Es mentira que se recoja lo que se siembra. Mientras esperas la cosecha, seguramente los pájaros se comerán la mitad de los brotes, si no hay una tormenta de granizo que fastidiará las flores, o algún espabilado se te adelantará y llenará el maletero de los frutos que tú esperabas recoger.

Ni se te ocurra hacer a los demás lo que te gustaría que te hicieran a ti. Te esforzarás para nada. Los demás se limitarán a beneficiarse de las ventajas de tu generosidad, y punto. Pensarán que han tenido suerte de cruzarse con alguien bueno, y seguirán su camino. No te han pedido nada, luego no te deben nada.

Deja de creer que pensar mal y acertar es una idea fatalista, poco acorde con un espíritu positivo como el tuyo. Quizás sea exagerada y demasiado generalizadora, pero no más estúpido que creer que pensar bien es una garantía para no equivocarte, una manera de dar una oportunidad a quien no te la ha pedido, y seguramente, no la merece. Piensa, sencillamente, ni bien ni mal. Y observa. La realidad decidirá si tenías razón o te equivocabas.

No te creas todo lo que te cuentan. Es más, de lo que veas, la mitad creas…

Nos asusta el sendero estrecho y abrupto, con el vacío del abismo a nuestro lado, y nos abruma el camino trillado, la autopista atascada de domingueros ansiosos todos por llegar al mismo destino. Queremos diferenciarnos, ser únicos, y al mismo tiempo necesitamos reconocernos en los otros, formar parte de algo mayor que nosotros mismos. Buscamos la soledad, y cuando la encontramos, queremos compartirla con alguien.

Intentamos entender a los demás, cuando somos una incógnita para nosotros mismos…

El amor no correspondido, es, ante todo, una putada para el que ama sin ser amado. De eso no cabe duda. Una mala jugada del destino o las circunstancias que te pone en un lugar inadecuado y en el momento menos oportuno. Y lo peor de todo, frente a la persona que parece ser la correcta, salvo por el pequeño detalle de que ella no siente lo mismo que tú, ni por asomo… Esa es la visión del que quiere sin esperanza, pero ¿cómo ve las cosas el que es objeto de una pasión amorosa y no puede corresponder a ese sentimiento?

Para quien es amado y no ama, el amor es como un regalo muy bonito, una joya cara y elegante, pero elegido para la persona incorrecta. Comprado con las mejores intenciones del mundo, invirtiendo dinero, tiempo y buen gusto, pero inadecuado por completo. El que lo recibe sabe de su valor, lo mira y se asombra de tener algo tan valioso sin haberlo pedido, sin que ni siquiera sea su cumpleaños, pero por más que lo piensa no sabe qué hacer con él. La persona objeto de una pasión asimétrica y unidireccional sabe lo que tiene entre manos, lo delicado y valioso que es, pero también sabe no lo necesita y que nunca lo usará. Es como si se le regalase un collar de diamantes digno de lucirse en una gala de los Oscars a una humilde ama de casa que, lo más lejos que ha ido a cenar, ha sido al chino del barrio. Mirará el collar con admiración dentro de su caja, pero no se lo pondrá nunca, aunque tampoco será capaz de ir a empeñarlo, le daría demasiada pena… O como si le dieses a un pastor de cabras africano las escrituras de propiedad de un piso en Paris. Seguramente el buen hombre, que vive en una choza de paja, sepa que en algunos sitios hay casas de piedra que no necesitan hacer una hoguera para calentarse y a las que el agua llega sola apretando un botón, e incluso si ha ido algún día a la escuela, le suene que París está en Europa. Y el africano, que apenas sabrá leer, mirará su papel timbrado, la firma del notario, y será consciente de que tiene en su mano algo que en alguna parte vale mucho, pero que, francamente, a él no le sirve para nada. Se sentirá importante porque tiene algo que no tienen sus vecinos, y agradecido, porque alguien ha pensado en él para ofrecerle algo valioso que nunca habría soñado pedir, pero sabrá que nunca disfrutará de su piso parisino, porque su vida son las cabras, el polvo y las idas y venidas al pozo a por agua.

Los afectos que van en una sola dirección son como esos juguetes demasiado bonitos y sofisticados que los Reyes Magos traen a niños que nunca los pidieron en sus cartas.

Niños que, al final, con lo terminan jugando es con la caja…

No soy una persona vaga, pero si quiero avanzar necesito disciplina. Límites. Objetivos. Necesito un horizonte lo suficientemente lejano como para no mirar constantemente mis pies y decidirme a avanzar. Si no lo tengo, me muevo despacio y sin ganas, porque no me queda otra, me estanco, me amodorro, y finalmente dejo que me arrastre la inercia de lo que siempre ha sido así y ni siquiera me planteo cambiar, aunque lo odie. Y lo peor de todo es que cuando eso ocurre, me doy perfecta cuenta, y me siento fatal, pero no puedo hacer nada, al menos mientras no surja algo que me pique, que me estimule, que atraiga mi atención y consiga que dirija mis ojos a lo lejos, a lo que no tengo todavía, pero que si me lo propongo, puedo tener…

Eso ha venido ocurriendo con la escritura desde hace años. Desde que escribo, o sea, desde siempre. Aunque mucho más desde que tengo el blog. Y me disgusta haber abandonado por completo escribir, pero sé que seguiré sin hacerlo a menos que me lo proponga en serio, algo que no consigo en los últimos tiempos. Así que, en vista de cómo soy, y como me conozco, la posibilidad de acudir a un curso de Escritura Creativa se presentó ante mí como un doble caramelo. Por un lado, nunca he asistido a nada semejante, siempre he escrito a la buena de Dios, y confieso sentir curiosidad por cómo pueden enseñarte a algo tan poco fácil de enseñar como escribir ficción literaria. Y por otro, uniendo lo práctico a lo lúdico, sé que ir a un curso así será una manera de obligarme a escribir, aunque no sea más que los deberes que nos pongan en las clases… Y quizás sea el empujoncito que necesito para volver a ver a lo lejos, y conseguir motivarme lo suficiente como para que esta escritora que hay escondida en alguna parte de mi, salga a flote, y empiece a llenar páginas en blanco, más allá del blog… El tiempo lo dirá: el curso no empieza hasta el mes que viene.

Por eso hoy, como puede verse en la columna de la derecha, junto al perfil, estoy ilusionada. Porque me gusta escribir. Y porque, a pesar de todo, aunque lleve años poniendo excusas y refugiándome en la comodidad mullida del blog, sé que puedo hacerlo.

A ver qué pasa…

Nuevos aires soplan por mi ventana. Hacía mucho que no cambiaba las cortinas, y ya iba haciendo falta.

No controlo demasiado las plantillas del Blogger nuevo, pero bueno... Se ha hecho lo que se ha podido. Pero esa foto de la cabecera me gustó tanto que me hizo replantearme el diseño del blog, saliera el sol por Antequera, a pesar de mi poca habilidad con el htlm. Me encantaría ver ese paisaje cada día, tener ese camino hacia el horizonte infinito ante mis ojos, y saber que nada me impide recorrerlo, salvo mi voluntad...

Pero como no puede ser, me conformo con verlo desde esta ventana...

Update 16/09/07: ¿Alguien sabe cómo quitar los banners que salen debajo del título del blog? No hay manera, por más vueltas que le he dado... Si hay algún especialista en el nuevo Blogger en la sala que tenga ganas y tiempo para echarme una mano, me haría un gran favor. Y si algún espontáneo se anima a hacerme una nueva plantilla, vamos, ése contará con mi agradecimiento hasta el fin de los tiempos...

Update 17/09/07: Gracias por los intentos de ayudarme, aunque no han servido de mucho, pero bueno. La vida sigue a pesar de esos tres banners... Tendré que acostumbrarme a verlos ahí e ignorarlos, como a los niños pesados...

Cuando miras el mundo desde una ventana, puedes hacer dos cosas: sacar tú la cabeza por ella o dejar que alguien de fuera sea quien se asome a ver qué es lo que pasa dentro.

Si estás acostumbrada a ser quien siempre mira hacia fuera y de pronto alguien quiere meter medio cuerpo dentro para mirarte, pueden pasarte dos cosas: que el cambio te sorprenda para bien, y abras de par en par la ventana para que el de fuera pegue un salto y se meta del todo en tu casa, sintiéndote encantada de, por una vez, tener un público interesado en lo que te pasa. O bien que no sepas qué cara poner ni qué hacer cuando eres tú quien se convierte en la protagonista de la historia, y en lugar de escuchar te toca hablar.

A mi me pasa eso. Es tan raro que sea yo la observada, que no puedo evitar sentirme rara cuando los papeles cambian, y a la que miran es a mí. No soy capaz de abrir las puertas que tan fácilmente sé hacer abrir en los otros, y eso siempre choca. Incluso a mí me choca. Supongo que no es otra cosa que una peligrosa combinación entre la fuerza de la costumbre y mi carácter, tendente a la reserva y a discreción, sobre todo cuando las cosas no van bien. Una mezcla explosiva que, en ocasiones, me lleva a situaciones surrealistas.

Quedándome más sola y desvalida que nunca, justo cuando más necesito el calor y el apoyo de los demás....



No espero demasiado de la gente, en absoluto. Sin embargo, habría que tener una actitud muy escéptica ante el género humano para prever hasta dónde pueden llegar algunas personas cuando se proponen algo, aunque ese algo suponga pasar por encima de todo y de todos, a cualquier precio. Sería una forma de vivir y de mirar a tu alrededor basada en la desconfianza, en la incredulidad, en la alerta constante esperando que pasara lo peor, pensando siempre mal para después acertar y nunca sentirte estúpida de puro buena y tonta. Dando por hecho que todo el mundo es malo, hasta que se demuestre lo contrario, con especial prevención hacia esas personas que, de entrada, más confianza te inspiran. Siempre en guardia.

Sería una manera de estar a salvo, de protegerse, pero yo no soy capaz. A pesar de los batacazos que cíclicamente me hacen pensar, como cuándo iba al colegio, que yo me he perdido algo de la historia, porque para mí cuesta lo mismo hacer mal que bien, y hacer el bien es mucho mejor, para los demás y para uno mismo. Pero no aprendo. Es inútil. Aún a costa del malestar que me ha acompañado durante las últimas semanas, una tristeza desasosegante que me hace mirar atrás y sentirme estúpida por haber confiado, por haberme dejado engañar de ese modo, sé que volverá a pasarme. Volveré a pensar bien, volveré a confiar, volveré a abrirme, para luego descubrir que todo era un timo. Y volveré a encontrarme como ahora, dando gracias al cielo por mi lado prudente respecto a las relaciones personales, esa tendencia mía a la reserva que tanto daño me ha hecho en otras ocasiones, pero que ahora me ha salvado, bendiciendo esa timidez que tantas veces me ha perjudicado pero que de vez en cuando impide que acaben conmigo.

Debatiéndome entre la soledad y el sentimiento de cobijo y seguridad que genera, y la imposibilidad de asumir resignadamente que el infierno son los otros…

Lo peor de que alguien te defraude no es que esa persona pierda para ti toda su credibilidad y nunca más la mires igual, sino que ese chasco a nivel particular se extienda a nivel general, y que una experiencia concreta termine determinando tu predisposición y tus expectativas respecto al resto de la gente que conoces y con la que te irás encontrando a partir de ese momento. Es lo que tienen los desengaños, capaces de hacerte sentirte ingenua y estúpida, dejándote con la paranoica sensación de que la gente es más mala de lo que tu cortita e inocentona mente podíais imaginar.

Y no porque esperes demasiado: hace tiempo que aprendiste lo equivocado que es eso, sino porque tu imaginación, demasiado simple y de fondo honrado, con un punto ingenuo que no termina de corromperse a pesar del tiempo y las experiencias, no podía llegar sospechar tanta doblez, tanta maldad, tanta frialdad detrás de una máscara tan perfectamente conseguida de honestidad, buen rollito y profesionalidad.

Pagarán justos por pecadores, lo sé, aunque me consuele pensar que también pasa a veces al revés, cuando lo que tienes es una sorpresa positiva y de pronto lo ves todo de color de rosa, y todo el mundo te parece bueno. Pero llevarte un chasco gordo con quien menos lo esperabas es una manera de envejecer de pronto, y sin posibilidad, me temo, de un “lifting” moral que te vuelva a tu estado anterior al momento del desengaño. Y es que no hay vuelta atrás, aunque sé que seguiré pensando bien, porque es mi tendencia natural, y no acertaré, claro está, y volveré a patinar pensando que nadie puede ser tan rastrero. Sin embargo, no puedo dejar de reconocer, con cierta pena teñida de desencanto, que la Teresa que esta noche se meterá en la cama es un poquito menos cándida, mucho menos candorosa y bastante más escéptica y desconfiada en lo que respecta a los demás de lo que era la que se levantó esta mañana.

Así es la vida. Sí.

Lo cual no deja de ser triste.

Muy triste.