Desconozco por qué extraño mecanismo de la mente hace tanta ilusión encontrarse algo en la calle. Será por eso que decían nuestras madres de que “Lo que hay en España es de los españoles”, y lo de tropezarse con algo que otro perdió y que parece estar esperándote a ti es tan emocionante e irrevocable. Debemos tener algún resorte oculto en lo más hondo del subconsciente que salta inmediatamente cuando te topas en la calle con un billete de 20 euros, o cuando al acercarte a tu coche compruebas que junto la puerta del que está aparcado detrás de ti hay una pulsera caída que parece estar gritándote “Cógeme, soy para ti”. No tiene por qué ser un maletín con un millón de euros, ni un collar de diamantes, porque en esos casos la alegría inicial es absolutamente democrática, da igual lo que te hayas encontrado. Pero si el valor de lo hallado es demasiado grande, después del primer alegrón, la mala conciencia, el sentimiento de culpa y el miedo a que te pillen puede terminar estropeándolo todo y rompiendo la gracia del asunto de un plumazo. Aunque ese primer impulso de agacharte mientras compruebas con espeluznante rapidez que nadie más se ha dado cuenta, ese subidón de adrenalina y emoción que puede cambiarte el día, es algo que no tiene precio ni tiene que ver con el valor de lo encontrado. Porque es muy posible que sólo se trate de una baratija, o de un billete que sólo te permitirá comprarte una camisetilla de algodón o tomarte unas cañas, pero el primer fogonazo después de verlo ahí tirado, en medio de la calle, esa décima de segundo en la que de golpe te das cuenta de que alguien ha perdido algo y tú, precisamente tú, te lo acabas de encontrar y es para ti, ese gustazo, no te lo quita nadie. Y por muy buena persona que seas, empática y compasiva, la sombra del que perdió lo que tú has encontrado, su disgusto, su desazón, su desesperación incluso, no consiguen fastidiarte el momento... Quizás pasen como un relámpago por tu mente, pero sólo dejaran una estela tenue, que se deshará rápidamente, desbaratada por la fuerza de tu alegría insensata, egoista y un punto infantil...

Y es que para que alguien gane, otro tiene que perder…

Mañana hará cuatro años que abrí tímidamente esta ventana, dejando que el aire y las miradas de los demás entraran en mi territorio más personal. Quinientos noventa y seis posts, contando éste. Unos mejores, otros peores. Algunos totalmente prescindibles, unos pocos capaces de marcar un antes y un después. Quizás después de todo, no haya contado mucho sobre mí en todo este tiempo. O quizás sí, incluso más de lo que yo creo... He conocido a mucha gente gracias a unos puñados de palabras lanzadas al océano cibernético, botellas con mensaje que muchos encontraron, y a los que más de uno respondió. Un hilo tenso y vibrante, con un extremo en manos hábiles, capaces de hacerme llegar la fuerza de su presencia y su interés en estas historias de mi vida. Reflexiones en voz alta, pensamientos atrapados con la red de las letras escritas, ideas congeladas en el frigorífico de los archivos de una bitácora que jamás pensó durar tanto y que, ahora, al cabo del tiempo, no sé cómo podría cerrar. Ni me lo planteo, porque no lo veo posible. Necesito el aire que entra por esta ventana al mundo. Quizás ahora ya no escriba tanto ni tan bien como cuando empecé, porque mi tiempo para dedicarle es mucho más limitado, pero éste sigue siendo un lugar al que me gusta volver. Simplemente saber que está ahí me reconforta, me hace sentirme bien.

Abrí la ventana en busca de aire fresco, de miradas ajenas, pero cómplices con las que cruzar mis ojos. Descorrí la cortina para dejar salir tantas cosas que corrían el riesgo de morir conmigo, y para dejar entrar otras que no podía dejar pasar de largo. Subí la persiana hasta arriba, con brío, sin miedo a los ladrones ni a los voyeurs, inocentona e incauta, tal y como me demostraron los hechos más de una vez, pero con ese candor del optimista incorregible que logra que pienses que la próxima vez todo irá bien, esa candidez risueña que hace que incluso los sinsabores más amargos tengan su regusto dulce cuando los recuerdas con la distancia del tiempo.

Conseguí todo eso mirando desde mi ventana. Eso y más.

Gracias.

No fue un flechazo. Sólo he sido víctima de un flechazo en toda mi vida, pero no fue con él. Como a cualquiera, de entrada me cayó mal. Era demasiado torpe, demasiado gafe, demasiado borde, demasiado fracasado. Sin embargo, poco a poco, casi sin darme cuenta, consiguió atrapar mi atención y empecé a fijarme en él, dejando de lado a otros, a los más populares y triunfadores, a los que todas miraban, y terminé absolutamente encandilada por sus encantos. Porque los fracasados también tienen su atractivo, yo no lo sabía entonces, pero el imán estaba ahí, atrayéndome con fuerza hacia él.

El fue el primero que despertó en mí algo parecido al amor. El primero que hizo palpitar mi corazón esperando noticias suyas cada semana, deseosa de volver a encontrarme con él. El primero que me hizo olvidarme de mí para empezar a pensar en el bienestar y la felicidad del otro. Quizás fuera él quien sacara de mí ese gusto por lo poco evidente, ese placer por escarbar en la superficialidad de lo que se supone que es así y punto, esa atracción inevitable por lo mate, lo que los demás dejan de lado mientras se dejan deslumbrar por lo brillante…

Yo sólo tenía cinco años cuando le conocí, pero le quise tiernamente durante casi diez años, cuando otro mucho más carnal consiguió acaparar mi atención y mi corazón, sentándose dos mesas más allá en clase de inglés. Pero nadie, a lo largo de los años, ha conseguido que lo olvidara…

Mi primer amor fue el Pato Donald.


"Me estás hablando, y te escucho, pero tus ojos me están diciendo mucho, muchísimo más que tus palabras..."

¿Qué dirán mis ojos?

No suelo ser aprensiva en lo que a mi salud y la de los míos se refiere, al menos no más de lo aconsejado por el sentido común. Incluso puedo afirmar que en los intervalos que van de un año a otro de las ITVs recomendadas, me olvido casi totalmente de que tengo un cuerpo que puede fallar y al que hay que mantener. No me machaco, pero tampoco me obsesiono. Con lo cual llego a las revisiones rutinarias de cada año de golpe y porrazo, como en un pestañeo, y es entonces cuando me entran el cangüelo y las angustias. Porque a mi no me gusta ir al médico. Pero nada de nada.

Y bueno, como da la casualidad de que me coinciden todas por las mismas fechas, o sea, a primeros de año, ahora me encuentro de repente con un ojo con la retina agujereada, una muela que me duele, y lo que te rondaré morena, porque aún me falta alguna que otra visita a los galenos, y no precisamente de las más cómodas y agradables para las féminas…

Que conste que no tengo crisis de los 40, pero voy a tener que empezar a asumirlo:

Una persona sana no es más que un enfermo sin diagnosticar…

Dicen que cuanto más mayor te haces, mejor comprendes a tus padres. Quizás porque te acercas temporalmente más a ellos... Sus motivaciones, que en su momento te desconcertaban, te sacaban de quicio, y que ahora terminas por entender e incluso perdonar. Sus errores, intolerables en un primer momento, pero finalmente lógicos. Sus debilidades, irritantes cuando las descubres, conmovedoras cuando las compartes...

Es posible.

Pero yo no sé por qué a mí me pasa todo lo contrario…

De todos los fenómenos meteorológicos, el que peor soporto y más me crispa es el viento. Dicen que mucha gente se vuelve loca por su culpa, pero aunque yo no llego a tanto, sí que me trastorna bastante y me da el día cuando sopla. Consigue provocarme dolor de cabeza, me desasosiega, me altera, en definitiva. Quizás sea porque con el viento no hay más que dos opciones: o te dejas llevar por él, o te pones a su abrigo. Oponerle resistencia es agotador y siempre te cansarás tú antes que él. Siempre. Así que, los días que hace aire, intento salir lo menos posible, aunque incluso bajo cubierto, los aullidos del viento cuando sopla consiguen crisparme, ponerme inexplicablemente inquieta y, siempre, levantarme dolor de cabeza.

Evidentemente, hoy he pasado un día horrible. Con ese viento endiablado ululando, sin parar, metido en mi cabeza, como en mis peores pesadillas. Golpeando en las ventanas, metiéndose por las rendijas más mínimas, persiguiéndome, incapaz de rendirse…

Así que, sin que sirva de precedente, la que se tira la toalla soy yo. Aunque sea una tregua pasajera, la que dan unas horas bajo el edredón, calentita y a salvo, en el frágil limbo protector del sueño.

Buenas noches.

Desde hace unas horas, tengo 40 años. Y aún no he plantado ningún árbol, es más, no tengo precisamente lo que los franceses llaman “la main verte”, o sea, mano con las plantas. No he escrito ningún libro, sólo unos cuantos relatos cortos y ya ni eso, porque desde que abrí este blog todo lo que escribo termina colgado de esta ventana, o si no en los otros ventanucos que he abierto. Tampoco he tenido un hijo, y dudo mucho de que vaya a tener ninguno ya...

Pero en estas cuatro décadas he estudiado una carrera universitaria, he aprendido a hablar inglés y francés, me he enamorado, y se han enamorado de mí, he montado en globo sobrevolando el Palacio de Aranjuez, me han escrito una canción y han pintado un cuadro pensando en mí, he subido a las Torres Gemelas y al Empire State Building, me he perdido en el monte y he pasado la noche durmiendo en un saco bajo las estrellas.

Tengo 40 años, y nunca, ni en mis mejores sueños, hubiese pensado que me gustara tanto dónde y cómo he llegado después de recorrerlos…

Estoy en una de esas épocas en las que me pasan cosas, pero me da mucha pereza contarlas. Y son tantas y tan intensas que debería aprovechar el tirón, pero no lo hago. Dejo que mis emociones se pierdan sin dejar rastro, esas huellas hechas de palabras que siempre me han perseguido a lo largo de toda mi vida, ahora se borran como las huellas de pasos dejadas en la orilla de la playa. Y eso que sé lo peligroso que es eso, porque lo que no escribo se pierde para siempre. Me ha pasado otras veces, eso de tener paréntesis mudos, huecos vacíos en mi vida que coinciden precisamente con etapas como ésta, de las más llenas, en las que las vivencias no dejan sitio ni tiempo a las palabras.

Es como el que va de vacaciones y se lo pasa tan bien que se le olvida hacer las fotos de rigor. Y cuando vuelve a casa y todos le preguntan por el album de fotos, se da cuenta de que no ha hecho ni una, porque no le ha hecho falta. Porque todo lo tiene guardado y bien guardado, pero no precisamente sobre el papel, ni en formato .jpg.

Repartido entre la cabeza y el corazón…