No somos el fruto de nuestras elecciones, sino el de nuestros descartes.

Cuando te paseas por La Croissete durante los días que dura el Festival de Cine de Cannes, te das cuenta de que sí, de que esas mujeres que creías que sólo existían en las fotos y en las películas son de verdad, pasan andando por tu lado, luciendo vestidos que cuestan medio año de tu sueldo y con bolsos al hombro que no, no son de imitación, de esos que venden en el mercadillo de Majadahonda. Y constatas que, casi de manera invariable, van colgadas del brazo de señores bronceados y canosos, de cutis sospechosamente tersos y manos lógicamente arrugadas, que bien podrían ser sus padres...

Las estrellas de cine, los planetas y los satélites de la industria cinematográfica, bajan al sucio suelo de los mortales durante algo más de una semana, compartiendo contigo una ciudad en la que no están todos los que son, pero en la que todos los que son quieren e intentan estar. Los verás de lejos, a unos cuantos pasos de ti, eso sí, acribillados por los flashes y los gritos de los fans, más cercanos, pero igualmente inalcanzables... Sin embargo, también puede que la casualidad haga que les pilles bajándose de un coche de lujo, a escasos metros de ti, y que casi te rocen al cruzar la calle, desprendiendo una estela de un perfume que, por mucho que lo busques, jamás encontrarás en ninguna tienda, y dejando colgado en el aire el recuerdo de unos ojos que te han mirado de refilón, pero no te han visto, porque tú no eres nadie para ellos, poco más que un elemento móvil y animado del mobiliario urbano.

Lo que la diva nunca sabrá es que tú, humilde mortal, nunca olvidarás que un día soleado de mayo de 2007, durante una décima de segundo, tus ojos se zambulleron el océano azul grisáceo de los de Carole Bouquet…

Creo que soy una workaholic. Qué tontería, no es que lo crea, es que estoy segura. Completamente y cada día más. Y no porque me refugie en el trabajo para huir del resto de mi vida porque ésta sea un rollo, por ejemplo, sino porque en el trabajo, esa tarea mercenaria que te ocupa más de un tercio de tu vida, igual que en el resto de mi existencia, me pierde el querer hacerlo bien, ese sentido de la responsabilidad tan dominado por el sentimiento de culpa cuando no se da todo. Es eso y no otra cosa lo que arrebata mis energías dedicadas a otros aspectos de mi vida, lo que consigue llevarse el dudoso honor de ser el centro de mis esfuerzos, de mis pensamientos y de mi tiempo. Y eso que en ocasiones es gratificante, la mayoría de las veces es una putada.

Tiempo atrás me ocurría lo mismo con los estudios. Y yo pensando que cuando trabajara las cosas serían distintas… Pues no.

¿Llegará el día en el que aprenda a relativizar la importancia de hacer las cosas perfectas o casi? ¿Seré capaz de priorizar sin necesidad de que la realidad me pegue un guantazo y me ponga en su sitio, así, por las bravas? Deseo y confío con toda el alma que así sea. Es más, lo necesito. Mi equilibrio emocional lo pide a gritos. Y es que no se pueden tener 40 años y ser tan canela…

Por lo pronto, mañana me voy a Cannes. Cine y más cine los próximos diez días. Desconexión de mí misma para meter la nariz en historias y ventanas ajenas. Tiempo para pensar en nada, y poder pensar en todo. Un intento de darle la vuelta a las cosas.

Una quimera, seguramemente. Pero habrá que intentarlo.

Desde mi ventana no se ve la calle. Ya no. Sólo las plantas de la urbanización en la que vivo. Es un jardín bastante bonito, no en vano ganó el premio del mejor jardín del pueblo hace unos años. Sin embargo, no es la calle. La gente no pasea, sólo van andando deprisa ansiosos por llegar a sus casas después del trabajo, o apresurados para sacar al perro y volver lo antes posible al sofá. De vez en cuando se ven algunos niños montando en triciclo, otros jugando al fútbol, pero no son muchos ni todos los días. Aunque se pueda jugar a gusto, haya mucho espacio y bonitas plantas, no es la calle. Es un jardín tranquilo, demasiado tranquilo, con bancos siempre vacíos, a tu disposición, pero que no apetece ocupar, al menos a mí no me dan ganas. Prefiero quedarme en la terraza de mi casa, unos pisos más arriba, si lo que quiero es tomar el sol, o leer tranquilamente, o bien salir a la calle, fuera del “guetto”, y ver gente de verdad, de la que va y viene, la que entra y sale de las tiendas, la que regatea a los coches en los pasos de peatones, la que te sonríe porque sí o te pone cara de perro sin motivo.

Desde la ventana del coche, cuando conduces, tampoco se ve gran cosa. Bastante tienes con ir atenta a lo que pasa a tu alrededor y conducir bien… Para poder mirar, tienes que ir de pasajero, y yo ya llevo mucho tiempo siendo conductora solitaria, con la radio como única compañía. Y reconozco que echo mucho de menos mirar por la ventana y observar lo que pasa por la calle, o mirar sin ver, que también tiene su aquel. O quedarme mirando a la fauna que me acompaña en el vagón del metro. Hacer todos los días el mismo trayecto conduciendo es tan automático que si te preguntan cuál es el número de la salida de la M-40 que coges, seguramente no tengas ni idea, aunque podrías hacer con los ojos cerrados el recorrido, y hayas asistido en directo durante días a la putrefacción de un gato atropellado delante de ti.

Quizás éstas sean dos buenas razones para explicar por qué cada vez escribo menos. Esa sensación de vacío y telarañas, de buscar y no encontrar, sencillamente porque no tengo gran cosa que decir. Porque no veo gente, ni siquiera de lejos, porque el círculo de gente con la que trato es pequeño, como un bonsái, pequeño y además delicadito, de mírame y no me toques... Porque no me pasan cosas, porque mi vida es un “metro-boulot-dodo” en formato castizo “coche-trabajo-cama” y vuelta a empezar cada día, a toque de móvil a las 6:55 AM. Y, como si de un dejavu se tratara, me veo otra vez con diez años, la falda tableada y los calcetines caídos, mordiéndole desesperada la tapa al boli bic, cuando quería escribir una novela, pero no podía, por más que me estrujaba el cerebro, porque no había vivido lo suficiente y no tenía absolutamente nada que poder contar, ni imaginación suficiente para inventármelo. Solo que ahora lo que hago es quedarme mirando con cara de boba la página inmaculada de word y con la conciencia remordiéndome por no haber actualizado el blog en una semana.

Si tener necesidad de algo o de alguien te resta libertad, te vuelve dependiente y limita tus movimientos, determinándolos en función de tu adicción, nunca, ni en las dependencias más fuertes, la sensación de pérdida de autonomía, de independencia extraviada, será tan grande como cuando te das cuenta de que tú te has vuelto imprescindible para alguien…