Cuando ya tienes edad para poder ser madre de una veinteañera rebelde y, en lugar de eso, aún te entran sudores fríos cuando haces algo que sabes que la tuya no aprobaría, te das cuenta de que tienes que hacer algo. En realidad de lo que te das cuenta es de que deberías haberlo hecho hace tiempo, demasiado, aunque eso ya lo sabías, y eso es lo malo, que lo has sabido siempre, pero nunca has sido capaz de hacer nada. Y lo peor de todo, que ya quizás sea demasiado tarde…
Pero una vez más, esperando que ésta sí sea la última, intentas liberarte del yugo amoroso más sólido, el que más atormenta cuanto más intenta creer protegerte, y quizás lo consigas, esta vez sí. Aunque de nuevo, otra vez, como siempre, te preguntas si tendrás el valor y el arranque necesario para estar dispuesta a pagar de una vez por todas el alto precio de tu libertad: romperle el corazón a tu madre.
Y vivir con eso.

Como casi siempre que hago una pausa, y me quedo un rato mirando lo que es mi vida, vuelvo a darme cuenta, con el mismo asombro que las otras veces, de la suerte que tengo. Y no es que el resto del tiempo no lo sepa, que lo sé, sino que mi atención se distrae en grandes cosas, unas más importantes que otras, pero todas ellas capaces de mantenerme lo suficientemente ocupada como para impedir que me fije en las que de veras importan: las pequeñas. Y hago lo que no se debe hacer: "preocuparme", o sea, anticiparme a los problemas y pasarlo mal antes de que sea necesario, en lugar de "ocuparme" de lo que sucede antes de que se convierta en un problema. Pausas como estas vacaciones de ahora me permiten volver a ver claro, mirar las cosas con ojos positivos, que no ingenuos, sino todo lo contrario: observar la vida desde un ángulo optimista, sin obviar las dificultades, pero sin permitir que me hagan desistir. Una visión de las cosas lúcida y fresca, con un punto de inocencia sabia, de esa que viaja rauda y veloz, sin pasar por tu cerebro, y que te permite ser capaz de no aturullarte ni verlo todo negro de entrada, y en lugar de eso te deja pensar en rodear el obstáculo y seguir tu camino. Seguramente dentro de unos meses, volveré a verlo todo negro, y los árboles vuelvan a impedirme ver el bosque, y tendré que volver a zarandarme a mi misma para no dejarme llevar por un pesimismo que, a sabiendas de que soy una presa fácil, siempre me acecha.
Es necesario bajarse de la noria, sentarse un rato en el banco y dejar de sentirse mareada para poder darse cuenta de que una es afortunada por el solo hecho de poder estar en el parque de atracciones. Si además tienes en tu bolsillo un bono que te permite montarte en un montón de aparatos, y a un buen puñado de gente que te acompaña y se divierte contigo, entonces puedes considerarte bastante afortunada.
Si encima puedes contarlo, sin duda eres alguien muy afortunado.
Como yo.

La melancolia, cuando no se abusa de ella, es como un somnifero suave. Te sumerges en ella, y te dejas arrastrar. Y te lleva lejos. Muy lejos. A parajes de tu alma donde no es habitual adentrarse, y donde perderse es tan poco recomendable como tentador.
Lo malo, a veces, es encontrar el camino de vuelta.
Lo peor, en ocasiones, es no querer volver...

Acabo el año de vacaciones. Un respiro necesario después de meses intensos en lo laboral. Intensos y conflictivos. De muchos momentos de angustia y bastantes más de desánimo absoluto. De esos de estar a punto de tirar la toalla, pero no hacerlo. Porque tirar por la borda el esfuerzo de mucho tiempo es algo que cada día me pienso más, y al final no lo hago. Antes bastaba con que me sintiera atrapada para que me revolviera e intentara desatarme, y lo lograba, pegaba el portazo y hala, a otra cosa. Ahora ya no puedo actuar así. Ahora rendirme cuando las cosas se ponen feas me parece una cobardía, y una pérdida de tiempo y de sufrimiento no aprovechado. Así que ahora lo sigo pasando mal cuando toca, sí, pero al final remonto. Siempre. Aunque solo sea por rentabilizar esos malos ratos. Me he vuelto muy práctica, yo.

Así que dejo la ventana con la persiana subida, pero con los visillos echados. Para que parezca que no me he ido y no entren ladrones…

Aunque si los cacos entraran se podrían llevar poco de lo que es auténticamente valioso para mí…

Porque esas cosas, las importantes, siempre van conmigo…

No hace falta perder algo para saber lo mucho que significa. La afirmación de lo contrario es un insulto a nuestra lucidez en los buenos momentos, como si sólo de la desgracia se sacara algo en claro, y la felicidad entonteciera. Nada más lejos. Hay instantes en los que se ve todo con nitidez, en los que uno se da perfecta cuenta de que está viviendo algo que, seguro, recordará el resto de su vida. Y también recordará que en ese momento supo que lo recordaría.

Como tampoco hace falta haber conocido algo o a alguien y haberlo perdido para echarlo de menos. Se puede añorar algo que jamás se ha conocido. Languidecer por algo que quizás jamás lleguemos a rozar. Y aún así saber que era para nosotros. Pero que no pudo ser. Y morirse por dentro esperando lo que nunca llegará.

Sólo es cuestión de pararse.

Mirar.

Y ver.

A veces tengo la sensación de que la vida no nos da todo aquello que le pedimos, y mucho menos lo que deseamos, sencillamente porque, a pesar de parecernos en demasiadas ocasiones tremendamente injusta, se limita a darnos lo que merecemos. Lo cual no suele coincidir con lo que nosotros queremos, ni con lo que nos sentimos capaces de controlar y manejar, ni mucho menos se suele parecer, ni de lejos, a aquello de lo que nos creemos dignos y merecedores.
Pero en muchos momentos, más de los que somos capaces de reconocer, la vida nos termina llevando justo al punto en que debemos estar, y no a otro. Eso sí, por caminos tortuosos, extraños recovecos, falsos atajos y maniobras de despiste, que nos marean, nos desconciertan, y hace que terminemos gimoteando, hartos de tanto trajín, como los niños camino de la playa, “¿Cuánto falta?”.
La vida de vez en cuando te vapulea, te echa un pulso del que sales con la muñeca dislocada, una luxación de hombro y la moral pisoteada y maltrecha. Aunque todo se termina curando, de vez en cuando esos revolcones de la existencia vuelven a doler, y no precisamente cuando cambia el tiempo; hacen mucho daño cuando algo o alguien te lo recuerdan. Lo que no se tiene tan claro a toro pasado es si aquello fue una desgracia o lo mejor que pudo pasar. Va por rachas. A veces, en un fogonazo de lucidez y clarividencia, tienes el convencimiento absoluto de que, hasta lo más atroz, si sucede es porque es necesario. Para algo. Aunque ese algo se nos escape. Aunque nunca lleguemos a entenderlo.
O sí. Al final, sí.

Después de haberte pasado media vida en las nubes soñando con que las cosas pueden ser distintas, un día descubres que a veces esos nubarrones terminan convirtiéndose en lluvia, y algunos sueños llegan a hacerse realidad. Y cuando te das cuenta con sorpresa de que no sólo no te han decepcionado al materializarse sino que son mejor de lo que habías supuesto, te cambia el carácter, y, paradójicamente, dejas de ser tan soñadora y te vuelves más pragmática, mucho más realista, con los pies mucho más pegados al suelo. Más resolutiva, con muchas más confianza en tus impulsos, en esas corazonadas y ventoleras que te han llevado en volandas hasta donde ahora te encuentras. Y si además algunas de las quimeras que durante años fueron los pilares de esa existencia paralela caen y tu vida no se tambalea ni siquiera un poco, sino que, por el contrario, se estabiliza y empieza a avanzar con una agilidad pasmosa, entonces la gente empieza a decirte que has cambiado, que ya no eres la misma. Y no sabes si eso es bueno o malo, porque te lo dicen con un gesto de contrariedad que lo mismo puede ser un reproche velado como un arañazo envidioso por haber logrado lo que ellos aún tienen pendiente: que tu vida se parezca cada vez más a lo que deseas.
Quizás el aire de la realidad posible no sea tan limpio como el que se respira en el universo de lo probable, pero es el oxígeno que, mal que bien, ha concretado lo que sólo estaba en tu cabeza, así que algo bueno tendrá. Porque si imaginar y fabular con lo que se desea es una forma de vida, casi siempre impuesta por unas circunstancias adversas a las que se ve sometido un carácter que no se resigna, ir consiguiendo parte de lo que se alguna vez se deseó, materializar lo que todos veían como viento y humo es el principio de nuestra reconciliación con la realidad más rastrera y empírica.
Ahora sueño menos, quizás porque ya he conseguido mucho de aquello con lo que antes fantaseaba. Y ahora puede que sea el momento de disfrutar de ello, de sumergirme de lleno en el lado más refrescante y prosaico de la realidad. Abandonar las nubes y estar por fin al otro lado, en el bando de los que viven.
Dejando que, por una vez, sean los demás los que sueñen.

No puedo evitarlo: me gustan los lunes. Y me gustan mucho. No me resisto a la alegría que se apodera de mí cuando algo empieza, a ese entusiasmo del “todo-puede-pasar-y-esta-vez-quizás-sea-genial” de los comienzos de cualquier cosa. Y el primer día de la semana que a otros agobia y cabrea, a mi me llena de un optimismo irracional que convierte al lunes en mi día favorito. Por la misma lógica, funciono mejor al principio del día, madrugar no me molesta, porque el precio de morirse de sueño se ve recompensado con creces por el regalo de tener un día más largo, lleno de horas por delante. E igual que voy perdiendo gas según pasa la jornada y soy una trasnochadora lamentable, llego al final de la semana demasiado acabada como para valorar en su justa medida al día por el que todos suspiran: el viernes. Me alegro de que llegue, claro, pero también es la prueba tangible que cada siete días me recuerda que, a pesar de que el lunes cualquier cosa podía ser posible, sólo me quedan dos días para completar el ciclo semanal y, la verdad, la mayor parte de las veces las cosas siguen ni mal ni bien, simplemente como siempre.

Un día te descubres un cardenal tremendo en el muslo, de esos que pasan del negro más fúnebre al verde olivo o el amarillo canario, y, por más vueltas que le das, no logras saber cuándo ni cómo te diste semejante golpe. No recuerdas nada, pero está claro que en algún momento te debiste pegar contra el pico de la mesa de la oficina, o quizás fuese el espejo retrovisor de ese coche azul que tan pegado estaba al tuyo, y que te obligó a pasar de medio lado entre los dos. Pero no. Piensas, y piensas en situaciones posibles, pero aún más te desazona no recordar el dolor del impacto. ¿Cómo es posible que el golpe que ha hecho salir semejante moratón no te doliese?
Supongo que muchas veces habré herido a la gente así, haciéndoles cardenales sin yo saber cuándo, ni cómo, y luego he visto espeluznada cuánto dolor he llegado a causar sin quererlo, o, al menos, sin ser totalmente consciente del alcance de mi puñalada. Esa ignorancia no me hace más inocente, ni a mi estocada menos ponzoñosa, ni a la herida menos honda. Sin embargo, supongo que algo redime la inconsciencia…
Porque herir a los demás de forma intencionada exige una predisposición de egoísmo, de instinto de supervivencia, que a mí me falta demasiadas veces. Un instinto agresivo y depredador que no va conmigo, y cuya carencia tantas veces me deja sin argumentos para medirme con las fuerzas violentas e inesperadas de las embestidas de la vida. Y sin embargo, también soy consciente de que, aunque tiendo a ser más paloma tontorrona y desorientada que halcón osado y pendenciero, alguna que otra víctima tengo a mis espaldas. Las muescas en mi revólver están ahí, bien profundas, y algún que otro pajarraco, más débil y desvalido que yo, ha caído picoteado inesperadamente por mí. Mis fantasmas de las navidades pasadas suelen visitarme y pedirme cuentas en cualquier momento, cuando menos lo espero. Aunque sé que no puedo deshacer lo que hice, y eso me atormenta en muchas ocasiones, sencillamente porque, a pesar de todo, sé que actuaría de la misma manera si la historia se repitiese.
Quizás, en el fondo, no sea tan distinta al resto de la gente…

Un día cualquiera, uno de tantos, cuando nada te hacía pensar que algo así fuese a sucederte, tus ojos se cruzan con otros ojos y ya nada es lo mismo. Tú entonces no lo sabes, ni te imaginas lo que puede desencadenar una mirada, esa mirada. Un efecto mariposa cuyas consecuencias aún desconoces. Ni imaginas.

El tiempo pasa, y esos ojos que un día te miraron desconcertados, curiosos e interrogantes, siguen ahí, buscando los tuyos, intentando volver a cruzarse con ellos, pero ahora les guía una curiosidad diferente. El interés de quien ya conoce lo suficiente como para saber que lo que aún ignora puede resultar mucho más apasionante que lo que ya ha visto. Buscando más. Sin descanso. Y encontrando.

Hasta que otro día, también uno más del calendario, esos ojos que se cruzaron con los tuyos aquel ya lejano día ya no preguntan. Y no porque lo sepan todo, sino por todo lo contrario: saben que jamás lo sabrán todo, pero aún así, ya no es necesario reclamar más respuestas...

Porque hay cosas que no hace falta preguntar, ni escuchar, porque tampoco es imprescindible saberlas.

Basta con sentirlas.

Me gusta dar sin esperar nada a cambio. Bueno, eso no es completamente exacto, porque cuando doy, soy yo la que más se beneficia, me siento demasiado bien, así que ya he recibido mucho aún antes de que el otro se plantee la posibilidad de corresponder a mi gesto generoso. Sin embargo, cuando me corresponden, siempre tengo la sensación de que no es porque les salga del alma, porque yo me lo merezca, o porque vean que me hace falta algo, sino simplemente porque se sienten obligados a devolverme el favor, por agradecimiento, por acallar a sus conciencias. No, no me gusta nada que me den cuando yo he dado antes.
Pero sí que me gusta que me den, y que quien me da logre transmitirme que tampoco espera recibir nada a cambio. Porque conozco el gustazo que debe estar sintiendo en ese instante, ese placer de tener en tu mano un pellizco de la felicidad de otro, y poder ponerlo a su disposición, y decidir hacerlo, en lugar de guardártelo, y eso me gusta más que nada en el mundo.
Creo que, en el fondo, no soy más que una egoísta.

No valgo para la guerra. No sé luchar, ni defenderme. No tengo capacidad táctica, ni reflejos, ni picardía. Por no saber, ni siquiera sé obedecer ciegamente a mis superiores, ni tampoco tengo energía suficiente para imponerme a mis subordinados sin que me falten al respeto a la primera de cambio. En campo abierto soy un blanco fácil. En las trincheras, soy ese soldado que asoma la cabeza el primer día y se la vuelan.

Sin embargo, cobarde no soy, y aunque no estoy hecha para librar batallas, creo que he nacido para batirme en duelo. Tengo ese amor propio que salta a la mínima, ese carácter aparentemente apaciguado, pero incendiario, que se revuelve cuando le tocan lo intocable. Me pierden cosas tan arcaicas y denostadas como la lealtad, el honor, la palabra dada o la vergüenza torera. Soy capaz de darlo todo sin pedir nada a cambio, y de exigir lo mismo, lo cual, lógicamente me lleva a menudo a callejones sin salida de los que salgo mal parada, porque, evidentemente, el mundo no funciona de esa manera…

Como le pasaba al capitán Alatriste, quizás yo no sea la más honesta de las mujeres, ni la más piadosa… Ni tampoco creo que sea la más segura de sí misma, ni la más atrevida, ni la más brillante, ni la que mejor esquive los golpes y sacudidas de la vida.

Pero, igual que el viejo soldado de los tercios de Flandes, soy una mujer valiente.


Cuando pierdes el miedo, todo es posible. Absolutamente todo, lo mejor y lo peor. Lo mejor viene rodado una vez que te has deshecho del mayor freno para la felicidad, del lastre más pesado que tantas vidas llevan consigo como una cruz, desde la cuna hasta el ataúd; una vez que logras desatar el nudo y lo dejas en el camino te sientes capaz de afrontar casi todo. Y lo peor también termina rondándote más a menudo cuando te atreves a más cosas; cuando ya has experimentado la sensación de sentirte libre, de ser dueño de tus decisiones sin angustias, sin culpas, sin sombras, te vuelves incluso temerario, y a veces no mides bien tus fuerzas, y puedes llegar a estrellarte. Y puede que ya no te asustes como solías, pero los golpes siguen doliendo. Y las decepciones escuecen igual. O más, si cabe.
Yo ya no tengo miedo. Bueno, si acaso me queda un poco, lo justo para no estar indefensa ante la adversidad, el recelo propio del instinto de supervivencia, pero he ido perdiendo el que más daño me ha hecho desde que recuerdo: el miedo al miedo. Y es una sensación tan placentera ésta de no estar asustada constantemente que no termino de acostumbrarme; soy como una nueva rica que, a pesar de tener la cuenta del banco a rebosar, aún no puede evitar mirar de reojo los botes de guisantes de oferta. Me asombra observar cómo he ido desprendiéndome a lo largo de los últimos tiempos de ese malestar ante cualquier contrariedad, esa sensación de que el mundo se me venía encima constantemente, ese sentimiento de desamparo, esa vulnerabilidad y esa incapacidad para defenderme y atacar. Ahora no sólo puedo hacerlo si me siento amenazada sin que me tiemble el pulso; es más, la polémica me estimula, el conflicto me parece un punto de partida para replantearse las cosas, para tirar por tierra cosas que no sirven, para crecer. Quien me ha visto y quien me ve. De mosquita muerta a mosquito picón.
¿Cuál será el siguiente paso? ¿Perderé la vergüenza y me convertiré en una mujer fatal? ¿O me resbalará todo lo material de este mundo y me dará la vena mística?
Me muero de curiosidad...


Sé lo que soy. Y eso no lo hace más fácil. Sólo permite ver más claro. Conocerse bien a veces es una bendición, pero en demasiadas ocasiones es un arma contra uno mismo. Porque te permite ver más allá. Pero no te ayuda a comprender. Ni a evitar.
Sé que puedo ser fuego. Crepitante hoguera en la chimenea, en la que te refugias en las noches heladas, y puede devolverte la vida. Ese punto luminoso, insignificante en la inmensidad del océano, pero que te marca el rumbo en la tormenta y logra que no te estrelles contra las rocas. Pero también puedo ser volcán, descontrolado e incontrolable, torrencial y sin margen para predicciones, una fuerza de la naturaleza tan violenta como impresionante en su espectáculo letal de humo y lava.
Alguien me dijo una vez que me veía frágil y dura. Vulnerable y fría. Una dualidad tan exacta que, confieso, me estremeció cómo unos ojos ajenos, casi desconocidos por aquel entonces, podían ser capaces de verla con tanta nitidez. Mi lado quebradizo va conmigo, y quizás sea lo primero que llama la atención, porque ni siquiera para protegerme soy capaz de ocultarlo del todo. Mi otro lado, el fuerte, el gélido, es más difícil de intuir, pero está ahí, no tan lejos de la superficie. Yo conozco de sobra mi yo marmóreo. Lo veo asomarse, y luego llegar, inexorable, y no puedo pararlo, sencillamente porque viene precedido de una erupción volcánica que tampoco soy capaz de controlar. Y esa lava, incandescencia emocional pura, puede hacer, y hace mucho daño. Arrasa con todo. Y eso también soy yo.
Sé lo que soy. Pero como decía el Vizconde de Valmont: “No puedo evitarlo”.

Los días se suceden rápidamente, las semanas se atropellan, pisoteándose unas a las otras y las Navidades ya están aquí, a la vuelta de la esquina. No he visto pasar este año, y eso, francamente, me repatea, porque significa que son ellos, los meses, los que han pasado sobre mí, sin darme margen para reaccionar o al menos haberlo intentado. Y es que hay ratos de lucidez traidora en los que te das cuenta de que las obligaciones y la rutina te atan de pies y manos, y te resulta imposible meter baza en algo que te concierne, en lo único que realmente te concierne: tu propia vida. Y no puedes hacer gran cosa para evitar esa impotencia al ver cómo los días desfilan, todos iguales, todos rígidamente estructurados: un tiempo para dormir, otro para trabajar, y un margen limitadísimo para hacer algo diferente, quizás nada espectacularmente extravagante, pero capaz de romper una brecha en la costumbre por la que dejar pasar un rayito de anarquía, un punto de improvisación. Y, lo peor de todo, arrastrando esa existencia milimetrada a todo gas, a un ritmo excesivo como para poder intervenir sin que te engulla el torbellino, demasiada velocidad, aunque en realidad los días no pasen ni más ni menos rápido, igual que esos coches que, aún yendo a 40, te afeitan en seco a poco que te descuides cuando vas caminando por el arcén.


Hubo un tiempo en el que hubiese dado cualquier cosa por que un hombre me tratara como una mujer objeto. Era yo muy joven, y también demasiado estudiosa y poco popular, por no decir bastante asocial, y no podía entender que alguien no quisiera tener la suerte de gozar de unas medidas de infarto, o de tener una cara preciosa y que, además, los hombres babearan a su paso. Pero la realidad no me ayudaba a lograr algo tan inalcanzable como ser devorada con deseo por los ojos masculinos y con envidia por los femeninos, aún a costa de ser tratada de tonta y de cabeza de chorlito. No tenía ni el físico ni el carácter para ello, así que mientras miraba mis granos rebeldes y veía con impotencia y desgarro cómo, a ese paso, su desaparición se cruzaría con la llegada de mis primeras arrugas, asumía como una fatalidad del destino que yo no estaba hecha para ser una mujer objeto sexual. Y me iba dando cuenta de una realidad que, en aquel entonces, me parecía una burla del destino: me estaba convirtiendo en una mujer objeto, sí… pero en algo tan raro como yo misma: cada día que pasaba estaba más cerca de ser la perfecta mujer objeto intelectual. Alguien a quien admirar por su cerebro, por su carácter o por sus sentimientos. O sea, nada palpable, ni besable, ni achuchable. Lo peor. O eso le parecía entonces a una adolescente solitaria, ávida de descubrir, y descubrirse.
Los años han barrido todo aquello, y mientras tanto mi cerebro y mi cuerpo han hecho un armisticio. Ya no me apetece nada convertirme en objeto sexual, es más, me alegro de no haberlo sido nunca. Y a fecha de hoy, saberme deseada por esa parte de mí, la más etérea e inaprensible, no sólo ya no me irrita, ni hace que me sienta triste y anodina, transparente e inexistente ante los ojos de los demás, sino todo lo contrario. Porque ahora soy mucho más que un objeto intelectual.
Ahora soy una musa.

Haiku (XI) (*)

Hielo que quema.
Inexplorado abismo.
Volcán dormido.


(*) Ese eres tú, F.


Hay personas que se han agarrado tantas veces a un clavo ardiendo que ya han perdido la sensibilidad en las manos, y no se dan cuenta de que aunque parezca que se han salvado en realidad se están quemando. Gente incapaz de darse cuenta de que el fuego de la rutina les consume, de que sus vidas están llenas de pavesas de pesimismo y de cenizas de resignación, de humo gris y denso que les hace verlo todo bajo una gasa de tristeza y aceptación de lo inevitable. Son personas que cuando les preguntas qué tal están responden “Tirando…”, y no exageran porque así es, literalmente, arrastran su vida con dificultad, penosamente, en lugar de dejarse llevar por las circunstancias, de adaptarse a las cosas como vienen, subiendo la cuesta cuando toca, pero dejándose caer por el tobogán con un alarido de alegría cuando se puede.
Sé de lo que hablo: vengo de una familia así. Afortunadamente, en algún momento de la división celular debió producirse algún tipo de mutación, porque no puedo soportar esa actitud ante la vida. Cada día menos. Y eso me hace cada vez más intolerante, más rebelde, menos comprensiva, mucho más guerrera y combativa en lo que respecta a esa manera de ver las cosas. Siempre ha sido así, me reventaba tanto pesimismo cuando aún no sabía qué significaba esa palabra, aunque me callara, mientras me juraba a mí misma que yo no sería así nunca jamás en la vida. Pero ahora ya no me callo, al contrario, y cuando critico abierta y a veces cruelmente esa forma de tirar la vida de uno por el desagüe sin haberla vivido, mi madre me dice que he cambiado. Que no me conoce.
Y no es ningún piropo.

Tenía una risa fácil, frescachona, chispeante, de ésas que te rocían al pasar por su lado, dejándote el alma regocijada y contenta, así, sin ton ni son, simplemente por contagio. Sus carcajadas eran como las gotitas del chorro de un aspersor en una tarde de canícula; aunque cuando te pones delante sabes de sobra que te vas a mojar, siempre te sorprendes gritando y dando saltos, huyendo de lo que en realidad buscabas. Y, sí, a los diez minutos estarás completamente seca, pero nadie podrá quitarte ya esa sensación de frescura efímera pero agradable, como sólo lo son las cosas que vienen sin buscarlas, sin motivo claro, sin que las merezcamos, e igualmente se van, sin avisar, sin pedir nada a cambio y sin vuelta de hoja.

Quererte es saber que estarás, siempre, aunque de vez en cuando no te tenga cerca, porque aún estando lejos de mí nunca te vas del todo.
Incluso contemplando la posibilidad de que un día te fueses y nunca más volvieses, seguirías estando. Mientras yo siga aquí, o en algún sitio, tú no podrás terminar de desdibujarte. Nunca. Aunque el recuerdo de tu presencia fuese lo único que me quedara de ti, y el tiempo lo fuese debilitando cada día un poco más. Aunque tú, que ahora lo llenas todo o casi, terminaras en un rincón de mi corazón, dejando sitio a nuevas emociones, a nuevas pasiones, a nuevos recuerdos. Quizás no sería mucho, si lo comparas con lo que ahora ocupas en mi vida, pero creo que sería suficiente.
Porque el solo hecho de poder evocar lo que estoy viviendo contigo desde que te conozco me alimentaría durante años, y ese recuerdo sería el que me ayudaría a seguir adelante sin ti. Sin ti, pero contigo... Y mantendría viva mi alma hasta la eternidad, donde, ¿quién sabe? lo mismo volvemos a coincidir…

No se llora de alegría, no nos equivoquemos. Las lágrimas que saltan cuando la felicidad es muy intensa sólo son el preámbulo de las que tememos derramar cuando, en un futuro más o menos cercano, de nuevo nos quedemos sin lo que en ese momento tenemos. Son lágrimas de pánico a perder ese logro que nos ha caído del cielo o nos hemos currado un montón, eso da igual, pero que por algún extraño mecanismo autodestructivo creemos no merecer del todo. Lágrimas de incredulidad ante algo demasiado bueno para que nos dure, y que parece que alguien nos haya dado por equivocación y nos lo vaya a quitar de un manotazo de un momento a otro.
Las lágrimas, todas, son miedo líquido.

La madera de teca es una madera resistente a casi todo. Al parecer asiste impávida a sol y hielos, fríos y calores, humedad o termitas, y nunca se pudre, ni se hincha, ni se reseca. Aunque no es ajena al efecto de los elementos, evidentemente. La única pega que tiene frente a las enormes ventajas de olvidarse de meterla a cubierto cuando llueve o ponerla a la sombra a la hora de la siesta, es que cambia de color, hasta quedarse prácticamente blanca, de un color gris plateado curiosísimo, si tenemos en cuenta que la madera recién cortada es de un marrón claro color miel. Esa metamorfosis no gusta a todo el mundo, así que mucha gente trata sus muebles de teca con aceites, para conservar el color original. Que será muy bonito, no digo yo que no, pero crea una servidumbre bastante estúpida, el mantenimiento regular en la aplicación del producto, totalmente innecesario en una madera que, si algo tiene, es precisamente esa resistencia a los elementos que te permite olvidarte de cuidarla y limitarte a disfrutarla.

Me encanta la madera de teca. Porque está viva. Y porque no sé qué aspecto tendrá dentro de unos años, y esa sorpresa espolea mi curiosidad. Igual que ignoro cómo estaré yo. Posiblemente a mi mesa y a mis sillas les pase lo mismo que a mí: que estaremos con peor aspecto, pero ¿qué le vamos a hacer si ni a ellas ni a mi nos va demasiado la tiranía de los cosméticos? A la vida hay que exponerse, aunque a veces lo fácil para preservar nuestra integridad sería ir por la sombra constantemente, quedarse a cubierto, recogernos ante la adversidad como los muebles de jardín llevados a toda prisa al garaje cuando empieza a llover. Pero ¿perderse el frescor de una tormenta de verano después de una tarde caniculosa? ¿Por no mojarse un poco? Quizás ni mis sillas ni yo estemos como recién salidas de fábrica dentro de un tiempo, pero habremos vivido, expuestas al frío y al calor, a lo bueno y a lo menos bueno. A las cagadas de pájaro, pero también a las caricias del revoloteo de una mariposa.

Con un color raro quizás, pero con el corazón sano, a salvo de la carcoma, lejos de la amargura de una vida vivida al ralentí…

Cuando vienes de una familia en la que las tradiciones y los ritos son sinónimo de chorradas inútiles, terminas mirando con envidia a la gente que cuenta historias de costumbres que se arrastran inalterables desde sus tatarabuelos. Recetas que se remontan a los tiempos de Maricastaña y que se hacen cada Navidad, pase lo que pase y salga el sol por Antequera. Esas pequeñas cosas inútiles para la vida práctica que tan necesarias son para el espíritu, o al menos para ciertos espíritus, y que a veces son lo único que te queda cuando todo se ha perdido.

Si además tienes un carácter amigo de esas cosillas, los libros viejos, las fechas señaladas, los detalles que no cuestan dinero pero sí esfuerzo imaginativo, mirarás con curiosidad muchas costumbres ajenas que no te importaría adoptar, es más, te encantaría, vaya, aunque no lo haces porque así, sin ton ni son, se hace raro. Como que no viene a cuento. Y es que para empezar a hacer algo que se convierta en una costumbre y que a su vez termine siendo una tradición hace falta algo tan simple como ver una continuidad, así que si te falta eso, la posibilidad de que alguien más allá de ti siga con ello, terminas por dejarlo estar, y sigues mirando con pelusilla y carita de pena a los que pueden contar que hace años y generaciones que hacen esto y lo otro. Y sigues viviendo lo único que tienes: una vida demasiado en presente, que también tiene su aquel, por lo de vivir el momento y todo eso, pero que te obliga a la dolorosa renuncia que supone prescindir del mohoso y polvoriento encanto de las cosas que perduran más allá del tiempo y de las personas.

Es lo que tiene ser el último eslabón de la cadena...

Cuando basas tu vida en algo tan simple y tan ingenuo como no hacer nunca a los demás esas cosas que jamás te gustarían que te hicieran a ti, corres el riesgo de sufrir. Y mucho. Porque una de las cosas más dolorosas que una persona puede hacer sentir a otra es la bofetada seca, a mano abierta, de la ingratitud. El desagradecido es capaz de hacerte sentir que has hecho el tonto inútilmente, que has estado perdiendo un tiempo precioso esforzándote por alguien que no lo merecía. Y eso no es lo peor: el auténtico ingrato no sólo consigue hacerte sentir como un completo gilipollas, sino que suele volver la situación a su favor, y con una habilidad maquiavélicamente medida logra colgarte a ti el cartel de “verdugo”, mientras que él se tatúa en la frente un bonito letrero de “víctima”.

Me han decepcionado muchas veces. Y es por eso que cada vez pienso más que el problema está en mí, en que siempre espero demasiado de la gente porque siempre doy mucho. Debe ser que, inconscientemente, soy una firme practicante del “quid pro quo”, y de forma instintiva tiendo a dar y esperar una contrapartida que no siempre tiene por qué llegar. Nadie me ha pedido que sea generosa, luego ¿por qué iban a serlo conmigo? Que yo me porte bien con alguien, ¿implica que si ese alguien es un hijo de puta no vaya a serlo conmigo? Pues no. Es más, gozará mucho más pisoteándome después de sacar tajada de mí, y luego se reirá de mi con muchas más ganas. Sin embargo, a lo largo de mi vida, vistas las veces que he dado vueltas a este asunto desde que recuerdo, he ido bajando el listón, esperando cada vez menos, hasta que ahora mismo espero muy poco, casi nada, pero aún sigue siendo demasiado. No puedo evitarlo. Siempre tiendo a creer que la gente es más buena y generosa de lo que la mayoría cree y mucho mejor aún de lo que yo merezco que sean conmigo. Postura ingenua, lo reconozco, pero que no puedo evitar, porque si el refrán dice “Piensa mal y acertarás”, yo suelo darlo la vuelta y creer firmemente que si pienso bien seré mucho más justa que si, de entrada, voy desconfiando y viéndolo todo negro. Pero la experiencia canta, y me da una bofetada de vez en cuando, y se ríe de mis tropiezos reiterados, porque es que ni esperando lo mínimo consigo no terminar hundida. No aprendo, ni a hostias lo consigo. Siempre es igual, pero siempre es peor…

Y el caso es que no creo que yo sea tan exigente, aunque quizás la máxima de querer para los demás lo que uno querría para sí mismo sea demasiado utópica y pánfila, y a lo mejor ya es el momento de replantearme seriamente lo que, desde hace mucho tiempo, ha venido siendo la brújula de mi vida: pensar en los demás y, luego, si hay tiempo, pensar en mí misma.

Quizás sea más sabio y práctico para andar cómodamente por este mundo vivir esperando mucho menos de los demás, sencillamente porque no lo merecen. Quizás, después de todo, yo tampoco merezca tanto como creo…

Sí. Me han decepcionado muchas veces.

Y siempre es peor.