He buscado sin descanso una razón para no mirarte con estos ojos míos, tan ciegos a nada en ti que no consiga otro efecto que fascinarme. Y no encuentro ni un solo argumento que me persuada de que algo tuyo podría romper la armonía que me transmites, ese equilibrio que, combinado con mi ímpetu a veces tan extremo, logra el milagro de crear entre nosotros una química más alquimista que científica. Soy incapaz de encontrar ese algo negativo que te humanice, una tara que logre marcarte y al fin te equipare con el resto de los mortales. No lo consigo, y a pesar de que esa singularidad tuya me cautiva, también me perturba, porque soy consciente de que la perfección no existe. Y sin embargo, tú estás aquí, y a pesar de esa tangibilidad, tan corpórea e inequívoca, a veces planea sobre mí ese no sé qué amenazante que nos contagia aquello que escapa de nuestro control y hace de nosotros unos seres vulnerables e indefensos. Y eso me asusta. Porque aunque te veo, y te escucho, aunque pueda zambullirme en el recuerdo del aroma de tu cuerpo cuando ya te has marchado, o ronronear perezosamente bajo la caricia de tu mirada, aún entonces me queda la sensación desasosegante de que igual que llegaste podrías desaparecer, esfumarte en un instante, volatilizarte ante mis narices. Y, a pesar del cataclismo que conmovería los cimientos de mi universo, las leyes de la naturaleza no se habrían roto, ni siquiera se habrían resquebrajado un solo milímetro. Simplemente habrían recuperado su cauce habitual, su lógica irrebatible. Porque algo tan atinadamente adecuado, cortado tan a mi medida, debe tener algún defecto oculto, alguna cláusula comprometedora de la que yo aún no me he percatado, una letra pequeña con un doble sentido que se me ha pasado por alto en una primera lectura.
Pero yo, por más vueltas que le doy, no soy capaz de verlo.

Haiku (X)

Dejó olvidada
en el doblez de un sueño
esa inocencia...

No es resignación. Es capacidad de adaptación. Sacar partido a lo que te ha tocado en el reparto. Buscarle el lado bueno. Y encontrarlo.

Ser capaz de construir tu vida sobre los cascotes de un fracaso en toda regla. Y comprobar que es bonita. Cómoda. Acogedora. Sólida.

Nada parecido a lo que esperabas. Pero quizás algo mucho más cercano a lo que, sin saberlo, realmente deseabas.

Vivir. Capeando el temporal. Constantemente. Sin descanso. Vapuleados por la tormenta, pero, sin saber muy bien cómo, terminando por salir a flote.

Aunque sea varados en una playa desconocida, hostil.

Pero vivos.

Cuando estábamos a punto de terminar 8º de EGB, el colegio organizó unas “convivencias”, precisamente al lado del pueblo donde ahora vivo. Fueron unos días de vacaciones en los que las tres clases de octavo hicimos eso precisamente, convivir. Tres grupos de niñas que siempre nos habíamos mirado de reojo por el fortuito hecho de que nuestros apellidos empezaran por letras diferentes, y que jamás nos habíamos mezclado ni siquiera en los recreos. Se rezó, por supuesto, no en balde aquel era un colegio de monjas y aquello era un retiro espiritual, a fin de cuentas. Pero lo que más recuerdo de aquellos días fue el último, cuando hicimos una actividad que consistía en destacar la principal cualidad de nuestro carácter. ¿Qué dije yo? Pues que me parecía que lo mejor de mí era lo comprensiva que podría llegar a ser si alguien se tomara la molestia de confiarme sus preocupaciones y secretos más tormentosos. Sólo tenía catorce años, y ya veía mi potencial cual Marge Simpson ayudando en la parroquia con el teléfono de la esperanza al Reverendo Lovejoy . Es curioso. Ahora no creo que ésa sea una buena cualidad, tan sólo una forma de ser adquirida por las circunstancias. Siempre me ha tocado escuchar, desde que recuerdo ha sido así. Tanto que se me hace difícil determinar si es que soy reservada por naturaleza o sencillamente me he vuelto así porque nadie me ha dejado nunca meter baza y ante eso, he terminado callándome, y dejando que los demás hablasen, hasta, finalmente, encontrarle su encanto a eso de escuchar.

No deja de sorprenderme ver hasta qué punto la gente se siente cómoda y se confía conmigo. Porque no es fácil ni frecuente la experiencia de sentir que al otro le interesa de verdad lo que le estás contando. Que en ese instante nada ni nadie podrían apartar tu atención de sus palabras. Que no sólo te interesas por lo que está diciendo, sino que empiezas a preocuparte de veras y a hacer tuyo su conflicto, y en tu cabeza ya se anda fraguando la posible solución a su problema.

A mí eso me lo han hecho sentir muy pocas veces. Tan pocas, que, a fuerza de mantenerme callada durante tantos años, creo que he ido perdiendo irreversiblemente la capacidad de confiarme, de saber mostrar que a mi también me hace falta hablar a veces, que necesito que me escuchen.

A veces me doy un poco de envidia…

Ni en efectivo ni con tarjeta

- Voy a salir. ¿Quieres algo?
- Sí. Que vuelvas.

Hay personas a las que se les calienta la boca y no son dueñas de sus palabras. Lo que dicen pasa directamente de su corazón a sus labios, saltándose el bonito trámite de fichar en el cerebro, y es entonces cuando se desencadena la catástrofe. Hablan y hablan, sin atender a razonamientos, sin escuchar más que el sonido de su voz, y sus palabras son auténticas flechas que, si no te agachas, pueden dejarte en el sitio. Y cuando el subidón baja, apenas recuerdan qué dijeron, lo lamentan de veras, y los que les conocen saben que es cierto, y con las mismas, dejan la cosa correr.

A mi eso me pasa. Pero escribiendo. Ilógico, si se tiene en cuenta que la cosa escrita está más meditada, y una puede releer, y corregir, y darlo más vueltas, hasta que el mensaje se lanza al destinatario. Yo, que soy incapaz de enzarzarme en una buena bronca oral, puedo llegar a ser auténticamente ponzoñosa e hiriente en mis misivas escritas. Y es terrible. Porque lo que se escribe, escrito queda. Y ahí no vale decir, “No, no, me entendiste mal” e intentar bailarle el agua al otro, y que termine dudando, y darle la vuelta a la cosa. No. Porque cuando yo saco lo peor de mí por escrito, no hay lugar a dudas ni a malas interpretaciones: soy cristalina y cortante como un diamante. Sin paños calientes ni medias tintas.

A veces me gustaría que se me diese mal, pero de pena, esto de escribir. No saber hilvanar más de dos frases seguidas con mediana coherencia sobre un papel, pero sí ser capaz de plantarme delate de la jeta del contrario de turno y pegar cuatro voces en el momento justo, desfogarme y que mis palabras se las llevase el aire.

Pero no puedo. No sé. Lo mejor y lo peor de mí aparece cuando escribo. Y ése es el precio: que de vez en cuando se me calienten los dedos. Y que se arme la de San Quintín.

Las mentiras tienen las patas muy largas, por lo que son capaces de recorrer distancias considerables en nada de tiempo. ¿Acaso hay algo más rápido en propagarse que una mentira? Pero también sus patas son muy finas, tremendamente frágiles, quebradizas como el barquillo, y al menor obstáculo o imprevisto se rompen, tirando por tierra todo el tinglado que se construye en torno a ellas, esa gran bola de nieve que crece a ojos vista cuando nos arrancamos a mentir, y que rápidamente se nos escapa de las manos sin que podamos hacer nada por evitarlo. Y es que llega un momento en que sería peor el remedio que la enfermedad...Por el contrario, la verdad es rechoncheta y chaparrita, testaruda y perseverante, con unas patitas cortas, pero fibrosas, que la llevan a su destino de manera lenta, demasiado para los impacientes, pero con la ventaja de hacerlo a un paso seguro y firme. Un ritmo lento, que le permite sortear los obstáculos del camino y prever con antelación cualquier eventualidad. La verdad siempre emerge, incluso cuando nadie la espera ya, aunque tarde mucho tiempo, a veces demasiado, y los propios interesados ni siquiera estan ahí para verlo. Pero incluso en esos casos extremos, cuando ya se podría afirmar que ni merece la pena, siempre queda el regusto dulce de comprobar que, a pesar de todo, la verdad siempre encuentra su sitio.

Recuerdo a un profesor de la universidad que nos explicaba lo maravilloso y lo terrible que puede llegar a ser el saber. La conciencia de nuestra ignorancia nunca es mayor que en el momento en que más sabemos, y el vacío por lo que nos falta por saber se hace más y más abismal cuanto más conocimientos atesoramos. El lo representaba gráficamente con un círculo. Lo que quedaba dentro del círculo era lo que en un momento dado habíamos aprendido, bien por obligación, en el colegio, o por curiosidad. Pues bien, aunque el círculo fuese enorme, y nuestro saber enciclopédico, la circunferencia que rodea al interior del círculo siempre es mucho mayor y por poco que queramos ampliar nuestro saber, es decir, tocar un poquito cada centímetro del nuevo redondel, la superficie concéntrica en torno al primer círculo será enorme. O sea, que cuanto más sepamos más conscientes seremos de lo muchísimo que nos queda aún por aprender. A mi esa reflexión me dejó de piedra, porque este hombre era uno de esos profesores que parecen sabios, y lo mejor de todo, lo son. Porque son capaces de enfrentarse a una manada de ignorantes, pero ignorantes de verdad, y explicarnos que él también, un señor catedrático respetable y respetado, apenas sabía nada.

He aprendido bastante desde aquello. Y también me he dado cuenta de cuánta razón tenía. No sólo con los conocimientos intelectuales. También con las personas. Cuantas más conozco, más me sorprende la variedad de reacciones, de comportamientos y de matices que un ser humano puede tener. Y más curiosidad tengo por mis semejantes. A pesar de que parezca que todos funcionamos movidos por los mismos motores. Y que apenas queda nada nuevo bajo el sol. Nada de eso. Conocer a alguien es siempre una sorpresa. Y una aventura. No siempre con final feliz, pero, seguro, con un “durante” por el que merece la pena apostar. Aunque sólo sea para ver qué pasa. O aprender del batacazo para futuras expediciones.

Será porque a mí me pierde la curiosidad…

Todo cambia el día en que te das cuenta de qué distintas son las cosas cuando le importas a alguien. Todo merece la pena, o quizás nada la merece, la pena, digo, si una se toma al pie de la letra la expresión… Porque no hay pena pequeña ni insignificante, aunque sea un dolor leve o poco intenso, como una mosca pequeñita y pesada, más molesta que dañina. Aunque se trate de un nubarrón pasajero y poco denso que flotará con la brisa y se alejará raudo, una pesadumbre momentánea, sí, pero capaz de ensombrecer durante un instante los ojos de esa persona que te mira sabiendo verte.


Soy lo más lejano que uno se pueda imaginar a la típica tía extrovertida y dicharachera, popular y efervescente, el perejil de todas las salsas, que lo mismo se lía a hablar en la cola del embutido con la señora que le ha dado la vez como es capaz de compartir taxi a las 3 de la madrugada con un desconocido medio borracho, y terminar quedando para el fin de semana siguiente… No soy capaz de entablar conversaciones de ascensor, no puedo aparentar interés cuando no lo tengo, ni siquiera para fomentar una vida social-vecinal que brilla por su ausencia, y que me vendría de perlas, lo sé. Me muero de vergüenza en situaciones cotidianas, aún deseo que la tierra me trague demasiado a menudo, y no puedo evitar que se me suban los colores por tonterías, igual que me echo a llorar en cuanto pierdo los papeles, cosa que odio más que nada en el mundo, y que soy incapaz de controlar.

Sin embargo, siendo como soy una tímida de libro, a veces hago cosas que no cuadran. En demasiadas ocasiones me veo tomando la iniciativa mientras el resto del mundo dormita y se queda viéndolas venir, moviéndome yo hacia el objetivo en lugar de esperar que las cosas sucedan solas, cosa, por otra parte, poco probable si no se les da un empujoncito... Saco fuerzas de no se dónde, porque no creo que sea una persona fuerte, o quizás no sean fuerzas sino astucia, ímpetu, incapacidad de resignarme, un poco de todo, pero sea lo que sea, al final, la que busca un palo y se las ingenia para hacer palanca y mover las cosas, es esta menda.

Y cuanto más pasa el tiempo, más cuenta me doy de cómo la gente se limita a esperar. A que les busques tú. A que la vida vaya a su encuentro. A que las cosas pasen.

Yo no puedo sentarme a esperar. Quizás porque en otros tiempos esperé demasiado. Funcionó, porque lo que terminó por llegar mereció la pena, pero sé que también me perdí muchas otras cosas mientras esperaba. Y sé que no las recuperaré nunca.

Y ya no quiero perderme nada. Aunque me cueste decidirme, aunque sea agotador en ocasiones, aunque me estrelle a veces contra el cristal creyendo que la ventana estaba abierta. Las compensaciones que esa actitud traen consigo bien merecen un chichón de vez en cuando...

Porque la hinchazón siempre baja. Y hasta las cicatrices terminan un día siendo sexys.

Haiku (IX)

Ese deseo...
Huella tenaz de pasos
aún no dados.

Pocas cosas hay más peligrosas que los deseos.

Cuando no se cumplen, por el vacío que dejan, arrastrando con la fuerza de su ausencia lo que sí tenemos y convirtiéndolo en meras cenizas, sin brillo, sin gracia, que sí, que están ahí, pero no terminan de convencernos, quizás porque nadie nos ha preguntado si era lo que queríamos…
Cuando se logran, porque suele ser tarde, y lo que en su día anhelamos como si nos fuera la vida en ello, ya no tiene razón de ser. Sencillamente, porque ya no somos los mismos. Y esos deseos que ahora se materializan serán todo lo buenos que sean, pero ya no son los nuestros, no nos pertenecen.

Tengo montones de deseos que nunca se cumplirán, como todo el mundo. Ya me he acostumbrado a los huecos, en realidad son ya parte de mí, soy lo que soy en buena medida por todos esos anhelos frustrados, así que cuando se me ponen delante y me obstaculizan, los esquivo con habilidad, y hasta con mucho arte, si me apuran. Sin embargo, hay algo que me da mucho más miedo que todo aquello que nunca conseguiré, y no es otra cosa que esos deseos que veo que terminarán por cumplirse cuando ya no los espero. Porque verlos cerca de mí otra vez me trastorna, me desestabiliza, y conmueve los cimientos de lo que sí pude construir a pesar de ellos y de su no realización. Y se convierten en puro veneno, cuando en su día hubiesen sido la panacea capaz de salvarme la vida.

Haiku (VIII)

Noche cerrada.
Alguien echó el cerrojo.
Dejándonos dentro…

A veces me sorprendo a mí misma adoptando actitudes que tiempo atrás hubieran hecho volar por los aires mis esquemas. O me veo haciendo cosas que antes evitaba hábilmente, bien fuera por miedo o por simple falta de curiosidad. Y lo mejor de todo es que ninguna de las dos situaciones me incomodan, muy al contrario. Y es que aunque reconozco que nunca he sido una persona rígida, lo que es en los últimos tiempos soy cada día más maleable, dúctil hasta límites insospechados. Supongo que eso no dice mucho de mis sólidos principios y convicciones, que quizás denota una personalidad débil e influenciable, sin una línea de comportamiento definida. Es posible. Pero creo que es precisamente esa capacidad de adaptación a lo que la vida me va deparando lo que define mi línea. Ese escuchar con agrado cualquier otra opción distinta a la mía, no sea que me vaya a perder una posibilidad mejor que yo desconocía. Esa apertura de miras y disposición al cambio sin sentirme mal por dar mi brazo a torcer y terminar por desechar actitudes o comportamientos que había defendido hasta ese momento.

Fui una adolescente obediente y dócil, de esas que hacen lo que se espera de ellas sin plantearse una alternativa: el sueño de cualquier padre, y justo lo que, por salud mental, nunca se debería ser. Quizás ahora me esté saliendo todo el ímpetu contestatario y experimental que no desarrollé en su momento. Es muy posible. Porque hay cosas por las que, de alguna u otra forma, antes o después, hay que terminar pasando. Y esta efervescencia mía de ahora, tan contraria a la estabilidad y a la buena cabeza que se le supone a la madurez y al cumplir años, no es otra cosa que ese sarampión de rebeldía del que, afortunadamente, ni los mansos estamos libres.

El agua golpea con violencia los cristales, tan violentamente que tengo que poner el limpiaparabrisas en su frecuencia máxima. Me gusta conducir así, cuando el coche se convierte en una pequeña isla en medio de la tempestad, un nido cálido y seguro, falsamente seguro, pero los espejismos también tienen su encanto, así que me dejo llevar por la ilusión de saberme a salvo de todo cuando en realidad soy más vulnerable que nunca… El ruido de las gotas golpeando la chapa me resulta tan grato que apago la radio, y dejo que sea esa música, ese repiqueteo furioso, el que me acompañe a lo largo del trayecto. Si por mi fuera, seguiría carretera adelante, por el simple placer de seguir dentro del coche, dejándome arrastrar, siguiendo al vendaval, pero no puedo, así que aparco frente al portal, y saco el paraguas.

Dicen que las palabras se las lleva el viento. Y puede que sea cierto, aunque a veces el vendaval que las arrastra arranca trozos de alma, astillas de corazón que se quedan tiradas en el camino, o que se clavan ahí, donde más duele...

Se dice que quien tiene un amigo tiene un tesoro, y es cierto. Porque un amigo es un artefacto raro, delicado y exquisito, a pesar de las numerosas imitaciones que andan por ahí, algunas burdas hasta decir basta, otras casi perfectas, muy logradas, pero que si se miran con detenimiento, muestran que lo que parece un amigo demasiadas veces es tan sólo un conocido, un compañero, o un listo que se pega a uno y se limita a chupar rueda, acordándose sólo de Santa Bárbara cuando truena. El valor de una verdadera amistad no se puede medir, está por inventar el sistema métrico adecuado, sencillamente porque no sirve de nada calibrarlo: la amistad es algo que ni se compra ni se vende. Y lo más curioso es que, por muchos amigos que uno llegue a tener a lo largo de su vida, irá comprobando cómo cada amistad es diferente. Además, para bien o para mal, nadie viene con libro de instrucciones incorporado, por lo que un amigo, igual que puede arreglarte la vida puede estallarte en las manos y dejarte lisiado. Tarado para los restos, incapaz de volver a confiar plenamente en alguien, sin posibilidad de apreciar la fuerza del cariño desinteresado de alguien que en su día fue un extraño y que, poco a poco, como la llovizna, fina e imperceptible, termina por empaparte, llegándote a lo más hondo. No es fácil recuperarse de un revés cuando lo que está en juego es algo a la vez tan frágil y tan sólido como una amistad. Pero nunca somos más temerarios que cuando ya no tenemos nada que perder, y todo por ganar. Así que, ¿por qué no?, después del batacazo te levantas, renqueas un poco, te sacudes el polvo, y vuelves a intentarlo. Aunque nadie te garantice que no vayas a estrellarte otras cuantas veces, quizás todas las veces. Pero ya te da igual. Hasta el día en que, de nuevo, todo encaja. Como si no pudiera ser de otra manera. Y es en ese momento cuando, perplejo pero feliz, te preguntas cómo demonios te las has arreglado para poder vivir hasta entonces sin algo semejante.

Podría vivir al raso, a merced de los elementos, cobijándome por las noches en uno de tus “Te quiero”, bien arrebujadita, sintiendo la completa seguridad de que nada ahí fuera podría ser lo bastante fuerte, lo bastante hostil, como para poder hacerme daño. Y sólo sería eso, un sentimiento, una ilusión, pero ¿quién necesita un certificado de realidad cuando la sensación es tan intensa? Aunque también sé que soplarán vientos adversos, porque nadie está a salvo de las eventualidades, de los chubascos, de la mala suerte. La manta de tu cariño se mojará, y entonces resultará más pesada que nunca, pero no encogerá, aunque ¿y si destiñe? En ese caso, yo no me daré cuenta hasta que salga de nuevo a la calle, y la gente me mire raro, porque estaré llena de “Te quieros” pequeñitos por todo el cuerpo, como si de pronto me hubiese brotado la varicela. Y la gente me dirá “No te toques, o te quedarán marcas”. Y yo, me reiré en su cara, y no dejaré de rascarme, porque una vez que empiezas no puedes parar, y porque no me importa que, hasta el último día de mi vida, todos sepan que tú me quieres.

Desde muy pequeña me gustaron las historias de gente emprendedora, personas salidas de la nada que se montaron con el tiempo y su esfuerzo un negocio saneado y algunos, los menos, un verdadero imperio. No podía evitar pensarlo cuando en Navidad, por ejemplo, íbamos a comprar turrón a la Casa Mira, o mi padre traía pasteles de Mallorca. Esos paletos llegados a Madrid a principios de siglo con lo puesto y que ahora, al cabo de los años, tienen al frente de sus negocios a sus nietos y bisnietos, y un montón de tiendas y empleados venidos de países exóticos que, ni en sus mejores sueños podían llegar a imaginar. Por eso me gustan tan poco las franquicias, que sí, que son mucho más seguras, pero sin ninguna personalidad propia, y lo que es peor, sin ese encanto, irresistible para mí, del vértigo de lo desconocido, del riesgo de estrellarse o llegar a lo más alto, en igualdad de posibilidades… Arrastrado por la corriente de la mala fortuna o mecido por el suave oleaje del que tiene a la suerte de cara…

A veces me gustaría tener el valor de arriesgarme en una aventura así: poner una tienda, una librería o un restaurante. Me tienta y envidio el valor de la gente al hacerlo, incluso esos emigrantes chinos o sudamericanos que al poco de estar en España ya tienen su locutorio o su tienda de comestibles. Pero debe ser que soy demasiado cobarde. Me frena la esclavitud que supone tener un negocio propio, tanta dedicación y tiempo destinado a al trabajo. Aunque lo que más me asusta es ¿para qué negarlo? el miedo a que mi tienda sea una de esas que, al poco de abiertos, cuelgan el deprimente cartel de “se traspasa” o “se alquila”. No puedo evitar un escalofrío de pena cuando veo esas tiendas vacías, llenas de polvo y cartas desordenadas bajo la puerta. Negocios que, imagino, sus dueños montaron con ilusión y esperanza, pero que en algún momento se torcieron. Y la desilusión y la derrota de éstos pobres desgraciados, simbolizada por un puñado de cartas y folletos publicitarios amarilleando bajo un cierre echado, logra ser más fuerte que el éxito deslumbrador de los descendientes de los paletos de principio del siglo XX que sí triunfaron…

Sí, lo reconozco: soy una sentimental. Una romántica incorregible.

Y una miedica, también.

Siempre que voy a buscar setas pienso que me voy a encontrar un muerto entre los pinos. Y me da un mal rollo impresionante. Vamos, que casi me estropea la jornada micológica y campestre. No tiene ningún sentido, lo sé, pero no puedo evitarlo.

Siempre que como cortezas de cerdo pienso que un día me moriré tontamente ahogada por una, y mientras busco un vaso de agua desesperadamente me prometo que es la última bolsa que me compro si no la palmo. Evidentemente, nunca es la última…

Siempre que escucho que alguien de mi edad o más joven está enfermo de cáncer pienso que ésa y no otra será la enfermedad que me llevará a la tumba aunque no sabría explicar el por qué de esa corazonada. Sobre todo porque siempre tengo el convencimiento de que esos enfermos de los que me hablan, seguro que se recuperan y terminan muriéndose de otra cosa. Pero yo, no.

Siempre que me miro al espejo, durante un instante fugaz, pero inevitable, pienso que es un milagro que mi cuerpo me haya permitido el lujo haber llegado viva y sana hasta el borde de los 40 años.

Y me alegra, claro.

Aunque me da mucho más miedo que alegría...

Lo peor de encontrarse un gusano en una castaña o un cortapichas entre las hojas de una lechuga no es el asco que te pueda dar el bicho, por muy tiquismiquis que uno sea. Ni siquiera la repugnante idea de pensar que te lo podías haber comido de no haber estado tan atenta. Lo que realmente incomoda y sobresalta es la sorpresa de encontrártelo ahí. Donde no debería estar. En tu terreno, o sea, en tu castaña, o en tu ensalada, que no es la suya.

Muchas veces los miedos más crudos se reducen al desconcierto que sentimos cuando notamos que nos invaden.

El miedo a no sentirse a salvo.

Afortunadamente, aún tengo pocos muertos a los que recordar en días como éste. Me refiero a los fallecidos que se entierran en los cementerios, o los que se incineran. Para contar ésos, por cuestión cronológica y buena suerte general, me sobran dedos de una mano. Sin embargo, de los otros cadáveres, de las personas que un día aparecen en tu vida y otro ya no están, de esos tengo muchos más en mi armario. Y digo bien lo del armario, porque en lugar de enterrarlos y pisotear bien la tierra sobre ellos cuando desaparecen de mi vida, cosa que debería hacer y que me ahorraría muchos malos ratos, de vez en cuando aún, cuando voy a buscar algo en la estantería de arriba, se me caen encima, pegándome sustos mortales. Y yo necesito bien poco para sobresaltarme, con lo cual es de imaginar el bote que pego cuando uno de sus brazos inertes me pega un guantazo inesperado o un mechón de su pelo me roza haciéndome cosquillas. Son reencuentros con el pasado que me trastornan el espíritu y me dejan el alma destemplada para unos días. Aunque lo peor de todo es que no es necesario que llegue un día concreto, como el de hoy en el caso de la muerte física, para que me acuerde de la gente que pasó por mi vida y luego me dejó atrás. A veces es sólo un aroma determinado el que me los trae a la mente. Un café en el Starbucks puede ser suficiente, por ejemplo. El pintor de un calendario que alguien me regaló y que, el pobre, sin tener culpa de nada, se convierte en persona non grata porque ya no puedo mirar nada pintado por él sin recordar demasiadas cosas, casi todas malas... Lugares a los que no puedes volver sin que el espíritu sufra, y se convierten en puntos negros de la ciudad que bordeas y evitas siempre que puedes. Otras es una frase pronunciada por alguien oída al descuido, una palabra que el fallecido decía de una determinada manera, única e intransferible, y que, como las cerezas, engancha a otras frases, a otros recuerdos y sensaciones, y ponen sobre la mesa historias que una creía olvidadas para siempre, pero que nunca lo estarán del todo, mientras haya alguien para recordarlas. Soy consciente de que tengo ya muchos muertos a mis espaldas, y lo peor de todo es que el tiempo no los descompone ni los borra. Extrañamente, los conserva, pero no momificados, ni con olor a naftalina. Siguen frescos y lozanos, como lo estaban ese segundo antes de que todo se fuera a paseo. Curioso y bastante terrorífico, la verdad.

Y es que es tan simple e irremediable como que ellos, mis muertos, mis muescas en el revólver, mis cadáveres en el armario, seguirán vivos y me acompañarán allá donde vaya mientras yo siga viva.