Dicen que hubo un tiempo en el que los hombres conquistaban a las mujeres con versos. Lograban atarlas para siempre a ellos con lazos hechos de palabras. Rendían voluntades con paciencia infinita, y estaban dispuestos a dar un mundo a cambio de una mirada. Cuando las palabras no lograban su objetivo, esos hombres sabían retirarse, vencidos, pero no derrotados. Algunos ponían tierra de por medio, y terminaban sus días en territorios inexplorados, lo bastante lejanos como para amortiguar el dolor del desamor. Allí cazaban bisontes, o evangelizaban a nativos, y el recuerdo de la amada desdeñosa se desvanecía entre el sudor del campamento, o se enredaba en las mosquiteras de la misión. Otros hombres no correspondidos en su amor cerraban los ojos, apretaban los dientes y se embarcaban en guerras de donde sabían que no regresarían. Aunque a veces regresaban, y comprobaban que la vida había seguido su curso, a pesar de ellos, sin contar con ellos, aún a costa de su dolor, sembrando ahí donde ellos pensaron que no crecería nada. Algunos hombres que amaron sin que les amaran guardaban la negativa en algún rincón de su alma, bien profundo, donde nunca entrarían sus futuras esposas, pero al que acudirían en algunos momentos de sus vidas, preguntándose con cierta amargura qué hubiese pasado si lo que no pudo ser, hubiese sido.

Eso debió ser en un pasado muy, muy remoto, porque desde hace algunos años a demasiados hombres les cuesta aceptar que las cosas no siempre son como uno quiere. Quizás lo fuesen cuando eran pequeños, y una pataleta a tiempo solucionaba cualquier contrariedad. Pero cuando uno crece, hay que aprender a aceptar lo inevitable. Tarea difícil, en un mundo en el que nos enseñan a luchar por lo que queremos, pero no a retirarnos a tiempo y asumir que nos han derrotado. Tampoco en el amor. Hay hombres que no pueden aceptar el fracaso. Son incapaces de admitir que han perdido, y no pararán hasta que, de verdad, lo pierdan todo.

Corren tiempos en los que una mujer puede firmar su sentencia de muerte con una palabra.

“No”.

El amor visto por un hombre:
"Eso de los besos..."

... y no digo su edad.

Aprendes, y al mismo tiempo que adquieres nuevos conocimientos, ese nuevo saber elimina ingenuidades, mata ilusiones, debilita certezas. La inocencia recula y deja su hueco al desencanto. El factor sorpresa cada vez más endeble no consigue hacer su trabajo, nada logra sobresaltarte, y crees que lo has visto todo, porque así es. Dominas una parcela de tu mundo, y cierras los ojos a lo que está fuera, porque es más cómodo y seguramente no te haga falta para nada. Es sólo cuando consigues darte cuenta de que existen cosas que aún te quedan por ver, y que quieres verlas, que lo necesitas tanto como lo necesitaste antes, cuando aún no sabías casi nada, es entonces, en ese momento cuando te das cuenta de que quizás estés salvado, a pesar de todo. Que la sabiduría no es dañina, y que puede sorprenderte la propia sorpresa.

Aprendes, y sabes que ya no habrá muchas primeras veces. Y reconoces que quizás lo único que compensa cada una de esa pequeña muerte es la posibilidad de compartir lo que ya sabes. De tener en tu mano el conseguir ese brillo en los ojos de otro, que gracias a ti descubre un universo del que no tenía ni idea.

Dicen que eso es la experiencia. Otros lo llaman madurez...

Yo no debo estar demasiado madura todavía, al menos no lo suficiente para caer del árbol de la ingenuidad y empezar a moverme por el suelo de la adultez plena. Porque aún me sorprendo. Todo el tiempo. De manera brutal, en ocasiones. Más que antes, si cabe.

Y es que cuanto más vivo, más cuenta me doy de lo mucho que me falta por vivir. Las cosas que me suceden no se limitan a afectarme más o menos: me estremecen y me trastornan hasta límites preocupantes, tanto si son buenas como si son malas. Lo negativo, por sí mismo, y sin posibilidad de resguardarme en la corteza que deberían haberme formado los años y las malas experiencias anteriores, y que no existe en mi alma. Lo positivo porque tengo una especie de síndrome de Sthendal que consigue angustiarme en los momentos más dichosos, como si no pudiera soportar ser la poseedora de ese instante de felicidad.

Yo no vivo: siento.

AMOR DE MADRE

"Sólo aquello que se ha ido es lo que nos pertenece. "
Jorge Luis Borges

- Haz caso a la abuela. Cómetelo todo. Y no te caigas, que aún tienes costras en la rodilla del ultimo trastazo con la bicicleta. Y límpiate esas gafas, que ni ves. Anda trae…
- Vale.
- Ya verás qué pronto pasa esta semana. Cuando quieras recordar, estamos otra vez aquí.
- Ya.
- Oye, oye. No te amohínes ahora, que fuiste tú la que dijo que quería quedarse. ¿No te estarás arrepintiendo?
- No.
- Pues claro que no. Lo pasarás muy bien. Además, tienes a los primos, podrás jugar con ellos, que siempre te quejas de que tienes que jugar sola.
- Bueno.
- Anda, dame un beso.

La vio irse con rapidez, meterse en el taxi de su padre, e incluso oyó cómo le decía con impaciencia “Venga, arranca”, todo como quien ve una película, o quizás un poco como el que sueña y se ve a si mismo desde fuera, como un espectador incapaz de cambiar el guión de lo que se desarrolla ante sus ojos. El coche se alejaba calle abajo, hasta girar en la esquina del cuartel, y perderse del todo, sin que ella pudiese despegar los pies del suelo, a pesar de las ganas que tenía de salir corriendo detrás, gritando que pararan, que la dejaran montarse y volver con ellos a casa. Con ese giro de volante se marchaba todo su mundo conocido, su padre y su madre, y por primera vez en la vida supo lo que era sentirse sola y también estarlo. Aunque su abuela contase, e incluso su abuelo, tan seco y taciturno siempre, pero no era lo mismo. La abuela María estaba bien para un rato, para irse a comprar el pan con ella, y que sus vecinas le dijeran: “Pero, María, ¿ésta es tu nieta, la de Madrid? Qué moza está ya.” Con ella podía hacer cosas que su madre jamás aprobaría, y lo mejor de todo, cosas que su abuela nunca confesaría haber hecho, creándose así entre abuela y nieta una complicidad ilícita y clandestina de lo más emocionante. A la mujer le gustaba comprar cosas, muchas cosas, algunas de ellas necesarias, pero la mayor parte inútiles. Siempre había algo de oferta en la tienda del Señor Paco, y no, no había comprado otras cortinas para su habitación teniendo unas casi nuevas. Lo que había pasado era que le habían regalado el corte de tela al comprar cuatro pares de medias de las que estaban de oferta. Ella sabía que no era verdad, había estado con su abuela en la tienda del señor Paco, y no había ni rebajas, ni saldos, ni nada: el tendero, un zalamero irresistiblemente convincente, sabía cómo conseguir que su abuela no saliera nunca de vacío de allí, y lo mejor de todo, sin pagar nunca. “Yo te lo apunto, María, tu no te preocupes y llévate lo que te haga falta”. Sí. Era emocionante ir de compras con su abuela. Sin embargo, a pesar de haber podido abusar de su generosidad sin límites y de ese afán gastador capaz de fundir en una semana lo que tenía que durarle un mes, nunca lo hizo. Era su abuela la que insistía en comprarle caramelos en bolsas de a kilo, gomas para el pelo de todos los colores o polos de hielo para después del bocadillo de la merienda, los mismos que su madre le tenía estrictamente racionados por culpa de unas anginas demasiado propensas a dar la lata. “Tú cómetelo despacito, no lo muerdas, sólo chupa, y verás cómo no pasa nada…”.

Sobre el papel, una semana a solas con sus abuelos era un trozo de paraíso en medio del cansino calendario veraniego, un paréntesis de libertad sin freno y diversión garantizada. En la realidad, era una condena de siete días con sus siete noches, angustiosos e interminables, un error de precipitación y osadía en un arrebato de sentirse mayor y hacer lo que todas sus amigas hacían: irse una semana a veranear con los abuelos. En teoría, tenía el pueblo entero a su disposición para corretear y jugar al escondite hasta las doce de la noche, mientras sus abuelos tomaban el fresco. En la práctica, no le quedaba otra que jugar con sus primos, que eran unos cafres, cariñosos y simpáticos, pero también brutos e incongruentes, capaces de liarse a pedradas con los chicos de Madrid que veraneaban en el pueblo, sólo porque eran “forasteros”, y en la misma tarde dejarse patear y castigar por defender a su prima, aunque también fuera de la capital…

Sin embargo, a pesar de la aprensión que le atenazaba el estómago cuando miraba a su abuela trajinar en la cocina, y pensaba en lo mucho que echaba de menos las patatas fritas de su madre, su mente consiguió el milagro de arrinconar a ratos cada vez más largos los pensamientos relacionados con su progenitora. No tardó más de tres días en dominar el deje paleto con el que hablaban sus primos, comiéndose muchas eses y dando a sus frases ese tonillo asilvestrado que la convirtió en “la prima que vive en Madrid pero no es forastera”. Sin darse apenas cuenta, descubrió que podía vivir sin la aprobación constante de su madre, sin su sombra reconfortante, pero opresiva, y vio con asombro cómo las cosas podían hacerse de otra forma, sin que pasara nada. Y comprobó que esa posibilidad de cambio le gustaba. Mucho. A pesar de que a ratos añoraba rabiosamente los brazos de su madre, supo con una certeza dolorosa y lúcida que llegaría un día en el que no los necesitaría para nada, y aún así sería feliz, porque las cosas serían diferentes, pero no por eso peores.

Cuando vio bajarse del coche a su padre sonriente y a su madre corriendo hacia ella para darle besos y achuchones hasta el agobio, se dio cuenta de que quizás ya no tenía tantas ganas de volver a casa, aunque le dio un poco de miedo reconocerlo, y apartó de su mente el pensamiento rápidamente, como si quemara. Y supo que no era la misma que se quedó en tierra la semana anterior. Lo vio claramente, incluso antes de que su madre le dijera que estaba más alta.

Porque lo que ni siquiera su madre podía saber, por muy lista que fuera, por mucho que la mirara y la volviera a mirar, era que su niña había crecido más en esos siete días que en los siete años que había pasado agarrada a su mano…