Alguien abandonó un sueño roto, pensando que terminaría sepultado por la arena, quizás arrastrado por las olas, y que él podría seguir adelante sin su sueño, oteando nuevos horizontes, más allá del mar, donde todo es posible, hasta que de nuevo todo se rompe. Lo que ese alguien no sabía es que nosotros nunca abandonamos a los sueños, aunque lo creamos, aunque se rompan y ya no nos sirvan. Aunque los dejemos tirados en la playa, esperando que se los lleve la próxima marea.

Son los sueños los que nos abandonan a nosotros.

Me pasé buena parte de mi niñez corrigiendo a la gente que, nada más conocerme, me rebautizaba, añadiendo a mi nombre un “María” que jamás existió en mi partida de nacimiento, ni tampoco en las cabezas de mis padres cuando decidieron que me llamarían igual que mi madre, con poca originalidad, pero con la ilusión de los progenitores primerizos. Y es que a principios de los años setenta, rara era la niña que no se llamaba “María Algo”, por lo que la gente, movida por la inercia de verse rodeados de marabuntas de “Marias del Carmen”, “Marias José” o “Marias del Pilar”, terminaba dando por hecho que, te llamaras como te llamaras, también te llamabas “María”. Creo que eso de que los demás pensaran así, sin ton ni son, porque sí, porque era lo más común, que yo me llamaba “María Teresa” me repateaba incluso más, y ya es decir, que cuando mis compañeras me cantaban en el recreo eso de “Teresa la marquesa, tipiti, tipitesa…”. ¿Por qué esa confusión, si yo siempre rellenaba fichas, formularios de matrícula, cuadernos y libros con mi nombre perfectamente escrito, con un “Teresa” claro y contundente, que no dejaba lugar a dudas? Luché inútil, pero ferozmente, por salvaguardar mi “Teresa” a secas, con un ahínco un punto laico y ligeramente ateo en un colegio de monjas, donde alguna madre franciscana, conmovida por el ardor con el que yo defendía mi único nombre, reconoció en público y para mi regocijo que la Teresa más famosa e ilustre de todas las Teresas, la de Avila, era Teresa, sin más, y bien lejos que llegó ella solita, sin necesidad de pagar el peaje de coser a su nombre el de la Santísima Virgen.

Me gustaba eso de no llamarme “Mari Tere”, ni “Maite”. “Teresa” sonaba mejor, más rotundo, como a señora lista, respetable y decidida, con carácter. Además, nunca coincidí en clase con más de una niña que se llamara como yo, con lo cual me pude permitir el lujo de que los profesores se dirigieran a mí casi siempre por mi nombre, librándome del suplicio de que me llamaran por el apellido, algo que siempre odié con toda mi alma. Me sonaba a cuartel, a una mili que no hice, como si en cualquier momento la profesora me fuese a pegar un sopapo, antes de mandarme al calabozo, o al despacho de la directora.

El colegio terminó, el instituto pasó rápidamente y la universidad me lanzó a un mundo en el que ya, sin lugar a dudas, yo era “Teresa”. Aunque en casa siguiera siendo “la Niña”, o “la Tere”, eso no importaba. Fuera era “Teresa”. Sin más. Al fin.

Sin embargo, cuando ya daba por hecho que había conseguido algo tan difícil como que el mundo me aceptara a pesar de no llamarme “María”, ocurrió algo. Inesperado y estúpido. Algo que me hizo sentir como si de repente, en medio de un campo de fútbol repleto de gente, todos dejaran de mirar el partido y se volvieran a mirarme a mí, y, a coro, cuarenta mil personas me cantaran “Teresa la marquesa”…

Cinco letras. “Esas” cinco letras. Fatídicamente dispuestas, una detrás de la otra, en el lugar menos adecuado del mundo: delante de mi nombre, en el cartoncito rosa que me permitiría conducir un coche durante los próximos diez años. Y es que de la manera más tonta, de la noche a la mañana, con los veinticinco años ya cumplidos, por el capricho o el despiste de un funcionario, durante los siguientes tres mil seiscientos cincuenta días de mi vida, de manera oficial y con la bendición de la Dirección General de Tráfico, de nuevo yo ya no era yo.

Era “María Teresa”.

Somos los libros que hemos leído, pero quizás seamos más aún los que nunca llegaremos a leer. Los libros que esquivamos, voluntariamente o sin querer, o los que nos evitan a nosotros, escondiéndose de nuestros ojos o poniéndonos delante a otros, que distraen nuestra atención y nos hacen ignorar a los primeros para siempre. Por eso terminan siendo tan importantes: porque pasan por nuestra vida y por nuestro espíritu, o no pasan jamás, y tanto su presencia como su ausencia tienen el poder de configurar nuestra alma de una manera determinada y definitiva, quizás sólo decidida por una buena foto de una portada sugerente frente a una demasiado sosa, o porque gane el pulso nuestro monedero y se lleve el gato al agua la edición de bolsillo frente a una edición demasiado ostentosa para nuestro presupuesto.

No somos más que los libros que quedaban en la biblioteca antes de que llegaramos.

Y los que nuestra paga semanal nos permitió comprarnos…

Hay palabras que abren cielos.

Y frases que cavan tumbas.

Hay silencios en los que cabe un universo entero.

Y calladas por respuesta como agujeros negros, que lo engullen todo.

Te despiertas con el móvil, sobresaltado por una musiquilla ratonera o con un politono del canto de un gallo. Desayunas con las noticias de la radio, pensando en que no se te tiene que olvidar el MP3, porque el trayecto en el tren es largo y potencialmente aburrido. Seguramente, en tu oficina tendréis hilo musical, aunque siempre nos quedará el Windows Media Player del ordenador… Comes en un restaurante de menú con la televisión a todo meter, mientras te enteras con pelos y señales de lo cabrón que es el jefe del tipo de la mesa de al lado. Sales de trabajar, y corres a hacer la compra a un supermercado con el disco más vendido del momento sonando a todo volumen. Cenas con la tele puesta, y con ella te adormeces en el sillón, hasta que, vencido por el sueño, te vas a la cama.

De forma consciente o sin darnos ni cuenta, huimos del silencio, como si nos aterrorizara mirarlo de frente. Lo esquivamos con agilidad felina, quizás porque es el único capaz de imponerse ante el resto de las cosas que nos distraen, y nos obliga con férrea energía a enfrentarnos al ruido más ensordecedor de todos: nosotros mismos.

Y el silencio se convierte en una palabra cada vez más ausente de tu vida…

Hay momentos en los que se hace necesario dar un paso atrás para poder guardar el equilibrio, y evitar caerte. Porque ya no puedes permitirte un solo golpe más. Ya te has caído demasiadas veces, y sabes que si vuelves a besar el suelo, no lo soportarás. Todo el mundo tiene un límite de piel libre en las rodillas, y un día cualquiera resulta que no cabe ni una sola costra más.

Cuando menos te lo esperas, tú, que has aguantado carros y carretas, dices “Basta”. Te oyes decir “Basta” y no reconoces tu voz, pero eres tú, y sabes que ya no puedes seguir adelante. Es preciso parar. Porque ves que has llegado a un punto en el que el objetivo se reduce a conseguir dejar de tambalearte y recuperar la compostura. Después vendrá lo de respirar hondo y seguir adelante.

Aunque sea con la etiqueta de fracasado pegada a la espalda…

Haiku (XII)

Cálido abrazo.
Abrigo de tormentas.
Puerto seguro.