Resabios de niña pobre, supongo…
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viernes, octubre 27, 2006
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7:50 PM
7
dejaron sus dedos sobre el cristal
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viernes, octubre 27, 2006
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7:50 PM
7
dejaron sus dedos sobre el cristal
Hay personas que se te clavan en el alma en el peor de los sentidos: te hieren y pueden dejarte lisiado para los restos, con unas secuelas que condicionan lo que te queda de vida. Mi no-vida profesional ligada a lo que estudié es el resultado de un encontronazo con una de esas personas. Una fatal combinación de mala suerte, ese estar en el lugar menos indicado en el peor momento, y un exceso de candidez y novatez por mi parte. Si uno de esos factores hubiese variado, es decir, si yo hubiese sido más viva o si no hubiese caído en manos del jefe que me tocó en desgracia, ahora mi historia sería muy diferente. No lo lamento, eso ya lo hice en su momento: me desesperé, me tiré de los pelos y maldije la puta hora en la que elegí esas prácticas y no las otras que también me salieron ese mismo verano. Ahora lo asumo y lo miro con la lucidez que me dan los años pasados, pero soy consciente de que una sola persona me jodió mi futuro profesional por una cuestión que tenía mucho más de personal que de otra cosa.
Sin embargo, incluso de las peores y más sangrientas batallas el soldado derrotado tiene algún recuerdo dulce. Y de este fracaso mío siempre guardé los mejores recuerdos de los compañeros que tuve en aquellos tiempos. Recuerdos que siempre pensé que eran unilaterales, porque total, ¿qué era yo para ellos? Una becaria más de un verano de tantos. Una cara más. Un nombre. Nada. Era normal que yo me acordara de ellos, pero ¿ellos iban a acordarse de mí? No. Imposible.
Pero me equivocaba. De nuevo. Si ya los Premios 20 Minutos sirvieron para demostrarme que el que también fue mi jefe, Goyo González, se acordaba perfectamente de mí, ésta ventana mía ha sido el medio por el que, de nuevo, la realidad me ha quitado la razón y me ha demostrado que, a pesar de mi incredulidad, mi breve paso por la profesión periodística dejó huella en algunos. Después de los más de quince años transcurridos, fue capaz de reconocerme al tropezarse en el Google con esta página donde alguien hablaba de él. Y me recordaba. Y se ha alegrado sinceramente de ver que yo también me he acordado de él, hasta el punto de haberle dedicado un post. Hoy he recibido un correo suyo, y hemos hablado después por teléfono. Y confieso, aún emocionada y feliz, que ha sido uno de los mejores regalos que he recibido desde que tengo este blog.
Después de todo, voy a terminar pensando que no soy tan transparente como pensaba…
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lunes, octubre 23, 2006
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8:42 PM
3
dejaron sus dedos sobre el cristal
Cuando la rutina se instala en tu vida, el factor sorpresa salta por la ventana, y lo peor de todo es que esa huída de lo sorprendente suele ser para siempre. Yo tengo bien cerrada esa ventana, porque sé lo peligroso que es que lo habitual se vaya aposentando poco a poco en tus hábitos y pensamientos, y lo último que quiero es perder la capacidad de sorprender y sorprenderme. Necesito lo imprevisto, lo inesperado, lo imprevisible, me hace tanta falta como el aire que respiro, igual que a otros les hace falta la seguridad de lo cotidiano, el colchón mullido de lo conocido, la familiaridad de lo sabido, para vivir sintiéndose a gusto, seguros y tranquilos. Aunque yo también necesite mi dosis de normalidad, mi comprimido diario de solidez que sólo da lo que se sabe y se espera que ocurra, mi equilibrio vital pide a gritos esas chispas inesperadas que iluminan con luz propia un día que de otro modo se quedaría en eso, en un día más, un día cualquiera. Y no hace falta que sean acontecimientos extraordinarios que hagan bascular tu existencia, ni extravagancias contracorriente, sino esas vueltas de tuerca que trasroscan el tornillo que todos compramos en la misma ferretería, pero que sólo unos pocos saben apretar con suficiente fuerza como para que se abran ante ellos caminos inexplorados y dignos de ser recorridos. Son esos guiños cómplices que te cambian el día, y a veces mucho más que eso, y que consiguen que te vayas a dormir pensando que, quizás, después de todo, no todo esté perdido…
Supongo que es preciso conservar un poco de inocencia, de atolondrado candor, para que, en un mundo como en el que nos ha tocado vivir, aún te ocurran cosas que te pasmen y te cruces con gente que te sorprenda. En lo que a mi respecta, lucharé a muerte por que nada ni nadie me robe esa capacidad de quedarme con la boca abierta, esa facilidad mía para sonrojarme e incluso escandalizarme por cosas que a la mayoría les resbalan, esa mirada capaz de pasar por encima de lo evidente, para buscar lo que se esconde detrás…
Y no por nada, sino porque el día en que esté de vuelta de todo y nada me sorprenda, cuando me de igual ocho que ochenta, ya estaré muerta.
Y entonces, sí, definitivamente, todo me dará lo mismo.
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jueves, octubre 19, 2006
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10:23 PM
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dejaron sus dedos sobre el cristal
La amistad entre un hombre y una mujer es un amor aplazado.
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miércoles, octubre 18, 2006
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8:36 PM
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dejaron sus dedos sobre el cristal
Es curioso como, en un abrir y cerrar de ojos, las cosas cambian. Y no hablo de cosas tan trágicamente definitivas como darse cuenta de lo fácil que es estar vivo y dejar de estarlo, por ejemplo: eso es tan evidente y tan radical que mejor no pensarlo… Me refiero a situaciones que, sin que tu hagas nada, dan la vuelta a la historia y ponen patas arriba lo que parecía inamovible. Giros del destino que cambian tu posición radicalmente, al extremo opuesto y hacen que todo el andamiaje sobre el que se había construido tu reputación o la imagen que los otros tenían de ti caigan como un castillo de naipes tras un estornudo. Movimientos reveladores de otra gente que dejan a la vista cosas tuyas que quizás tú llevases años intentando hacer ver sin éxito, detalles que hasta entonces nadie vio y que de pronto y sin que tú hayas movido un dedo brillan con luz propia. Hundimientos rápidos, como un pestañeo. Ascensos fulminantes, con la velocidad del pensamiento.
Cangilones de una noria que gira y que se detiene en seco cuando sus ocupantes menos se lo esperan. Quedarte arriba, sintiendo vértigo y al borde del ataque de nervios, en medio, vomitando la primera papilla, o abajo, tan pancho y listo para salir corriendo a montar en otra atracción, no es algo que uno pueda ganarse siempre por méritos propios, ni siquiera por enchufe: es demasiadas veces cuestión de suerte.
Caprichos del destino, lo llaman…
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martes, octubre 17, 2006
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8:52 PM
2
dejaron sus dedos sobre el cristal
Hace años, cuando era una estudiante universitaria solitaria y sin nada ni nadie a quien echar de menos, mandé algunos curriculums a Estados Unidos, con la esperanza de trabajar en algún medio de comunicación de los muchos que en aquel entonces estaban empezando a surgir destinados a la comunidad hispana. Aunque atolondrada, aún era consciente de mis limitaciones con el inglés, y si me veía capaz de sobrevivir en la vida diaria con mi dominio de la lengua de Shakespeare, otra cosa era trabajar de periodista en un idioma que no era el mío. Aún no me explico cómo alguien como yo, tan melindrosa y apocada en aquel entonces, tuvo un arranque así, de jugársela de esa manera, porque ¿y sí me hubiesen cogido? Lo cierto es que recuerdo que estaba dispuesta irme al extranjero a trabajar, pasando de un extremo a otro, del nido familiar y mullido en el que prácticamente todo era lo mismo desde el parvulario, a la vida independiente en un país desconocido.
Pero no pasó nada. No me cogieron ni en Los Angeles Times ni en el Miami Herald. Mi vida siguió por unos derroteros que se alejaron totalmente de la cosa periodística, hasta que de nuevo la volvieron a rozar, de una manera tangencial y retorcida, propiciada por unos avances tecnológicos que ni en sueños hubiese podido imaginar cuando estudiaba. Porque un blog es un pasaporte internacional que no necesita foto ni cita en la comisaría para renovarlo, con el que puedes hacer lo que quieras y llegar hasta donde tú te lo propongas. Ir al portal de al lado o viajar al otro extremo del globo. Que te lea tu vecino de debajo sin que ni él ni tú lo sepáis o que un tipo de Malasia que buscaba en el Google “cómo hacer que mi novia me quiera de nuevo” termine haciéndose habitual de tus páginas mientras mejora su español.
Y es que ahora, sin trabajar en ningún medio, puedo expresarme con una libertad y de una manera que jamás, ni en mis mejores sueños, hubiese podido imaginar. Desde marzo del 2003 escribo lo que quiero, cuando quiero y de la manera que quiero. Puedo ponerme en plan literata florida o concisamente informativa, gamberra y graciosa o seria y circunspecta. Escribir una línea o la biblia en verso. Poner mis fotos o dibujar monigotes, y hasta tener la osadía de intentar venderlos. Soy mi propia redactora jefe, mi impresor y mi distribuidor, sin necesidad de comprarme una furgoneta. Cuando me canso del diseño de mi plantilla, la cambio, sin tener que de convocar reuniones de creativos publicitarios ni hacer brainstormings agotadores. No gano dinero con lo que publico, pero tampoco lo pierdo si los lectores pasan de mí. Porque mi supervivencia no depende del número de ejemplares vendidos, sino de mis ganas o no de seguir escribiendo.
Y todo esto, sin tener que mudarme a Los Angeles…
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jueves, octubre 12, 2006
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4:30 PM
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dejaron sus dedos sobre el cristal
Ayer, cuando alguien gritó en la oficina quién tenía un chicle, recordé de pronto mi peculiar manera de pedirlos en las tiendas cuando era pequeña:
“Un chicle que no sea de menta”.
La menta era el único sabor que no soportaba por aquel entonces en cuestión de caramelos y chucherías varias. Sin embargo jamás se me ocurrió pedir sencillamente un chicle de fresa, cuando era lo que realmente quería, o uno de sandía, cuando aparecieron y me gustaron tanto, o uno de tutifrutti, de esos que cambiaban de color según los masticabas. Nunca.
Quizás no tuviera del todo claro lo que quería. Pero, sin lugar a dudas, sabía lo que no quería.
En eso, he cambiado poco...
Aunque ahora me guste la menta.
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sábado, octubre 07, 2006
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2:53 PM
5
dejaron sus dedos sobre el cristal
Me gusta escribir. Y no hablo del hecho de poner una palabra tras otra en un orden lo suficientemente correcto como para no hacer daño a la vista ni insultar a la inteligencia del que lee. Tampoco hablo de hacerlo con la suficiente creatividad como para enganchar al lector, zarandearle con furia o acariciarle con mimo, sin que él pueda hacer nada por resistirse, y lograr que se olvide de todo mientras te lee. No. Eso también, pero no me refiero a eso. No hoy. Lo que me produce un placer casi físico es el hecho de trazar palabras no aquí, con las teclas, que también, sino sobre el papel. Dame un boli Bic y una hoja de papel y seré feliz. Y si el Bic está a medio gastar y la hoja es un folio sin líneas, mucho mejor. Tampoco le hago ascos a un buen rotulador Edding, de los de punta redonda, del Nº 1: con él en la mano, no habrá caja que no llegue a su destino por falta de datos escritos sobre ella, con todo detalle y sus mayúsculas claras y gustosas de leer…
No sé por qué me gusta tanto trazar letras. Escribir a mano no sólo no me molesta, como les ocurre a cada vez más personas, más y más dependientes del ordenador, sino que me produce un gustazo considerable. El ronroneo del rotulador raspando en el cartón. La suavidad de la bola de tungsteno deslizándose sobre la superficie virginalmente blanca de la hoja.
Yo debo haber sido escriba, amanuense, copista de códices o memorialista en otra vida. No tiene otra explicación.
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viernes, octubre 06, 2006
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10:46 PM
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dejaron sus dedos sobre el cristal
No soy más que un peón más del tablero de un juego en el que no he hecho más que tropezar y levantarme, desde que empezó mi partida. Lo único que me diferencia del resto de las piezas es que sé moverme en más direcciones de las que se espera de mí. Una ventaja, esa versatilidad mía, que no me convierte por ello automáticamente en un alfil, una torre o un caballo: sigo siendo lo que soy y siempre seré, un mero peón que mira tú por donde tiene la habilidad de saber moverse igual que los tres, además de como un peón. Las torres, los caballos y los alfiles tienen un movimiento propio, y eso hace de ellos lo que son, y nadie espera más de ellos que lo que pueden dar y hacer, y eso hace de su labor en la partida sea más o menos complicada, según las circunstancias, pero siempre dentro de unos márgenes que les permiten disfrutar del juego, tanto en sus momentos más críticos y emocionantes como en los más relajados y sosos.
Ser un peón demasiado polivalente y apañado es algo lleno de inconvenientes para uno mismo y lleno de ventajas para el jugador de la partida que lleva tu color. Es cansado, y a la hora de la verdad, ingrato. Porque si las cosas salen bien, no será por ti, porque a fin de cuentas no eres más que el último mono del tablero, y los laureles se los repartirán otros. Pero ten por seguro de que si algo sale mal, te enterarás…
Yo ya estoy empezando a cansarme de ser un peón listo.
¿Se me nota?
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domingo, octubre 01, 2006
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4:46 PM
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dejaron sus dedos sobre el cristal