Escribir sobre uno mismo es como mirarse en el espejo y empezar a hacer muecas o a mover un brazo. Sabes de sobra que la que gesticula eres tú, no tu reflejo, igual que estás segura de que es tu brazo el que se está moviendo, porque el de ésa que está en el espejo no puede moverse sólo. Pero por alguna extraña e inexplicable razón no sientes cómo lo mueves, ni siquiera tienes la sensación de que sea tu cerebro y no el suyo, el que da la orden de moverlo. La miras, y te sientes testigo de cómo alguien con tu misma cara se peina, con bastante más arte del que tú tendrías si no te ayudaras de un espejo para no salir de casa hecha un adefesio… Ella es capaz de poner caras que tú no tenías ni idea que sabías poner, y te sorprende cómo girando la cabeza hacia la derecha, consigue, la muy pilla, parecer dulce y resuelta, arrebatadora y misteriosa, al mismo tiempo. Y es que, en algún punto del hilo que os une a las dos, a ti y a tu reflejo, hay un cabo suelto, y, a pesar de estar segura, pero convencidísima, de que ella no es otra cosa que tú misma, tienes la sensación de que ella tiene vida propia, una voluntad y un albedrío que a ti te falta en demasiadas ocasiones.

Y terminas reconociendo muy a tu pesar que, sin lugar a dudas, la chica del espejo, igual que ésa que cuenta lo que le pasa por la cabeza, que es la tuya, aunque se parece mucho a ti, te gana por goleada. Y aunque similar en lo básico, en lo más evidente, tiene la muy puñetera un no se qué muy distinto a ti, que la hace mucho más lista, mucho más salada y atractiva que tú…

E igual que al mirarte al espejo, aunque lo sabes, te queda la duda de quién será la más verdadera. Si lo serás tú o la que te mira burlona y segura de sí misma desde el otro lado de las letras…

Saltando de enlace en enlace, explorando nuevos territorios bitacoriles, descubro con sorpresa que hay algunos sitios en los no se puede escribir la dirección y entrar a leer lo que pone, sino que tienen que invitarte para poder abrir la página. Ya conocía lo de los comentarios moderados, pero no tenía ni idea de esta nueva modalidad de censura...

Cuando una de las cosas más atractivas de la red es poder entrar y salir libremente de los lugares más insospechados, de sitios de los que unos cuantos clicks más atrás no tenías ni idea de que existían, ese veto selectivo me parece algo bien triste. Como esos grupos de amiguitas del patio del colegio que jamás aceptarían a una nueva niña que quisiera jugar con ellas.

Como en la entrada de una discoteca pija, donde el machaca de turno te para en seco por llevar zapatillas de deporte…

Y luego dicen que esto no es el mundo real…

Hay algo mucho peor que la añoranza por lo que un día tuvimos y perdimos para siempre. Es ésa otra una melancolía mucho más profunda, con unas raíces mucho más hondas y retorcidas, una tristeza intensa, subterránea y velada, pero tan cáustica como la lava de los volcanes fraguándose antes de salir a la superficie. Porque esa melancolía, ésa que supera con creces la tristeza de recordar lo que fue pero ya no es, es como un volcán dormido, latente pero activo, que de vez en cuando despierta para arrasar tu cotidianeidad de manera silenciosa, discreta incluso, pero no por eso menos dañina e hiriente.
La nostalgia por lo que no tendremos nunca.

La primavera va abriéndose hueco a codazos, entre tormentas repentinas y sol rabioso, entre camisetas de manga corta y botas hasta la rodilla. El armario es un batiburrillo de abrigos y sandalias, jerseys de cuello alto y pantalones pirata. Y el cielo azul y la temperatura agradable, en lugar de iluminar el espíritu y dinamizar el ánimo, logran el efecto contrario. Porque la verdadera borrasca está dentro, no fuera, y poco importa que en la calle la temperatura sea suave e invite a pasear y a sonreír a los que se cruzan contigo, o que las cunetas sean una explosión de color rojo, amarillo y violeta, un regalo para los ojos…

Miras hacia atrás, y sólo encuentras el rastro del lastre que fuiste tirando hasta llegar a donde estás ahora. Miras hacia delante, y no ves nada, sólo un precipicio que lo mismo podría llevarte a la gloria como al desastre, aunque lo que más te angustia no es la posibilidad del desastre, sino la incertidumbre, el no saber ni siquiera si habrá futuro... Y aún así, en el fondo, sabes de sobra que la solución más sencilla sería dejar en paz lo que ya ocurrió y no pensar en lo que ni siquiera ha ocurrido todavía. Mirar a tu alrededor, aquí, ahora, ser consciente de lo que tienes, olvidar lo que te falta, pegar un portazo definitivamente a tu pasado, ignorar a tu futuro como se ignora a un niño enrabietado, hasta que no quede más remedio que mirarlo de frente, porque se haya convertido en presente. Abrir la ventana, ventilar la atmósfera enrarecida que te ahoga, y disfrutar del calorcito del sol.

Vivir el presente. Sin pensarlo demasiado.

Antes de que sea demasiado tarde…

La gran ventaja de no darse nunca por completo a los demás es la imposibilidad de que el otro se lleve parte de uno cuando termine por marcharse. Ventaja ésta, la de la reserva, como tantas otras, envenenada. Porque quien se guarda algo de sí mismo en espera de que llegue alguien merecedor de recibirlo, puede terminar encontrándose con lo que guardó se quede obsoleto según pasa el tiempo, que se llene de polvo y telarañas y finalmente no sirva para nada y nadie lo quiera. Pero aunque las personas reservadas saben mejor que nadie lo alto que puede ser el precio de su hermetismo, el instinto de supervivencia suele ser más fuerte que la certeza de que esa actitud introvertida les cierra puertas que pueden no abrirse más de una vez en la vida.

Esa precaución ante los demás no es otra cosa que una especie de seguro de vida, como el que mete un fajo de billetes bajo el colchón aunque siga ingresando la nómina en el banco. A pesar de confiar en que su dinero está seguro en la cartilla, algo le dice que no está mal tener un poco de efectivo a mano, por lo que pueda pasar. Un dinero de emergencia, para cuando la bancarrota llegue al banco y haya que empezar de nuevo de cero.
Porque la gente tímida, por lo general solitaria, tiene especialmente desarrollado ese instinto autoprotector que salvaguarda lo más hondo de cada uno de la hostilidad exterior, una parte de ellos mismos, mayor o menor según el grado de introversión de cada uno, que les lleva a guardar celosamente ciertas zonas de ellos mismos, a reservarlas para tiempos mejores, en espera de alguien que no termine por desaparecer, llevándose consigo partes de uno que jamás se recuperan. Una prudencia ésta tan inútil como frustrante: quizás el banco quiebre, o quizás no. Y si lo hace, seguramente los billetes de debajo del colchón ya no sean de curso legal.

Pero si lo son, si el dinero aún sirve, el reservado se sentirá seguro, dueño de sí mismo y su destino, porque nadie se habrá llevado nada suyo y habrá sobrevivido entero. Pero tampoco tendrá nada de nadie, porque nadie le habrá dado nada. Estará solo.

Porque el blindaje le habrá protegido de la adversidad, sí, pero también le habrá aislado de la tibieza del sol, de la caricia del viento... Y también del brillo de esos ojos, de la tibieza de aquel cuello, del aroma de ese pelo...

De nuevo, cíclicamente como ocurre con tantas cosas en mi vida, me encuentro en una época especialmente lectora. Saco libros de la biblioteca de dos en dos, y los devuelvo antes de que pasen los quince días reglamentarios. Echo de menos ir a trabajar en tren o metro para poder leer más. Y ocurre algo que, aunque no es nuevo, me está afectando más que otras veces: cuanto más leo, menos me gusta lo que yo escribo. Quizás por eso llevo años sin conseguir acabar un relato, concretamente cuatro (¡cuatro ya!): porque me gusta demasiado leer lo que otros escriben, y todo lo que a mí se me ocurre me parece mucho peor. Lo malo es que me está empezando a pasar eso también con el blog. También ahora leo muchas bitácoras, y no sólo los posts del día: me zambullo en los archivos de mis blogs favoritos y me deleito con cosas ya leídas, o me lanzo a la busca y captura de nuevos horizontes y descubro nuevos blogs, algunos muy interesantes. Y es que me estoy dando cuenta de que últimamente disfruto mucho más leyendo lo que otros cuentan que contando mis cosas. O a lo mejor es que, aunque me resista, mi lado menos exhibicionista y más observador es mucho más fuerte de lo que parece, soy aún más “señora que escucha” de lo que creía, y no me veo en el papel de ser yo la protagonista: la que cuenta lo que le pasa mientras los demás miran y escuchan.

¿Qué me pasa? ¿Un ataque de pudor a estas alturas? No creo. ¿Aburrimiento o saturación de blog, después de cuatro años al pie de la ventana? Quizás. O, peor aún, ¿será que mi vida y yo somos tan sin sustancia y aburridos que ya no tengo nada que dejar ver a través de esta ventana que merezca realmente la pena?

A suivre…

Si en lugar de haber nacido en 1967 lo hubiese hecho cien años antes, en ese siglo XIX que tanto me ha gustado siempre, seguramente ya me hubiese muerto, o si no, mi calidad de vida sería horrorosa. Como no sería lo bastante rica para vivir de las rentas, tendría que trabajar en alguna fábrica insalubre, o cogiendo aceitunas o escardando cebollinos en el campo. Aunque en la fábrica seguramente no me habrían contratado, porque con lo miope que soy no sería capaz de ver los hilos del telar, y de haberlos visto, el polvo en suspensión del algodón habría empeorado mi asma rápidamente y no podría ir a trabajar casi nunca, con lo cual me hubiesen despedido al poco de contratarme. Y como no podría trabajar en casi nada, hubiera terminado casándome para “recogerme”. Pero como no tendría hijos, mi vida sería un infierno: el de una mujer estéril y enferma. En el campo me hubiese pasado lo mismo: el polen me destrozaría la vida durante medio año, y mi escasa vista me haría realmente penoso quitar las malas hierbas o coger ciruelas de los árboles sin arrancar las verdes y dejar las maduras. O sea, que sería un ama de casa cuarentona y yerma que, para entretenerse y sacarse un dinerillo, cuidaría a los hijos de sus vecinas. Deprimente.

Si en lugar de haber nacido a finales del siglo XX lo hubiese hecho a principios de siglo, seguramente hubiese fallecido hace años ya, asfixiada en un ataque de asma descontrolado. Ahora, seguir o no respirando depende de llevar conmigo un botecito que no me abandona nunca. Y de que la Seguridad Social me permita tener siempre conmigo mis medicamentos. Bendito Ventolín. Mi venerado y nunca suficientemente ponderado Pulmicort.

Si en lugar de haber nacido hace 40 años lo hubiese hecho hace 80, posiblemente un día me habría despertado y me daría cuenta de que no veía nada. Sería una ciega arrinconada en casa y me moriría de desesperación, sin poder leer, ni coser, ni valerme por mí misma. Seguramente me habría tirado ya por el viaducto, o me hubiese bebido una infusión de cerillas, como hacían las decimonónicas desesperadas. Pero he nacido en los años 60 del siglo XX, y eso me ha permitido poder ir esta mañana al médico, y que me hayan soldado mi frágil y quebradiza retina con un sofisticado láser, y volver al trabajo después de comer, como si tal cosa.

Supongo que, después de todo, tengo mucha suerte por ser una dinkie del siglo XXI con mala salud…