El verano sirve para pocas cosas. Hace demasiado calor para moverte, para dormir, incluso para pensar. Apetece airear y darle una vuelta a la casa, y te remangas, te pones el delantal y coges el aspirador, pero de ahí no pasas, porque el bochorno consigue que no puedas mover ni un dedo, así que la limpieza general se queda, de nuevo, aplazada sine die. Las ropas ligeras y escotadas te dan ganas de cambiar tu color blanco aspirinoso por un doradito tostado, pero por más que lo intentas no soportas estar al sol, y terminas buscando desesperadamente la sombra y los aires acondicionados, luciendo un color anémico y decimonónico del que tampoco te has librado este año. Ni te librarás nunca, pero eso lo sabes ahora, no dentro de unos meses, cuando te propongas firmemente, de nuevo, ponerte morena el próximo mes de julio. En verano ni siquiera puedes leer libros densos y profundos, la mente quiere cositas ligeras, refrescantes e intrascendentes. Si tienes suerte y te toca hacer jornada intensiva, trabajarás menos tiempo, pero paradójicamente tendrás más trabajo: la mitad de la gente está fuera, y las cosas tienen que salir, así que, en lugar de ir más relajadamente, vas a trágala perro, haciendo lo tuyo y lo de los demás, la mañana se te pasa en un suspiro y te quedan mil cosas por hacer. Y encima te vas dentro de dos días… Y tienes que dejarle a quien vuelve parte de tu trabajo más o menos estructurado, para que la vida no se pare porque tú no estés, y para que el montón de papeles en tu mesa cuando vuelvas no te engulla, sólo te sepulte durante quince días, así tirando por lo bajo. O sea, casi los mismos que has estado fuera...

El precio es alto, pero la contrapartida merece la pena. En mi caso, serán tres semanas de vacaciones que están a la vuelta de la esquina. Veintitrés días sin obligaciones laborales, un paréntesis en el que romperé esa cadena invisible que la empresa nos echa al pie y que nos mantiene atados en corto durante el resto del año. Tres semanas con absoluta libertad para ir dónde quiera y hacer lo que me dé la gana. Para visitar lugares en los que nunca he estado (Bélgica y Holanda, esta vez), y como me pasa siempre, para hacer un montón de planes y buenos propósitos para mi vuelta (para mí el año siempre ha empezado en septiembre, o sea, después de las vacaciones de verano…). Todo eso, claro está, después de que necesite alejarme de casa los 125 kms. de rigor para convencerme de que no soy imprescindible, y si lo soy, peor para los que se quedan…

El verano sirve para bien poco, pero es una estupenda manera de comprobar que los puntos y aparte son necesarios para poder mirar desde una cierta distancia lo que has escrito en lo que va de año. Y para pensar en lo que te queda por escribir hasta diciembre.

Miro tus fotos, ésas en las que también estoy yo, y me invade una sensación de irrealidad, una oleada casi mareante que me sacude y me hace tambalearme, casi físicamente, como si de pronto no pudiera soportar la fuerza gravitatoria de tu realidad, de nuestra realidad. La solidez de la certeza de que estás conmigo, que llevas estándolo el tiempo suficiente como para que ya estuviese no sólo acostumbrada, sino incluso ligeramente aburrida, engullida por el inevitable torbellino de la monotonía, de lo que se repite día a día, y termina perdiendo el brillo de lo nuevo para adquirir la pátina de lo usado. Sin embargo, es suficiente mirarte cuando te tengo delante y tú no sabes que te miro, o cerrar los ojos, cuando no estás, para sentir una punzada aguda, dolorosa incluso, un fogonazo de lucidez que me impide olvidar que soy muy afortunada. Porque la felicidad duele, y es que sólo quien ha sido muy feliz sabe hasta que punto se puede ser absolutamente desgraciado.

Sólo el que atravesó el desierto con la cantimplora vacía conoce el auténtico valor de un vaso de agua...

Poder limar esas aristas. Las que crecen hacia dentro, las que no se ven, pero se clavan.

Las que duelen, tanto que no te impiden dejar de ser consciente ni por un instante de que te están matando de manera lenta, pero inevitable. Esas que hieren mucho más profundamente que las que lanzamos contra los demás, porque se hincan con saña en nuestras partes más débiles, las más ocultas, las más profundas… Aristas agudas y venenosas, las que nadie imaginaría que llevamos dentro, porque todos los demás creen que ellos son los únicos que las sufren…

Las que en lugar de erosionarse con el tiempo, se afilan…

En uno de esos arranques míos que me dan de vez en cuando, he decidido hacer limpieza de libros. Otra vez. De todos aquellos que, después de estar conmigo desde hace mucho tiempo, o no tanto, y que tras haber sobrevivido a mudanzas y anteriores purgas, mirándolos fríamente, no son capaces de darme ganas de volver a leerlos. Tengo muchos libros, y son mayoría los que han superado la prueba de la relectura, pero otro montón se ha quedado en el camino, y he decidido que no quiero que sigan conmigo. Muchos ya no me dicen nada, aunque en su día me lo dijeron, otros los compré en arrebatos consumistas, cegada por su bajo precio y jamás llegué a abrirlos… Me siento un poco madre descastada al abandonarlos así, pero es que no los quiero, y no quiero tenerlos en el trastero acumulando polvo. Porque los libros están para que alguien los lea, y si no soy yo, puede leerlos otro. ¿Y si para otra persona esos libros que yo no quiero logran convertirse en esos libros imprescindibles, en un libro de su vida? Un libro no leído es papel muerto, y yo amo demasiado a los libros para hacerles eso, incluso a los que ya no me gustan. Así que, poco a poco, mis pobres libros caídos en desgracia respirarán otros aires e irán siendo liberados, para que otras personas que quizás sepan apreciarlos y amarlos más que yo, lo hagan.

Sin embargo, antes de lanzarlos a la jungla del asfalto, he pensado que sería buena idea ofrecérselos a todos aquellos que se asomen a esta ventana y los quieran. Por lo pronto, pegaré una lista con 20 libros sobre los enlaces, y si alguien se siente atraído por alguno, no tendrá más que mandarme un correo (desdemiventana@gmail.com) para decirme cuál quiere. Si esto tiene éxito y hay respuestas, iré marcando los que se vayan adjudicando, hasta que se acaben…y después pondré otros pocos. Si no funciona la cosa, me olvidaré de experimentos y dejaré los libros por ahí, como he hecho otras veces, al estilo más tradicional del Bookcrossing

El cómo hacer llegar a cada uno de los interesados esos libros es algo que aún no tengo claro. No quiero gastarme ni un chavo, eso vaya por delante… ¿Se puede mandar por correo contrarreembolso un paquete particular, igual que los envíos de mensajería a portes debidos? ¿Habrá alguien dispuesto a pagar lo que cuesta recibir unos libros usados que ni siquiera sabe si están en buen estado o son basura digna de estar en un contenedor de papel? Partiendo de que alguien quiera darme la dirección de su casa para que una completa desconocida le mande un libro…

¿No me estaré metiendo en un berenjenal?