Por suerte para mí, fui una niña gafotas, pero no gorda. La misma genética que me la jugó con las dioptrías, me permitió comer a mis anchas, sin necesidad de controlar el bocadillo de nocilla de la merienda o las patatas fritas de la cena. La buena mano de mi madre también influyó, creo yo, en que mantuviera durante toda mi infancia y juventud un peso estable y correcto para mi constitución y altura. Vamos, que jamás en la vida me había visto obligada a pensar en dietas o regimenes para quitarme kilos. Era algo que veía de lejos, mientras me metía entre pecho y espalda lo que me daba la gana.

Hasta ahora. La vuelta de las vacaciones me ha sorprendido traspasando la barrera de los 60 kilos, algo que nunca me había pasado nunca. Me he tirado años y años pesando entre 56 y 58 kilos, por lo que los 62 de ahora me han hecho tambalearme, como si me hubiesen pegado una bofetada.

Así que, por primera vez, y espero que por última, estoy a régimen. Y sí, es horrible, triste y deprimente, mucho más de lo que se cuenta por ahí y desde luego muchísimo más de lo que imaginaba. Tengo 4 kilos que perder y, no tengo ni idea de cuanto tiempo por delante para hacerlo. No sé si irá rápido, o me llevará semanas y semanas, todas ellas llenas de verduras sosas, pescados hervidos y carnes a la plancha... Y aunque me ha sorprendido mucho lo duro que es no poder comer lo que quieres y te gusta, más pasmada aún me ha dejado ver lo disciplinada que estoy siendo en los pocos días que llevo controlando rígidamente lo que como. Con un rigor férreo, digno de mejores causas, para qué negarlo...

¿Quién dijo que a los 40 no quedaban todavía primeras veces?

Tirando del hilo se puede llegar lejos. Salir del laberinto. Ver la luz al final del túnel.

O simplemente terminar con el jersey deshecho, y un montón de lana enrredada a tus pies...

Siempre he deseado con toda mi alma que terminaran las vacaciones de verano, para volver a una normalidad que me gusta, me reasegura, me estabiliza. La idea de empezar de nuevo, ya fuese el curso o el trabajo, me ha parecido siempre atractiva. Quizás porque lo que suponía dejar atrás no merecía la pena. Nunca viví un "verano azul", con pandilla o amores estivales de los que no quisiera separarme. O lo mismo sólo se trata de ese gusto mío por los borrones y cuentas nuevas, por las páginas en blanco, por los cuadernos flamantes y por escribir...

Aunque esa tendencia era mucho más fuerte en la época escolar, incluso ahora, que soy adulta y no tengo que comprar libros de texto para mi nuevo curso, ni tengo curiosidad por ver qué profesores me tocan este año, sigo siendo la misma. Cuando la gente se deprime por volver a trabajar, a mí no es que me alegre, pero tampoco me disgusta. Y por mucho que esté disfrutando de mis viajes, del ocio y de la desconexión laboral, imprescindible para mi equilibrio mental, siempre me da la sensación de que he tenido demasiados días de vacaciones, y no puedo evitar terminar por echar de menos mi casa, y que la idea de volver se apodere de mí, lenta, pero inexorablemente. Cual ET desesperadamente nostálgico, lo reconozco.

Y el caso es que me gusta el verano, pero más me gusta que se termine, porque su fin supone el principio de todo otra vez. Y no creo que haya nada que me guste más que un comienzo. Porque de nuevo, aunque sea durante un tiempo breve, todo vuelve a ser posible…

Es en las refriegas más virulentas, en las disputas más encarnizadas, en el cuerpo a cuerpo más directo, cuando uno demuestra si es un caballero, alguien capaz de respetar unas reglas no escritas, con estilo, con un saber usar las armas que tiene con tacto y elegancia, o si por el contrario no es más que un sucio macarra, capaz de darte una puñalada inesperada y certera, dispuesto a morder con saña donde sabe que hará más daño.

Lo demás son palabras vacías, aunque sonoras.

Pompas de jabón, sin nada dentro.

Humo.


15.38 h. Restaurante Vips. La jornada intensiva tiene sus inconvenientes, como lo es comer a las tantas y pasar las dos últimas horas de la mañana con más hambre que Dios talento…

Es tan tarde que ya casi no tienes hambre, así que simplemente pides un Fundy O’Clock y una jarra de agua del grifo. Seis euros y pico, que pagas con un billete de 20 euros.

Para tu sorpresa, te devuelven 23 euros y unos cuantos céntimos.

O sea, que comerte un Fundy O’Clock regado con medio litro de agua del Canal de Isabel II no sólo se ha salido gratis, sino que te han regalado algo más de tres euros por ello. Ole. ¿O no tanto? El angelito bueno te susurra en una oreja, mientras que el demonio revoltoso te tira del pelo al lado de la otra, para que le hagas caso a él....

1) ¿Devuelves a la camarera el billete de 10 euros que te ha dado por error o te lo quedas?

2) ¿Qué hubieras hecho tú?

3) ¿Qué crees que hice yo?

Tres preguntas que demostrarán dos cosas:

a) De qué pasta están hechos mis lectores.
b) Si la gente que lee este blog me conoce ya lo suficiente para acertar qué hice yo.

Vuelvo, y tengo la sensación de que no me he ido, sino que todo ha sido una fantasía paralela, algo así como un producto de mi imaginación. Ni siquiera las fotos consiguen dotar de realidad a lo vivido en estas últimas tres semanas: tengo poco en común con el enano del padre de Amélie, y no suelo posar junto a los monumentos de las ciudades que visito. Yo no hago fotos, nunca encuentro el momento ni sé ver lo que merece la pena ser conservado para la posteridad, me pone muy nerviosa intentar averiguarlo y que mientras tanto se me escape un buen momento… Soy conseciente de que he estado en Burdeos, Poitiers, Chartres, París, Lille, Tours, Oradour-sur-Glane, Dunkerke, Brujas, Bruselas, Gante, Ostende, La Haya, Ámsterdam, Amberes, Alkmaar, Utrech, Lieja, y en más sitios cuyos nombres ya se me han olvidado. Debo haber estado allí, porque después de sacar el equipaje del coche, he encontrado planos de ciudades, folletos de monumentos, facturas de hoteles, revistas en francés, envoltorios de patatas fritas de sabores raros llenos de palabras que no entiendo, y botellas vacías de aguas minerales que no son Bezoya ni Font Vella, precisamente…

Siempre, desde pequeña, he tenido una sensación rara y egocéntrica, lo reconozco: que el mundo empezaba y terminaba donde yo estaba. Me explico. A pesar de tener muy claro que había más ciudades que la mía, miles de pueblos, grandes y pequeños desparramados por todo el mapa, y no sólo el de España, sino los de los otros países, siempre se me hacía extraño pensar que en todos y cada uno de esos puntitos del atlas la vida seguía su curso, paralelo al mío, aunque yo no lo viera. Que había casas, y gente, personas que trabajaban, niños que iban al colegio, que se ponían enfermos, y a los que sus madres consideraban los más guapos y más listos del mundo, igual que hacía la mía conmigo. Y también ellos, de alguna manera, quizás no tan radical como la mía, pensaban que el mundo más allá de su barrio no existía realmente…

O sí…

¿Sí?