómo ni cuándo nosotros queremos. A veces, incluso nos sentimos poderosos porque creemos que somos capaces de marcar nosotros el ritmo a los acontecimientos, pero eso no es más que una ilusión óptica, un subidón de autoestima que baja tan rápido como subió, aplastado por el peso de la realidad. La vida es así de pícara, así de retorcida y caprichosona, y nosotros así de manipulables e ilusos: nos hace creer que somos nosotros quienes mandamos, pero nada más lejos de la realidad. Incluso esa falsa impresión de dominar la situación es una maniobra de los acontecimientos, un intento de despistarnos durante un instante para, cuando menos lo esperamos, encontrarnos con que nada es lo que creíamos. Que las cosas que nos suceden, como es natural, han seguido su curso lógico, a pesar de nosotros, un camino férreo, con su ritmo lento, o acelerado, que nos puede matar de impaciencia o sacar de quicio, pero propio, ajeno a nuestros deseos y nuestra voluntad.

Somos los dueños de nuestra vida, sí. Pero sólo hasta cierto punto. Elegimos caminos, incluso los abrimos si nos pilla en un momento osado. Hasta nos queda la posibilidad de ni siquiera decidir echar a andar, y quedarnos tranquilamente en casita… Pero lo que tenga que suceder en ruta pasará, a pesar de nuestros planes. Lloverá si tiene que llover, y escampará cuando quiera escampar. Y si no nos gusta y nos fastidia el itinerario planeado para el día siguiente, pues mala suerte. Tocará quedarse viendo la tele en el hotel, y replantearnos el resto del viaje mientras esperamos que vuelva a salir el sol y se nos seque la ropa mojada.

Porque nadie dijo que dar a alguien una brújula le convertía automáticamente en un intrépido explorador…

¿Somos como nos ven los otros o como nos vemos a nosotros mismos?

Soy asmática desde hace ocho años. Un día me resfrié y hasta hoy. De pronto, sin ton ni son, me pongo a estornudar y los que me rodean hacen apuestas sobre la cantidad de estornudos que encadenaré; un día llegué a los once, en intervalos de segundos entre ellos. Debe ser muy divertido verme estornudar, por la algarabía y el cachondeo que se forma a mi alrededor, pero a mi me deja completamente hecha polvo y con los ojos como si hubiese llorado amargamente durante horas. A veces tengo la sensación de ser parte importante en la destrucción de la selva amazónica y me entra una mala conciencia horrorosa, sobre todo cuando soy capaz de gastar en menos de dos horas tres paquetes de diez pañuelos cada uno. Y también me pregunto cómo y dónde demonios algo tan pequeño como una cabeza humana puede almacenar tanta cantidad de mocos…Si corro de repente, porque pierdo el autobús o porque subo deprisa las escaleras, mis pulmones se revolucionan y deciden no dejar entrar más aire en ellos que el estrictamente necesario para que no parezca un pez fuera del agua a punto de palmarla. Entonces me doy cuenta de que, aunque lo demos por hecho desde que la comadrona nos pega el azote en el culo en el paritorio, respirar es un milagro.

Desde que tengo asma, sé que tengo pulmones, y cuando se me olvida, como le pasa a la mayoría de la gente que los usa sin problemas, ellos se ocupan de recordarme que no siempre tienen por qué funcionar perfectamente. Cuando me confío, creo que se rebotan, se mosquean conmigo y se ponen en huelga, y así, a su manera drástica, pero tremendamente efectiva, me recuerdan que están ahí, y que son muy importantes para que yo siga adelante con mi vida. Pero cuando deciden hacer su trabajo así, sin más, consiguen algo que no tiene precio, quizás lo único bueno que he sacado en claro de estos últimos ocho años de estornudos y Ventolín: que valore en su justa medida lo importantes que son las cosas importantes que damos por hechas por el hecho de ser habituales y casi automáticas.

Lo mejor de todo es que, entre pañuelos e inhaladores, me estoy dando cuenta de que eso también funciona en el resto de las cosas de la vida. Porque lo que realmente importa, lo esencial, ocurre sin que apenas nos demos cuenta. Aunque no seamos capaces de ver su auténtico valor hasta que deja de ocurrir.

Como respirar.

Desde que los árboles me permiten ver el bosque, he descubierto nuevos matices que antes se me escapaban. Me he dado cuenta de que la atmósfera puede ser transparente, o llena de bruma. Que a veces en el bosque no huele a nada, y otras apesta a quemado, y en ocasiones incluso te puede envolver el aroma de las flores recién mojadas por la lluvia. Me he empezado a fijar en los pequeños bichejos que cruzan el aire, y hasta me paro a averiguar si son avispas o libélulas, en lugar de pegarles un manotazo. Deseo que llueva, para que salgan setas, y me fastidia que hiele de pronto, porque los almendros no lo soportarán. O sea, que parece que lo normal se va imponiendo sobre la anormalidad de ir por la vida con la cabeza en cualquier otra parte menos donde debe. Digamos que me estoy empezando a fijar de nuevo en cosas que antes no veía. Es como si me hubiese quitado un chubasquero transparente que antes me aislaba de la lluvia y el viento, y ahora notase la humedad de las gotas y el fresquito del aire.

Y me encanta.

Una de las mejores cosas de tener un blog es la sensación de hablar y que te escuchen. Y también la recuperación de la posibilidad de escribir y que te escriban. El feedback. Yo siempre he sido reacia a usarlo, quizás porque considero que lo que tengo que decir, lo digo al escribir el post del día. Mi papel en la historia se termina cuando pongo el punto y final y doy al "Publicar entrada". Pero qué equivocada estaba. No, no es así. Porque todo empieza precisamente ahi, en el momento en que lanzas la botella al mar.

Ahora.

Pocas sensaciones tan buenas como la de tener las cosas claras. Insuperable, ni siquiera por el momento cumbre en el que recoges los frutos de esa claridad de ideas. Ese chispazo que te lleva a actuar al fin y a dar un giro a la historia que hasta ese momento de lucidez te atormentaba.

Yo me encuentro ahora disfrutando de ese estado de ligereza de espíritu que sigue al relámpago tras el que, aunque todo siga aún igual, nada es lo mismo. Un vértigo delicioso y embriagador que no da miedo. O quizás sí, pero es un miedo bueno, de esos un poco inconscientes y atolondrados quizás, pero que tienen la virtud de recordarte que todavía las cosas hacen suficiente mella en ti como para hacerte reaccionar.

Después de mucho, mucho tiempo, me siento bien.

Y esto es sólo el principio para sentirme aún mejor.

Leo por ahí los post lógicos tras las vacaciones de verano, en los que sus autores cuentan un poco de todo: batallitas veraniegas, síndromes post-vacacionales varios, ligues de estío, en fin, lo propio, y me siento incapaz de hacer uno contando por dónde he estado y que he estado haciendo, o lo fácil que me resulta volver a la rutina después de los paréntesis de descanso. La verdad es que siempre he tenido más capacidad de síntesis que de enrollarme. Ya me pasaba en los exámenes, quizás por la costumbre de estudiar haciendo mil y un esquemas, pero no podía hacer lo que los demás, eso de meter paja y enrollarme para ocultar lo poco que sabía. O sí o no. O lo cuento de manera rápida y concisa, o no lo cuento. Pues me temo que me estoy volviendo más y más sucinta a la hora de expresarme según pasa el tiempo. Si me obligara a mí misma a escribir la típica redacción de "Cómo han sido tus vacaciones", seguramente sería una sosez sin chispa ninguna. Así que me salto el trámite de contar mis vacaciones con detalle y paso directamente a volver a la vida normal.

Para saber de lo que hablo, o sea, de lo que yo soy incapaz de hacer pero que envidio y admiro (más que nada, para poder leerlo dentro de unos años y volver a disfrutar en cierto modo de ello, cuando no me acuerde de nada de nada, cosa que sucederá inevitablemente…) un botón de muestra: el inimitable y saleroso Dwalks. Y como éste, hay tres más.

A su lado, me siento una sosaina insufrible y aburrida.