AMOR DE MADRE
"Sólo aquello que se ha ido es lo que nos pertenece. "
Jorge Luis Borges
- Haz caso a la abuela. Cómetelo todo. Y no te caigas, que aún tienes costras en la rodilla del ultimo trastazo con la bicicleta. Y límpiate esas gafas, que ni ves. Anda trae…
- Vale.
- Ya verás qué pronto pasa esta semana. Cuando quieras recordar, estamos otra vez aquí.
- Ya.
- Oye, oye. No te amohínes ahora, que fuiste tú la que dijo que quería quedarse. ¿No te estarás arrepintiendo?
- No.
- Pues claro que no. Lo pasarás muy bien. Además, tienes a los primos, podrás jugar con ellos, que siempre te quejas de que tienes que jugar sola.
- Bueno.
- Anda, dame un beso.
La vio irse con rapidez, meterse en el taxi de su padre, e incluso oyó cómo le decía con impaciencia “Venga, arranca”, todo como quien ve una película, o quizás un poco como el que sueña y se ve a si mismo desde fuera, como un espectador incapaz de cambiar el guión de lo que se desarrolla ante sus ojos. El coche se alejaba calle abajo, hasta girar en la esquina del cuartel, y perderse del todo, sin que ella pudiese despegar los pies del suelo, a pesar de las ganas que tenía de salir corriendo detrás, gritando que pararan, que la dejaran montarse y volver con ellos a casa. Con ese giro de volante se marchaba todo su mundo conocido, su padre y su madre, y por primera vez en la vida supo lo que era sentirse sola y también estarlo. Aunque su abuela contase, e incluso su abuelo, tan seco y taciturno siempre, pero no era lo mismo. La abuela María estaba bien para un rato, para irse a comprar el pan con ella, y que sus vecinas le dijeran: “Pero, María, ¿ésta es tu nieta, la de Madrid? Qué moza está ya.” Con ella podía hacer cosas que su madre jamás aprobaría, y lo mejor de todo, cosas que su abuela nunca confesaría haber hecho, creándose así entre abuela y nieta una complicidad ilícita y clandestina de lo más emocionante. A la mujer le gustaba comprar cosas, muchas cosas, algunas de ellas necesarias, pero la mayor parte inútiles. Siempre había algo de oferta en la tienda del Señor Paco, y no, no había comprado otras cortinas para su habitación teniendo unas casi nuevas. Lo que había pasado era que le habían regalado el corte de tela al comprar cuatro pares de medias de las que estaban de oferta. Ella sabía que no era verdad, había estado con su abuela en la tienda del señor Paco, y no había ni rebajas, ni saldos, ni nada: el tendero, un zalamero irresistiblemente convincente, sabía cómo conseguir que su abuela no saliera nunca de vacío de allí, y lo mejor de todo, sin pagar nunca. “Yo te lo apunto, María, tu no te preocupes y llévate lo que te haga falta”. Sí. Era emocionante ir de compras con su abuela. Sin embargo, a pesar de haber podido abusar de su generosidad sin límites y de ese afán gastador capaz de fundir en una semana lo que tenía que durarle un mes, nunca lo hizo. Era su abuela la que insistía en comprarle caramelos en bolsas de a kilo, gomas para el pelo de todos los colores o polos de hielo para después del bocadillo de la merienda, los mismos que su madre le tenía estrictamente racionados por culpa de unas anginas demasiado propensas a dar la lata. “Tú cómetelo despacito, no lo muerdas, sólo chupa, y verás cómo no pasa nada…”.
Sobre el papel, una semana a solas con sus abuelos era un trozo de paraíso en medio del cansino calendario veraniego, un paréntesis de libertad sin freno y diversión garantizada. En la realidad, era una condena de siete días con sus siete noches, angustiosos e interminables, un error de precipitación y osadía en un arrebato de sentirse mayor y hacer lo que todas sus amigas hacían: irse una semana a veranear con los abuelos. En teoría, tenía el pueblo entero a su disposición para corretear y jugar al escondite hasta las doce de la noche, mientras sus abuelos tomaban el fresco. En la práctica, no le quedaba otra que jugar con sus primos, que eran unos cafres, cariñosos y simpáticos, pero también brutos e incongruentes, capaces de liarse a pedradas con los chicos de Madrid que veraneaban en el pueblo, sólo porque eran “forasteros”, y en la misma tarde dejarse patear y castigar por defender a su prima, aunque también fuera de la capital…
Sin embargo, a pesar de la aprensión que le atenazaba el estómago cuando miraba a su abuela trajinar en la cocina, y pensaba en lo mucho que echaba de menos las patatas fritas de su madre, su mente consiguió el milagro de arrinconar a ratos cada vez más largos los pensamientos relacionados con su progenitora. No tardó más de tres días en dominar el deje paleto con el que hablaban sus primos, comiéndose muchas eses y dando a sus frases ese tonillo asilvestrado que la convirtió en “la prima que vive en Madrid pero no es forastera”. Sin darse apenas cuenta, descubrió que podía vivir sin la aprobación constante de su madre, sin su sombra reconfortante, pero opresiva, y vio con asombro cómo las cosas podían hacerse de otra forma, sin que pasara nada. Y comprobó que esa posibilidad de cambio le gustaba. Mucho. A pesar de que a ratos añoraba rabiosamente los brazos de su madre, supo con una certeza dolorosa y lúcida que llegaría un día en el que no los necesitaría para nada, y aún así sería feliz, porque las cosas serían diferentes, pero no por eso peores.
Cuando vio bajarse del coche a su padre sonriente y a su madre corriendo hacia ella para darle besos y achuchones hasta el agobio, se dio cuenta de que quizás ya no tenía tantas ganas de volver a casa, aunque le dio un poco de miedo reconocerlo, y apartó de su mente el pensamiento rápidamente, como si quemara. Y supo que no era la misma que se quedó en tierra la semana anterior. Lo vio claramente, incluso antes de que su madre le dijera que estaba más alta.
Porque lo que ni siquiera su madre podía saber, por muy lista que fuera, por mucho que la mirara y la volviera a mirar, era que su niña había crecido más en esos siete días que en los siete años que había pasado agarrada a su mano…
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jueves, noviembre 01, 2007
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3:43 PM