Pasé los recreos de mis últimos tres cursos en el colegio aprendiendo a escribir a máquina. Mientras mis compañeras de clase se contaban en los corrillos del patio sus primeros tonteos con los chicos, yo y otro puñado de outsiders empollonas y rentabilizadotas de su ocio, nos peleábamos con unas Underwood cascadísimas, de cuando en las oficinas los contables iban con visera y manguitos. A la mía se le quedaba pegada al papel la letra m, con lo cual mi velocidad se veía seriamente perjudicada por tener que quitar con la mano la varilla, hacerla volver a su sitio, y seguir escribiendo. Aun así, conseguí mi título de mecanógrafa, en la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País, una de esas peñas de ilustrados creada en el siglo XVIII que aún se mantiene.

Ahora, cuando han pasado tantos años desde aquellos recreos perdidos para el cotilleo y la vida social, me doy cuenta de que, de las muchas cosas que he estudiado a lo largo de mi vida, esos tres años han sido de los mejor invertidos y aprovechados de ellas. Llevo 16 años de vida activa laboral en la que vengo usando ordenadores constantemente y, la verdad, saber teclear con todos los dedos es una ventaja que me facilita las cosas enormemente. La sola idea de tener que usar los dos dedos índice y buscar las letras en el teclado, como hace uno de mis jefes, me pone de los nervios. Me encanta poder copiar a toda velocidad textos mientras miro el papel, y sin mirar a la pantalla ni al teclado durante párrafos enteros.

En fin, que después de todo, si ahora lo pienso fríamente, creo que me apunté a máquina no porque fuera una asocial y una friki en el cole, sino porque ya entonces, mucho antes de que la idea de ser periodista se abriese paso, empezaba a bullir en mis tuétanos, en la masa de la sangre, lo que realmente soy:

La perfecta chupatintas.

Haiku (XI) (*)

Acorazado.
Granadas de palabras.
Bastión rendido.

(*) Tu boceto, B.

Haiku (X)

Escalofrío.
Miradas que acarician.
Manos que miran.

No pidas peras al olmo, sencillamente porque te morirás de asco al pie del árbol, esperando algo que no puede llegar. Nunca. Por mucho que lo riegues. Aunque le hables con cariño. A pesar de que le quites las hojitas secas con mimo. Lo que es con sus peras, no te harás una macedonia. Porque no es más que un olmo.
El caso es que yo tampoco esperaba gran cosa de A. cuando le ofrecí mi ayuda. Se la di porque me la pidió, porque necesitaba que la echaran un cable y yo, en ese momento, podía y quise hacerlo. Sin más. Yo no buscaba una amiga, pero no cerré las puertas a esa posibilidad. Enseguida vi que se trataba una persona pusilánime, sin brío, angustiada y superada por los acontecimientos, y, sobre todo, muy sola, e incapaz de aprender a convivir con su soledad. Yo no podía pasar por el lado de alguien así que me había suplicado ayuda, e ignorarla. Aunque no la conociera de nada, apenas de haber leído cuatro posts de su blog, aunque sus problemas me importaran tres pimientos. Aún así, una mañana, después de recibir un email desesperado que me asustó de veras, le dije que me diera su móvil si necesitaba hablar con alguien: lo que escuché me preocupó tanto que, sin conocerla de nada, me planté en su casa, a ver si podía arreglar algo. Realmente temí que hiciera una locura contra ella misma.
Y aunque por mi cabeza nunca pasó “cobrarme” el favor, tampoco podía imaginar que, al final, la chica resultase ser lo peor que puede ser uno en este mundo: una desagradecida. Alguien que me utilizó cuando le hice falta, y luego me tiró a la basura. Alguien que, desde el momento en que decidí probar a dejar de interesarme por ella y sus problemas, no volvió a dar señales de vida. Ni para bien ni para mal. Nada.
Por cierto, me he acordado de A. hoy, pero no porque me haya llamado para felicitarme el año ni nada similar, sino porque, buscando otra bitácora, me tropecé de nuevo con la suya. Ahora es feliz. Se ha casado con alguien que conoció en Internet. Si me quedaba alguna duda, hora tengo totalmente claro que jamás volveré a tener noticias suyas.
Ya, supongo que ella es la más perjudicada. Que yo soy una persona buena, con sentimientos, que hice lo correcto y que es suficiente. Todo eso lo sé, pero no me consuela. Porque esa certeza de haber hecho lo que debía no logra quitarme la cara de tonta y la asquerosa sensación de imbecilidad que no me abandona después de tantos meses mirando al olmo y esperando el milagro. Después de tanto tiempo esperando con ingenuidad impropia de mis años y de mi historial de patinazos en cuestión de amistades, que me cayera una pera en la cabeza…

Admiro a esa gente que no se ahoga en un vaso de agua, sino que, en un gesto de gamberrismo y descaro, decide tirarse de cabeza al vaso, y sale al rato tan campante, tiritando, con los dedos arrugados, pero con una refrescante sonrisa de oreja a oreja.
Lástima que yo aprendiera a nadar tan tarde y me guste tan poco el agua...
Pero, ¿qué demonios?
Que sea lo que Dios quiera…
¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Splashhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!!!!!!!!!!!!!!!!!

Es curioso ver rodar cabezas, palparte por encima de los hombros y comprobar que no, que no es la tuya la que acaba de caer al cesto. La ley de la selva en el trabajo es implacable, y, a pesar de que la tensión se masca en el ambiente mucho tiempo antes, siempre sorprende y sobresalta el mandoble del verdugo sobre el pescuezo del compañero con la cimitarra del finiquito. Aunque a ti no te salpique ni una gota de la sangre del caído. Y a pesar de que a una nunca la han despedido, y aún con la pena fresca por el que se va, es reconfortante saber que, por una vez, el hecho de ser tan sólo una simple y vulgar tuerca del engranaje no es tan malo. Hoy me he alegrado, y de qué manera, de no ser un sofisticado sensor fabricado bajo pedido. Porque la funcionalidad y la humildad de la tuerca la hacen invisible, tan discreta como sólo lo son las piezas importantes, esas de las que apenas se repara en su existencia hasta que se rompen y dejan el mecanismo parado, haciendo que la producción cese y se empiece a medir el tiempo en dinero perdido. Tornillos que se venden en cualquier ferretería por cuatro perras, pero que, mientras funcionan, aunque sólo sea por pereza, por no desmontar el engranaje, siguen ahí, y ahí seguirán por los siglos de los siglos. Y, si se tercia y la máquina se desguaza, lo mismo hasta se pueden aprovechar para montar otro mecanismo. Es lo que tienen, son piezas sencillas, pero universales, y sirven para cualquier motor, lo mismo para el de una máquina de palomitas como para el de un montacargas. Tuercas duras, resistentes, baratas y polivalentes, que encajamos en cualquier sitio, donde nos quieran poner, y servimos para que la máquina nunca deje de funcionar.

Esas pequeñas cosas que consiguen que una tarde cualquiera se convierta en una tarde especial:

- Abrigarte bien.

- Coger la bicicleta.

- Redescubrir con asombro y gusto que tu lugar de residencia es llano, o sea, que no llegas con la lengua fuera y sudando tinta, sino que desplazarte hasta el centro del pueblo es un placer.

- Acercarte hasta el cajero y poder sacar dinero sin tener que mirar a todos lados. El banco está al lado del ayuntamiento, donde casi constantemente hay un coche de la policía municipal aparcado. No es ninguna garantía, pero, ¿qué demonios?, tranquiliza bastante.

- Comprarte un bollo. Y no tener remordimientos porque estés comiendo entre horas. No estás haciendo ninguna dieta. Ni la has hecho en tu vida, porque no te ha hecho falta. Un privilegio en los tiempos anoréxico-bulímicos que corren...

- Comértelo sentada en un banco, mientras ves a la gente pasar. Ver con regocijo que no vives en un pueblo muerto, porque aparte de los jubilados ociosos corretean niños de todas las edades, adolescentes con el tanga al aire a pesar del frío pelón que hace, y adultas normales y corrientes, como yo misma. Un poco de todo.

- Recordar de repente que no tienes ni una gota de vino para el pollo en salsa que quieres hacer esta noche para cenar. Y no es cuestión de abrir esa botella de Sauternes para guisar…

- Comprar una botella de vino blanco en el Día. A punto de comprar un tetrabrik, por eso de ir en la bici, pero aunque una no entiende mucho de vinos y alcoholes varios, hay límites de cutrismo que no deben ser superados.

- Asistir a una discusión de lo más divertida en la cola de la caja por un “quítate de ahí que yo estaba antes”. Es increíble la energía de ciertas ancianas cuando alguien más joven y con acento sudamericano insinúa la posibilidad de colarse.

- Coger de nuevo la bici que dejaste atada a un banco, mientras una niña descubre con asombro el milagro de la combinación de un candado de números.

- Dejar la bici en el garaje.

- Subir a casa.

- Sentirte afortunada y dar gracias por ello.

- Poder contarlo.

El caso es que son personas de lo más normal, ni su aspecto ni su actitud llevarían a pensar que esconden un secreto vergonzoso. Es más, vomitarían si encontraran una mosca en la taza del café con leche del desayuno, y sin dudarlo pedirían el libro de reclamaciones al encargado del bar. Mirarían con desdén y cara de asco al mendigo maloliente que les aborda en el metro suplicándoles una ayuda para su hijo enfermo. Seguramente que no soportarían ver a su vecino de atasco comiéndose los mocos después de una intensa y concienzuda prospección petrolífera. Se duchan cada día, y no les huele el sobaquillo, nunca, ni cuando sudan, ya se cuidan ellos de oler bien y saber mejor... Sus casas son lugares cómodos, ordenados y limpios, y jamás se les ocurriría tirar una colilla al parquet del salón y pisarla, o pelar una naranja y dejar las mondas durante días sobre la mesa de la cocina. O sea, nada fuera de lo lógico y natural, del sentido común más vulgar y corriente.
Sin embargo, no les avergüenza tirar paquetes de tabaco vacíos por la ventana de sus coches. Ni la lata de cerveza en la cima de la montaña, total, bien merecida se tenían esa birrita después de sudar la gota gorda para luego terminar bajando… Se comerán su bolsa de patatas fritas y el gesto de arrugarla y metérsela en el bolsillo será demasiado para su pequeño cerebro, así que la dejarán tirada allí mismo, entre las jaras, sin el menor sonrojo. O se sonarán los mocos, y tirarán el pañuelo de papel entre las piñas y las retamas, para eso son kleenex, ¿no?, la misma palabra lo dice, usar y tirar, donde te pille, claro...
Son los guarros de puertas afuera. Donde nadie les puede identificar. Escondiéndose en el anonimato.
Unos cobardes.

Dicen que uno de los precios de la libertad es la soledad.

A mi no me gusta sentirme sola, pero creo que llevo aún peor sentir que no soy libre… Y ojo, que digo “sentirme”, y no “ser”. Lo que a mí me hace falta es la sensación de poder hacer lo que quiera, y aunque luego no utilice mi libertad para nada, necesito pensar que las posibilidades están ahí, a mi alcance. Es como el que no necesita tener coche, porque vive en un sitio con todo muy a mano, y siempre va andando a todas partes, pero no puede evitar sentirse mucho más tranquilo con uno en el garaje, por lo que pueda pasar…

Como el dueño del coche del garaje, quizás yo sólo saque a pasear mi libertad en momentos puntuales, para hacerle la ITV y para que no se termine cayendo a trozos… Pero, igual que a él, me reconforta saber que mi independencia está ahí. Aunque sea una libertad limitada, pero es la mía, y está pagada y bien pagada.

Porque creo que, después de todo, la necesito mucho más de lo que necesito a la gente.

Esta semana que aún no ha terminado ha sido una semana salpicada de días rojos. Sí, sí, rojos. Encarnados, como se decía antiguamente, cuando no se podía decir “rojo”. Carmesíes, como la grana, de un rojo vivo y sangrante. Porque los días rojos existen, ya lo creo, y de vez en cuando se imponen por sus fueros, a pesar de que tú te opongas, y los esquives. Y no porque lo diga yo, que ya lo escribió primero Truman Capote, y luego se lo dijo Audrey Hepburn a George Peppard en “Desayuno con Diamantes”. Igual que hay días grises, y no precisamente porque esté nublado, sino porque son días en los que no pasa nada, ni bueno ni malo, sino todo lo contrario. Los anglosajones tienen sus días azules, los de tristeza pura y dura, rebosantes de melancolía y marcados por esa angustia vital que roza la depresión. Los días negros está claro como son: sombríos, tenebrosos, capaces de tiznar con su negritud todo lo que acontece en ellos, sin que nada ni nadie que se encuentre encerrado en esas horas se salve de sentirse contagiado por la desesperación. También están los días rosas, en los que parece que todo te sonríe, y una alegría irracional hace que por más que busques motivos para tanta euforia no los encuentres, pero te da igual, porque sabes que es una sensación demasiado buena y breve para andar buscándole tres pies al gato en lugar de limitarte a disfrutarla, sin más.
La Hepburn decía que los rojos eran días en los que tienes miedo, y no sabes por qué. Yo añadiría algo más. Los días rojos son días raros, afortunadamente poco frecuentes, al menos para mí, pero son mucho peores que los días grises, tan anodinos ellos, o incluso más desagradables que los negros, en los que, al menos racionalmente puedes analizar el por qué de tu pesimismo, llegar a la raíz de tu angustia. Los días rojos están llenos de furia incontrolada, de reacciones exageradas ante pequeños incidentes, de un no saber qué demonios te ocurre, por qué ese malestar contigo misma y esa susceptibilidad ante el mundo. En un día rojo puedes sentirte vulnerable hasta sentir escalofríos cinco minutos después de haber sacado sin motivo tu lado más borde y desagradable ante una estupefacta víctima que pasaba por ahí y a la que le ha pillado el chubasco sin comerlo ni beberlo. Durante esas jornadas teñidas de bermellón desearías estar lejos de ti misma durante una buena temporada, cerrar los ojos y que, cuando volvieras a abrirlos, te encontraras de nuevo con esa persona que a veces eres y que tan bien te cae, capaz de mirar y ver la vida tal y como es, con luces y sombras, sin asustarte de los tonos oscuros y sin necesidad de guiñar los ojos ante la luminosidad de los rayos del sol.
La única ventaja de los días rojos es que son eso, días. Rachas. Siempre terminan, y el alivio es considerable, tan grande que logra que olvides de un plumazo buena parte del malestar que te hicieron sentir. Por eso cada nuevo día rojo siempre parece el peor de todos, porque ya no te acuerdas del anterior.
¿El inconveniente? Que llegan sin avisar. Te pillan desprevenido, con la guardia baja, y te zarandean sin piedad, hasta dejarte exhausto, dejándote la duda de si quizás, no tan en el fondo, seas más esa persona tan insoportable, ésa que llega a darte un poco de miedo y un mucho de repelús, y no la otra, la del resto del tiempo, la que suele mantener a raya al bicharraco que resurge de vez en cuando.
Y lo peor de los días rojos: que no hay manera de exorcizarlos. Siempre, siempre, vuelven.

En casa de mis padres nunca hubo discos. Una radio, y sólo de AM, con la ruleta de las emisoras tan floja que para poder escuchar algo había que sujetarla con un mondadientes. A mis padres les parecía una pérdida de tiempo y dinero comprarte un disco que podías escuchar en la radio, así que lo máximo que conseguí fue un radiocasette con el que me grababa de los 40 principales lo que buenamente podía, siempre a medias, claro, y con los inevitables gritos de "Será tres, dos o unooooo..." de Joaquín Luqui. Afortunadamente, la música no me llamaba especialmente la atención, solamente intentaba estar un poco al día para poder hablar con algo de conocimiento del tema con la gente de clase. Intentos desesperados de integración. Bastante inútiles, por cierto. Porque cuando mis compañeras babeaban sobre las páginas del Superpop, yo descubría “Fortunata y Jacinta”, por ejemplo. Supongo que se me notaba demasiado que me importaba poco lo guapo que era Miguel Bosé y menos aún conocer los trucos para saber besar bien. A mi me bastaba con imaginarme a Juanito Santacruz desnudando con ojos febriles a Fortunata en su mente mientras besaba protocolariamente a Jacinta…
Supongo que, después de todo, debería estar agradecida a mis padres por conservar durante tantos años la radio del palillo…

Me gustan los animales, aunque no tengo ninguno. Nunca he tenido perro, ni gato, sólo he podido disfrutar de los ajenos cuando visitaba a mi abuela o a mis tíos, pero claro, no es lo mismo. A lo máximo que he llegado ha sido a tener una liebre, un pato, un par de pollitos de esos de colores, y varios gorriones, que apenas duraron unas semanas en casa, así que supongo que eso no cuenta a la hora de hablar de haber tenido mascotas. Antes no tenía espacio en casa, y ahora que tengo algo más de sitio no me apetece condenar a un animal a estar solo casi todo el día entre cuatro paredes, así que sigo sin tener bichos. Supongo que eso me invalida para opinar como opino, o al menos eso pensarán muchos dueños de animales, aunque creo que si no tengo ninguno es precisamente porque me da pena no poder darle una vida de espacio libre y compañía humana como sería justo. En fin, todo esto viene a cuento por la tendencia que vengo observando en los últimos tiempos en demasiados dueños de mascotas de tratarles con excesivo mimo, ya no como si fueran personas, sino mejor que a ciertas personas. Gente que se desvive y se gasta dinerales en veterinarios cuando es preciso, que viven las enfermedades de sus animales como si fueran las de personas de su familia. No digo que los bichos no den satisfacciones, y compañía, y cariño, pero no dejan de ser eso: animales. A los que hay que tratar bien, y querer, y llevarles al médico si se ponen malos, claro, pero dentro de unos límites. Incluso llorarles cuando mueren, por supuesto. Pero con un duelo acorde con lo que son, no equiparándolos a los seres humanos.
Vamos, que cada uno hará lo que quiera, pero a mí me gustaban más esos perros y gatos independientes y vividores que hace unos años se veían deambular por el pueblo, solitarios, buscando pelea o ligándose una perrilla, y volviendo luego a casa, a comer y a dormir, o simplemente a pasar un rato jugueteando con los niños de la casa. Animalitos a los que sus dueños apenas prestaban atención, pero a los que en el fondo querían un montón, y les curaban o les llevaban al veterinario cuando volvían con un trozo menos de oreja después de alguna refriega. Amos a los que no les temblaba el pulso si hacía falta “despenarlos” (hasta la expresión es significativa y está llena de cariño dentro de lo dura que es; “quitarles las penas”, en lugar de prolongarles la agonía con interminables operaciones, como se hace ahora…). Y es que de tratar a los animales como animales, literalmente y ,en muchos casos, en el peor sentido de la expresión, se ha pasado al otro extremo: a sentarles a la mesa con su plato de pienso junto a los humanos de la casa, o a llevarles flores el día de todos los santos al cementerio canino. Y lo siento, pero no deja de parecerme una actitud exagerada, tan desequilibrada con lo que un animal es y cómo merece ser tratado, que dice bien poco de las personas que la adoptan. ¿Amantes de los animales? Seguramente. Pero ¿automáticamente por eso mejores personas, por el hecho de andar rebosantes de un amor tan desproporcionado como ridículo por esos bichejos, dulces, tiernos y merecedores de atención, sí, pero animales al fin y al cabo? Pues no, no creo que sean mejores que los demás. Muy al contrario: sospecho que son gente que ha perdido el norte a la hora de manejar y encauzar sus afectos.
Porque muchos de esos perros vestidos con jerseys de Burberry's de cuello alto en invierno a los que sus amas llaman "mi bebé", o algún que otro gato con suero en la UVI de alguna clínica veterinaria seguro que están acordándose de toda la parentela de sus dueños por no dejarles ser lo que son: animales con derecho a ser tratados como animales, a vivir y a morir como animales, no como personas.
Con cariño, por supuesto. Y mucho, porque suelen ser seres que lo dan todo a cambio de muy poco. Pero con dignidad. Dignidad animal.

La primera vez que la vi pensé: “Esta chica se ha disfrazado de secretaria.” Todos los tópicos más rancios sobre la imagen de lo que ahora llaman "asistente" encerrados en un metro y medio de persona: tacones de vértigo, falda estrecha por encima de la rodilla, melena larga alisada con cepillo, maquillaje recargadísimo, cualquier cosa, menos natural. Un espanto. No por nada, porque la chica no va vestida con mal gusto, ni mal pintada, ni mucho menos. El horror es por la certeza de que toda esa parafernalia es innecesaria y no ayuda precisamente a favorecerla. Pude comprobarlo no hace mucho. No sé qué demonios le habría pasado para prescindir de las atalayas que tiene por zapatos, quizás se durmió y se vistió a toda prisa con lo primero que encontró. Pero el caso es que se presentó en la oficina con un pantalón vaquero, unos zapatos planos, el pelo suelto y alborotado, aún algo húmedo, y con la cara lavada. ¿Diez años menos? No, unos quince. Porque parecía una niña. Una lolita de lo más apetecible. Todo lo contrario que el resto del tiempo, cuando esos morros perfilados (¡Ays! Ese color carne brillantemente pringoso... Qué grima, por Dios...) y ese cutis empolvado marcando las cuatro arrugas que ya tiene, consiguen todo lo contrario de lo que se proponen: avejentar y avinagrar un físico que no necesita aderezos para resultar de lo más refrescante al natural.

Nadie se lo dirá, yo menos que nadie, y seguirá viniendo cada día pintada como una puerta, tambaleándose sobre los tacones y aparentando los años que tiene, pero que en realidad no representa. Quizás lo necesite para sentirse segura. Es una posibilidad. Pero a mi, la verdad, me cae mejor la casi adolescente enfundada en unos vaqueros, más bajita que de costumbre, con una expresión menos crispada, menos estirada y perdonavidas, y mucho más accesible.

El hábito, en este caso, hace al monje. Sin lugar a dudas.

Buceando en el pasado, en las profundidades donde yace lo que muchos llaman “la mejor época de la vida”, hundida y resquebrajada por el salitre del tiempo como los galeones de las Indias, me he quedado atrapada durante un buen rato en las algas de los malos recuerdos de mis primeros años. He visto la morena de la indiferencia, gorda e impasible, pasar por mi lado, sin verme. Y he respirado aliviada, pero sólo un instante, porque enseguida me asusté al ver un banco de las pirañas del desprecio acercarse a mí a velocidad de vértigo, pero yo fui más rápida y me oculté tras una de las rocas de la soledad que tan mala fama tienen, pero que, en aquellos lejanos años, tantas veces me salvaron de las heridas producidas por un mundo demasiado hostil. Cuando creí que nada podía ya sorprenderme, una medusa gelatinosa y pesada se empeñó en pegarse a mi pierna, pero de una patada la mandé lejos, con un ímpetu desconocido para mí, y que tantas veces hubiera necesitado cuando las ronchas del saberme diferente me desfiguraban y me aislaban aún más. Me dio mucho miedo ver al pulpo de la cobardía, intentando abrazarme e impedir que me moviera, pero enseguida pude ver que sus ventosas ya no podían hacer nada contra mí, porque recordé que ahora tengo el traje de neopreno indestructible de tu amor. Y mis pulmones, que antes se bloqueaban cuando se llenaban del aire insano del miedo, ahora son capaces de aguantarlo casi todo.
Así que, después de darme una vuelta por todo aquello que fui, comprobé que si puedo mirarlo de frente sin que me falte el oxígeno y sin que me fallen las piernas para volver a impulsarme hacia la superficie del hoy es porque sé que ya no estoy sola, que ahora tú estás ahí fuera, esperándome, sonriente y atento, con una toalla enorme para secarme. Y para evitar que las gotitas del pasado que se empeñen en quedarse pegadas a mi flequillo hagan que me enfríe…

No siempre se recoge lo que se siembra. A veces uno planta con toda la ilusión del mundo, y la cosa no prospera: el suelo no es el adecuado, hay demasiados pájaros hambrientos en la zona, falta agua o sobra sol. Otras, el viento caprichosamente arrastra hasta nuestra jardinera unas semillas que se encuentran a gusto y crecen como si no pudiera ser de otra manera, como si ése y no otro fuese su sitio y su destino. En ambos casos, la naturaleza sorprende. Las menos veces para bien, pero así es la vida, y el agricultor, fatalista por definición, no se extraña de que la flauta suene tan pocas veces, por eso siempre se pone en lo peor. Para alegrarse si se equivoca. Y para sufrir menos, cuando pasa lo que teme.

Con las personas es un poco lo mismo. No hace falta sembrar vientos para recoger tempestades. Ojalá. Si esa lógica funcionara así de aplastantemente, las cosas serían sencillas. Previsibles, quizás hasta un poco aburridas, pero simples.

No me llevo bien con las mujeres. Con algunas sí, claro, pero muy pocas veces he logrado crear con ellas ese clima de complicidad y entendimiento al que sí que me resulta fácil llegar con los hombres. No sé por qué, pero con los miembros del género masculino todo es sencillo. No me siento mirada como una competidora, ni como una enemiga potencial, mis actitudes no se malinterpretan como maniobras para pisar a nadie, ni para resultar mejor que los demás. Me resulta imposible seguir esa lógica femenina retorcida y carroñera con el propio género. Me cansa terriblemente. Supongo que mi lado masculino ahí se impone, y no puedo, sencillamente no puedo pensar tan allá, ni ver tanto.
Nunca he tenido una mejor amiga. De esas que son casi como hermanas, que siempre están ahí, para irse de compras contigo o para irte a su casa a ver fotos de cuando eráis pequeñas, y a las que confías tus pensamientos más secretos sin dudarlo, porque hablar con ellas es como hablar contigo misma. Yo no conozco eso. Sé que existe, porque me lo han contado. Y lo he visto en las películas. Y sí, lo he envidiado toda mi vida. Pero me temo que me quedaré sin catarlo...
No desespero, ni sufro por ello, quizás porque se me pasó ya el tiempo de exasperarme por algo así, quizás porque tampoco espero ya… Me da un poco de pena, eso sí, pero como de tantas otras cosas que sé que no son ni serán nunca para mí.

Mirando, apoyada en el quicio de la ventana, como les pasa a los demás…

Mi madre siempre ha dicho que odia que la digan que se parece a su madre.

Yo ni siquiera soporto pensar en la posibilidad de terminar pareciéndome a la mía.

Hay veces en las que me alegro infinitamente de no tener una hija.

Cuando surge la chispa es evidente: el cielo se abre, hay rayos y centellas y todo encaja. Y no le buscamos razones, porque total, no hace falta, simplemente nos dejamos llevar, y disfrutamos, mientras dura. Y no hablo sólo de las historias amorosas. También ocurre con las amistades, con los compañeros de clase, o de trabajo, hasta con la familia. Nadie sabe (o al menos, lo que sobre el papel funciona una vez, no tiene por qué hacerlo una segunda…) por qué unas veces hay química y otras no. Yo, al menos, no lo sé. Sé que hay ocasiones en que me bastan un “hola” y un cruce de miradas para saber que ahí habrá algo. Otras veces no necesito más que un beso de cortesía, de esos dados al aire rozando levemente las mejillas, para saber que ahí no hay nada que rascar, por mucho que parezca que sí. Y el caso es que tampoco me importa mucho encontrarle la razón a uno u otro caso. Sé cuando ocurre y cuando no. Y me basta.

Entonces ¿por qué cuando el fuego se apaga es necesaria tanta explicación? ¿No es admisible que igual que de la nada surgió un todo, ese todo se quede en nada? Reivindico ese derecho, el de desenamorarse sin que haya una infidelidad de por medio, ni una traición, ni una mala pasada, ni siquiera que aparezcan el aburrimiento o la rutina. Defiendo la posibilidad de que una amistad termine muriendo por si sola, el riesgo de que en la conexión afectiva entre dos personas termine produciéndose un cortocircuito sin que sea necesario hacer un informe que aclare las causas del siniestro. No siempre es fácil, pero creo poder encajar un final sin razones empíricamente demostrables, igual que acepto con los ojos cerrados uno de esos comienzos mágicos, ilógicos, sin pies ni cabeza, pero con todas las promesas del mundo encerradas en una sonrisa. Por eso quiero poder irme sin necesidad de hacer un memo sobre el asunto, sencillamente porque en muchos casos no hay nada que explicar.

Parte de saber querer a alguien es precisamente eso: estar preparado para aceptar lo que venga, sea lo que sea, ya se trate de un hola sin condiciones o de un posible adiós sin explicaciones. Lo cual no es precisamente fácil. Pero ¿alguien dijo que el mundo de los afectos lo fuera?

Tengo dos piernas a las que a menudo no presto demasiada atención, quizás porque siempre han estado ahí, haciendo lo que debían, y esa eficiencia siempre termina volviéndose contra el eficiente, por muy injusto que sea. Mis piernas, por lo general, se limitan a acercarme hasta el coche, y una vez dentro a pisar el freno y el embrague de la forma adecuada para llevarme hasta mi destino sin problemas. Luego, me llevan hasta una silla y allí se cruzan y se descruzan innumerables veces, hartas de tanta inmovilidad, hasta que llega la hora de la comida, y, a los postres, después del café, las dejo estirarse un poco, dando una vuelta por las calles cercanas a la oficina. Y hala, otra vez debajo de la mesa, hasta coger de nuevo el coche y dejarme en casa, donde las pobres, hartas de no haber hecho nada en todo el día pero solidarias con el resto de un cuerpo cansado y una mente bajo mínimos, terminan el día extendidas sobre el sofá, hasta el momento de irse a la cama.
Pero hay días en que mis dos piernas pueden demostrar que sirven para mucho más que sujetar un cuerpo, o pisar pedales. No serán muy fuertes, ni muy rápidas, pero pueden llevarme a lugares donde no se podría llegar de otra manera. Aunque luego tengan agujetas, o me duela la rodilla, gracias a ellas puedo subir montañas por caminos estrechos y llenos de piedras, ver flores que nunca encontraré en una floristería y llegar agotada, pero feliz, a una cumbre, que quizás no sea muy impresionante por lo alta, pero cumbre es al fin y al cabo. Y allí, sentada en el suelo, a la sombra de unos pinos, comerme una tortilla de patatas, unos filetes empanados y una lata de melocotón en almíbar, el menú campero y excursionista por excelencia, y que, sin duda alguna, no sé si por la temperatura de la mochila, o por el aroma de las jaras o el picorcillo del sol, siempre sabrá mejor que el plato más exquisito del restaurante más refinado a la luz de las velas más rematadamente románticas.
Adoro a mis piernas no por lo que son capaces de hacer, que no es gran cosa, sino por todo lo que aún me tienen que mostrar si yo las dejo.

La llama de las velas con aroma de vainilla se apagó hace horas. Sin embargo, la atmósfera sigue conservando una extraña calidez. Quizás sea por culpa de ese jersey de ochos, que aún conserva una tibieza fragante, sobre el que descansa el libro, esa varita mágica capaz de desatar las emociones más turbulentas y, a la vez, más reconfortantes. Aún revolotean las palabras, el eco de una voz que no, no se perdió en el vacío. Las palabras… Tan etéreas, y sin embargo tan poderosas. Hilos de seda, invisibles al ojo humano, que igual que tienden puentes hacia el infinito podrían destruirse de un manotazo… Lazos que atan sin apretar, o que estrangulan, lentamente, quitándote la vida a golpe de sílabas…
Palabras que acarician. Como unos dedos suaves, deslizándose sobre la piel, tibia, palpitante… demostrándote una vez más que, a pesar de todo, la vida nunca deja de sorprenderte.
Afortunadamente.

Desde mi ventana se ve el horizonte. La vista se pierde hasta que se tropieza con las montañas, a lo lejos, pero no es un choque brusco, ni mucho menos claustrofóbico. Es como esos paisajes que pintaba cuando era pequeña, con la casa en primer plano, con su árbol y el columpio al lado, y siempre, a lo lejos, las montañas nevadas en la puntita. No me gusta tener las montañas encima, demasiado cerca, ahí si que me agobian, pero verlas a lo lejos, como algo lejano, pero alcanzable si decides ponerte a andar, es algo que me gusta, que necesito ver cuando mis ojos miran por la ventana.

Hubo un tiempo en el que desde mi ventana se veía un muro. Una tapia que no me dejaba ver lo que había al otro lado, ni siquiera si había algo. Sin embargo, yo siempre pensé que la auténtica vida, la que merecía la pena de verdad, empezaba más allá de esa pared, y me negaba a aceptar que mi sitio estaba del otro lado. No tenía ni idea de qué podía estar perdiéndome, pero fuera lo que fuera, tenía que ser mucho mejor que lo estaba condenada a aceptar. Me costó derribarlo, pero lo hice, porque no podía no intentarlo al menos. Conseguí que mis ojos se acostumbraran con facilidad a no encontrar obstáculos en su camino, a fijar la vista en el punto más lejano, siempre un poco más allá. Y aunque lo imaginaba, ahora sé con total seguridad que no podría volver a vivir con una pared delante. Ni siquiera soporto la compañía de la gente que aún vive y vivirá siempre de ese modo, sin plantearse ni siquiera la posibilidad de un cambio. No, no puedo. Me ahogo. Me muero.

Porque hay caminos que, una vez que se empiezan a andar, sólo ofrecen una posibilidad: la de seguir adelante.

El horizonte.

No sé qué será lo siguiente, quizás ponerme a escuchar a doña Concha Piquer, cuando jamás de los jamases me ha gustado la cosa flamenca. Pero quién sabe... Tampoco nunca me había dado por escuchar boleros, y ahora Antonio Machín o Los Panchos me acompañan de vez en cuando camino del trabajo. Un día, al ir a pagar en la sección de lencería de unos grandes almacenes, me metieron un CD de regalo en la bolsa, y cuando llegué a casa me encontré con él. Una selección de boleros de toda la vida. Jamás me habría comprado un disco semejante, pero ya que lo tenía ¿qué podía hacer, si no escucharlo? Eso hice, y confieso que me abrió las puertas a un mundo en el que el sentimiento y la emoción mandan. Un universo al que, cada vez más, me gusta volver. Un atmósfera en la que la razón está de más y lo que importan son los impulsos, la pasión, todas esas cosas inexplicables que tampoco piden ser explicadas, sino vividas. Dolorosa o gloriosamente sentidas. Aunque poco importa eso, porque el poder de los boleros, en gran medida, está en ser capaz de encontrar más gloria en el dolor que en la dicha...
Mi madre siempre canturreaba boleros cuando yo era muy pequeña, mientras yo dibujaba o jugaba con la Nancy, y aunque pareciera que yo estaba en la luna, la cosa subliminal, como que funcionó… No sé, supongo que son boleros clásicos por algo, que han permanecido a pesar de los pesares y del paso de los años por algún motivo oculto que se queda anclado en el subconsciente y en algún momento de la vida salta y te hace imposible quitarte de la cabeza cosas como “si tu me dices "ven", lo dejo todo..." Y terminas escuchando atentamente a esos señores diciendo ternezas, e incluso te emocionas, y dices “Jo, qué bonito es el amor cuando es bonito”, y te alegras de poder suscribir algunas de esas cosas tan dulces, aunque en otras ocasiones das gracias por tener tu currículum aún limpio de semejantes tragedias de ingratitud, traición y desamor.
Y es que ¿quién se resiste cuando le susurran al oído cosas como “Bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez”? ¿Y si alguien confiesa abiertamente “Tengo una debilidad, no se puede ocultar, lo llevo en la mirada”? ¿Y si te reconocen algo como que “Toda una vida me estaría contigo, no me importa en que forma, ni dónde ni cómo, pero junto a ti…”
Uff... Yo, desde luego, no.

Cuando veo cómo se cierra la puerta y te marchas sin mí, me gustaría ser capaz de hacerme pequeña, poder menguar hasta ser tan diminuta como para pegar un salto y meterme en tu bolsillo, y quedarme ahí, calentita, junto a tu muslo, viajando a tu lado durante todo el día, yendo donde tú vas, y viendo por ese agujerito de la tela en el que se te clavó la punta del bolígrafo lo mismo que tú ves.
Y que luego, por la noche, cuando volvieras de nuevo a casa, mientras te quitas la chaqueta, yo pudiera dar otro salto y salir de tu bolsillo, como si tal cosa. Pero como sería tan chiquitina, ni me verías hasta que entraras en el salón, y ahí estaría yo, ya con mi tamaño normal, como si no hubiese estado haciendo otra cosa que esperarte. Pero sin haberme separado de ti ni un solo instante.
Y tú, ignorante de mi excursión, me contarías tu día con mil y un detalles que yo ya conozco más que de sobra. Y yo comprobaría lo que ya sospechaba: que sí, que las cosas se ven igual cuando tú me las cuentas que cuando las contemplo desde tu bolsillo.

Ultimamente me sorprendo dibujando margaritas mientras hablo por teléfono. Campos cuadriculados sembrados de flores, grandes, pequeñas, con muchos pétalos o de sólo cuatro mal puestos. Con el tallo largo, larguísimo, y dos hojitas verdes. En ocasiones, mezclo las margaritas con nubes, esponjosas y redondas, enormes. Ha habido otras temporadas en que lo que garabateaba eran flechas. Montones de ellas indicando un camino que siempre terminaba justo en el punto de partida, junto a la primera, cerrando un círculo del que ¿quizás no pudiera escapar, por más indicaciones que hiciera? Durante una época me dio por dibujar figuras geométricas, cubos, cilindros, pirámides y cosas así.
Supongo que todo eso debe tener un sentido último que se me escapa. ¿Las margaritas indican que tengo que hacerme ya las pruebas de la alergia, o quizás que estoy en un momento hippy y "flower power" de mi vida? ¿Las nubes que ando últimamente demasiado en las idem y debería pegarme más al suelo, a la realidad? ¿O quizás se limitan a anunciar tormenta, o al menos que el cielo no está totalmente despejado y el sol tiene alguna que otra dificultad para brillar? ¿Las flechas intentan llevarme a alguna parte porque ando medio perdida? Con las pirámides, los cubos y los dodecaedros me rindo. A lo mejor expresan una perfección, un "es lo que es y no puede ser de otra manera" que, alguna que otra vez, no estaría mal encontrar asi, rotunda e inequívoca, en situaciones de la vida demasiado ambiguas y propensas a malentendidos.

Es una experiencia curiosa, quizás por lo poco frecuente, la de asistir al momento en que decepcionas a alguien. Ver su desconcierto cuando él cree que lo disimula perfectamente, y ser testigo directo del instante en que la imagen favorable que tenía de ti cae, lenta, pero inevitablemente, como a cámara lenta, y se hace añicos a sus pies. No suele estar uno siempre delante para notar las esquirlas del desencanto ajeno clavarse en tus pantorrillas, por mucho que te cuenten no es lo mismo asistir al momento en que el alma del otro se le cae a los pies. Imaginarlo no tiene nada que ver con el instante en que sientes verdaderos escalofríos al ver cómo el hielo se instala de golpe y sin posibilidad de marcha atrás en un corazón que, hasta hacía un rato, era cálido y cercano al tuyo.
Pero si ver cómo alguien que te apreciaba medianamente de pronto te detesta, impresiona, y duele, y te desbarata tu propio concepto de ti misma y de la imagen que proyectas a los demás, asistir a lo contrario es también un momento de esos que te hacen preguntarte, aturdida y confusa, quién demonios eres y qué es lo que estás dejando ver de ti a los otros. Ver el proceso de tu subida desde el concepto más bajo hasta la cumbre, como un espectador, cuando en realidad estás dentro, al estilo de los sueños, donde al mismo tiempo actúas y te ves en acción. Notar el primer latigazo de indiferencia educada, y ver cómo, poco a poco, sin que el otro se dé ni cuenta, justo lo que separaba es el pegamento que termina uniendo. Ver cómo las palabras van allanando el camino. Apreciar los pequeños gestos, los menos pequeños. Asistir con la sonrisa del que sabe lo que va a pasar, y observar cómo los nudos se deshacen, pero los lazos se estrechan. Y el camino tortuoso ya no es un obstáculo, sino lo verdaderamente interesante. Constatar que, una vez más, precisamente por no haberte movido del sitio, has avanzado.
En los últimos tiempos he vivido los dos extremos: por un lado, conseguir el odio de alguien que en un momento dado tuvo un buen concepto de mí, y por otro, terminar cayendo muy bien a otra persona que, en un primer momento, me miró con descarada indiferencia, casi sin verme. Les he sorprendido a ambos. Y lo que he sacado en claro de las dos experiencias es que si no me hubiese dolido tanto la primera, creo que no hubiese sido capaz de disfrutar y apreciar en su justa medida el valor de la segunda.

No sé lo que me traerá este año que hoy empieza. Tampoco tengo mucha curiosidad así, a bote pronto, porque me gusta que me sorprendan, y saberlo todo ahora le quitaría mucha gracia al asunto… Supongo que habrá un poco de todo, como siempre: algunas cosas buenas, otras menos buenas, quizás alguna gloriosa, y quién sabe si alguna terrible… Tampoco tengo claro lo que deseo para los próximos meses; no hay nada especial, quizás porque lo tengo todo o porque necesito poco. Creo que más bien esto último: ando muy minimalista en los últimos tiempos.

Lo que tengo ya no claro, sino cristalino, es lo que no quiero. No quiero que me domine el desánimo si no es por una razón realmente poderosa y sólo cuando ya haya agotado todos los medios para luchar contra ella. No quiero contagiarme del pesimismo, ni del derrotismo, ni del sentimiento de culpa, ni de la resignación amarga ante lo inevitable. No quiero ser tan permeable a lo negativo como hasta ahora. No puedo permitírmelo, porque me duele demasiado, y no quiero sufrir más que lo estrictamente imprescindible e inexcusable. No quiero pasar de largo ante oportunidades que sólo aparecen una vez, y no quiero lamentarme después. No quiero descolgar el teléfono contenta y animada, y colgarlo triste y descorazonada. Y menos aún que ese estado de ánimo me dure días. No. No quiero. Ya no.

Supongo que no tengo todas las papeletas para ser feliz este año, porque nadie las tiene, pero lo que sí que sé es en qué sorteos quiero participar. Y no voy a sentirme obligada a comprar un billete de lotería porque sea lo que se espera de mí, o porque toque, o porque todo el mundo lo haga también. Si lo hago, será porque yo lo decido. Porque quiero.

Porque en 2007 cumpliré 40 años, y creo que ya es momento de sentirme dueña y señora de mi vida.