Atravesamos el desierto de la adversidad con la cantimplora llena de ilusión, un ímpetu atrevido e incluso algo atolondrado del que no tiene demasiado que perder y sí mucho que ganar. Una energía que nace en nosotros mismos y de nosotros se alimenta, llevándonos lejos, pero no siempre. Y esa incertidumbre quizás sea más difícil de soportar que la propia desgracia. Porque esa misma fuerza vital que nos puede salvar también puede terminar agonizando ante nuestros ojos, poco a poco, pero sin vuelta de hoja, evaporándose paulatinamente a medida que avanzamos, ahogada la fuerza gravitatoria de la realidad posible.

Somos las ilusiones que murieron en el camino. Y los proyectos que nos mueven a abrir los ojos cada mañana.

Una de las mejores cosas de la vida es la posibilidad de hacer cosas por primera vez. Sólo se vive una vez, es un hecho, no hay opción a un ensayo general, pero también es cierto que dentro de una vida se pueden repetir hasta la demencia las mismas cosas. Morir de aburrimiento viviendo hasta el infinito el mismo día de la marmota. Pero también, incluso los más resignados a ser engullidos por la monotonía rutinaria, experimentan de vez en cuando el vértigo delicioso de las primeras veces. El paso del tiempo suele matar estadísticamente la cantidad de cosas posibles de hacer por primera vez, quizás por eso es tan gratificante seguir encontrando vivencias que experimentar cuanto más mayor te haces...

Me gusta pensar que aún me quedan muchas primeras veces. Porque necesito seguir sintiendo el cosquilleo de la incertidumbre que supone no saber qué hacer ni cómo afrontar algo. Ese miedo sano, el del reto, el de lo desconocido que atrae, pero no atenaza ni atemoriza. Ese temor que te mantiene vivo, porque te salva, te agudiza el ingenio

Sin embargo, el pasado fin de semana viví una primera vez que, francamente, podía haberme ahorrado. Por primera vez sentí vez la náusea de sentirme robada. Una desazón muy distinta a la que se siente ante un reto difícil o ante lo incontrolable por desconocido. Nunca me han atracado, pero dudo que sentir el frío de una navaja en el cuello o encontrarte la casa patas arriba supere el vacío en el estómago que sentí al ver cómo alguien se apropiaba de mis palabras, de mis sensaciones, de mis pensamientos. De parte de mí. Supongo que debe ser algo muy parecido a lo que se siente cuando entras en casa y notas que han estado tocando tus cosas, probándose tu ropa y comiéndose el jamón del frigorífico.
También he sentido por primera vez la vulnerabilidad de la víctima ante la ira del atracador contrariado.

Y me ha dado más miedo aún…

Es una sensación que los optimistas achacan a los excesivamente lúcidos, acusándoles incluso de atraerla cuando aún no ha aparecido, por pensar en negativo, por cenizos. Pero para esos mal llamados pesimistas es algo así como una premonición, un don que no hemos pedido, pero que alguien nos ha dado, y que ahí está, esperando a revelarse cuando que las cosas van bien, cuando todo parece ser perfecto, y hacer saltar la alarma. Sí, ya se sabe, y ése es a veces nuestro único consuelo, que cuando todo va fatal siempre se termina por tocar fondo, coger impulso y subir. Pero ¿y cuando todo encaja? Pues igual, inevitablemente aparecerá algo que seguro que desbarata el puzzle, un hecho que volverá a mezclar las piezas en la caja, quizás ése y no otro sea el estado natural de ese rompecabezas que es la vida... Y no es por pensar mal para acertar, ni por la incapacidad de saborear a placer un buen momento. Qué va. Pero es que casi matemáticamente, justo cuando empiezas a relajarte, a pensar que sí, que esta vez todo está en su sitio, aparecerá algo que romperá la armonía. Algo que te recuerda lo frágil que sois tú y tu felicidad. Una circunstancia que con una colleja bien dada a traición y una risita irónica, te demostrará que nada es eterno, y menos aún lo bueno. Porque con la dicha pasa igual que con el infortunio: cuando tocan mal dadas parece que siempre se puede caer más y más bajo, aunque al final siempre haya un fondo que termina parando la caída. Pues la felicidad también tiene techo, aunque a veces nos parezca que el espacio hacia arriba es infinito. Ni mucho menos.
¿Pesimismo? Es posible. Mi madre lo resumiría diciendo que no hay mal ni bien que cien años dure, ni cuerpo que lo resista. Yo creo que el bien lo resistiría cualquiera, cien años o doscientos, es fácil encariñarse con las vacas gordas. Pero parece que la vida no quiere arriesgarse a que nos empachemos de demasiada miel en forma de felicidad, así que se encarga de administrarnos cada cierto tiempo una buena cucharada de ese aceite de ricino tan repugnante a veces, expedido sin receta con el nombre de “realidad"...

Creo que si fuese pobre y tuviese que dormir en un banco, lo que más echaría de menos no sería un cuarto de baño con agua caliente, ni tampoco mis libros o mis papeles, ni siquiera este ordenador o la conexión que me permite hablar aquí y ser escuchada en todo el mundo. Seguro que sentiría nostalgia por la ropa que dejé a medio uso para comprarme otra que no necesitaba, ese abrigo que tiré al contenedor de los pobres estando en buen estado sólo porque llevaba demasiado tiempo en mi armario y ya no podía seguir estando de moda... Incluso creo que lo pasaría mal teniendo que comer bocadillos o sopa boba en los albergues, sin poder cocinar yo misma, hacer mis menús semanales y la compra con mi lista en la mano... Pero de lo que estoy convencida es que, lo que más echaría en falta sería dormir en una cama mientras fuera hace un frío de mil demonios. Ya no digo en “mi cama”, sino en una cama, cualquier catre, con un colchón duro o con los muelles clavándoseme en la espalda. Sumergirme en el calor y la oscuridad de la cama, como si ahí dentro no me pudiese pasar nada malo, un estado de invulnerabilidad falso pero real mientras dura el calor y la tibieza en las sábanas… Llevaría muy mal lo de los cartones en el cajero automático, sí… Fatal.

Porque lo mejor del invierno no son las castañas asadas, ni siquiera ver lo bien que sientan unas botas de tacón alto con una falda por encima de la rodilla. Ni tampoco el repiqueteo de la lluvia en los cristales.

Lo mejor del invierno son esas horas en las que el protagonista es el calor de tu cuerpo junto al mío, bajo las sábanas…