LA CARTA

"Anunciad con cien lenguas el mensaje agradable; pero dejad que las malas noticias se revelen por sí solas." WILLIAM SHAKESPEARE

El sobre le esperaba sobre la mesa, encima de la pila de la correspondencia que su secretaría había dejado como cada día, al lado de la impresora, junto con un montón de facturas, recibos bancarios y folletos de publicidad. La carta destacaba entre las demás por su color tostado y por una caligrafía que hubiese reconocido entre miles de páginas manuscritas por miles de manos.

Nunca quiso guardar sus cartas. Ni las que recibía de ella, ni las que él enviaba, cuando se trataba de correo electrónico. Sus mensajes, los de los dos, estaban a buen recaudo en un lugar donde incluso cuando el papel se pudre y los bites se volatilizan, las palabras permanecen. Y lo hacen para siempre. O al menos, mientras él viviera. Eso era para siempre. Su ahora. “La eternidad es ahora”, le dijo ella un día. En ese instante descubrió de golpe y en su justa medida el valor del ahora. Y le asustó lo efímera que puede ser la eternidad.

Pero el sobre estaba ahí. Esperándole. Palpable y real. Sobre la mesa de su despacho, donde tantos otros se amontonaban cada día. Diciéndole “Ábreme. Soy tuyo”.

Supo que nada volvería a ser lo mismo si rasgaba la solapa de papel color mostaza, donde no aparecía el nombre del remitente, ni falta que hacía. Fue consciente de que estaba dando un paso que no permitía ser desandado…

No le importó.

LUZ (y II)

Mírala. Hacía días que no la veía por aquí. Qué guapa está, anda que no le queda bien esa falda… Me encanta cómo viste, sobre todo cuando enseña las piernas, debería ponerse menos pantalones... Pero ¿y él? Uy, hoy ésta viene sola... ¿Habrán reñido? Cuando digo que ahí hay algo… Paco siempre me dice “Que no, Luz, cómo van a estar liados, si no pegan nada, ella tan arreglada, él tan macarrilla”. Pero yo creo que sí, que algo hay, tiene que haberlo. El la observa con demasiado interés cuando ella no se da cuenta, me los he quedado mirando alguna vez y se nota un montón, aunque él se esfuerce por ser discreto, no lo consigue, el pobre... Pero ella no le sigue el juego, y le trata como a un amigo, ese compañero del trabajo que te cae especialmente bien, pero nada más. Esos amores no correspondidos, qué jodidos son… No envidio al chaval, si de verdad está por ella. Me recuerda a cuando yo llegué aquí, y conocí a Paco, tan gordito y tan salado, y lo mucho que me gustó. Normal, tanto verle, tantas horas juntos, tenía que terminar por gustarme, y a mí con que me traten un poco bien, ya me tienen en el bote. Lo que son las cosas, tuvo que alquilarme una habitación de su piso para que yo cayese del burro, y me diese cuenta de que era el gay más gay que había conocido… En fin.

Y el caso es que estos dos hacen buena pareja, a mi me gusta como quedan juntos. ¿Por qué no habrán venido en tantas semanas? ¿Estaría ella enferma? Hay tanta gripe y virus de esos que te dejan en la cama durante días… ¿Vacaciones? No, no es época. ¿Y él? ¿Dónde andará hoy? Jo, mira que soy cotilla… ¿A mí que me importará?

No quedan chocolatinas de las de chocolate negro. Y esas son las que le gustan a ella. A él le tiran más las de con leche, cuando me equivoco siempre se las intercambian. Tengo que apuntarlo, chocolatinas de negro, no se me olvide otra vez, que llevamos ya tres días sin ellas. Pues nada, hoy tocarán de chocolate con leche.

Cuánto tiempo sin verla. ¿Todo bien?" ¿Un café con leche? ¿O quizás un colacao? Hoy hace mucho frío…”

LUZ (I)

Atraviesas el vestíbulo del hotel y me miras. Me conoces de vista, aunque seguramente ni sepas cómo me llamo, a pesar de los muchos cafés que me has servido en los últimos tres años, los suficientes para saber no sólo cómo me gusta, sino otras cosas, a poco observadora que seas. Que soy una solitaria, aunque a veces venga acompañada. Que me gusta leer los periódicos en el sofá, en el que empiezo sentada y termino medio tumbada, como si estuviera en el salón de mi casa. Que en verano tomo café con hielo, y el resto del año con leche, aunque los días de mucho frío siempre termino pidiéndote un colacao.

La barra de la cafetería es tu territorio, aunque el comedor también reclama tu presencia. Un único camarero debe atender las mesas y estar pendiente de que ningún café tarde demasiado en ser servido. A mí no me importa esperar, tengo tiempo y tampoco vengo especialmente porque aquí el café sea una maravilla. Es más, cuando tú no estás tu compañero, ese regordete de la barbita, lo sirve mucho mejor, cremoso y perfecto en proporciones de café y leche. Sin embargo, muchos mediodías, después de comer, me refugio en ese rincón, el del sofá junto a la ventana, no para espantar la modorra de la hora de la siesta, sino más bien porque ese café es la excusa que necesito para hacer un paréntesis que me oxigene un poco antes de volver al tajo. Sin humo, sin ruido, conmigo misma, con mis lecturas y mis pensamientos.

“Cuánto tiempo sin verla. ¿Todo bien?". Quizás lo hagas con todo el mundo, es parte de tu trabajo resultar agradable, pero me has dedicado una sonrisa que ya es sólo mía, me pertenece, y me la guardo en el bolsillo, para más tarde, cuando me haga falta. Seguramente tenga que echar mano de ella luego, cuando alguien me pegue un grito a destiempo al que no sepa responder. Entonces recordaré tus ojos risueños y pagaré al faltón su desaire con un mohín pícaro, y él, desconcertado, tendrá que guardarse su agresividad para otro.

Te llamas Luz. Y ciertamente, tu sonrisa ilumina. Como lo hacen esas pequeñas cosas a las que no damos demasiada importancia hasta que empezamos a echarlas de menos.

La vida transcurre plácidamente, con método, incluso con monotonía, haciéndote creer que tú controlas lo que haces y apartas lo que no quieres hacer, pero realmente el volante no lo llevas tú. No eres más que un simple copiloto que de vez en cuando sugiere una nueva ruta, o indica que dentro de dos glorietas hay un desvío nuevo, pero la mayor parte del tiempo vas durmiendo al lado del conductor. Hasta que un día te despierta bruscamente un bache demasiado profundo, te zarandea con furia, y abres los ojos.

Porque una de las mejores cosas de ese regalo envenenado que es la vida es la capacidad que tiene para sorprendernos. Para mal, pero también para bien. Aunque creamos que ya lo hemos visto todo. Incluso a pesar de que existan verdades inamovibles, spoilers brutales que nos cuentan el fin de la historia cuando apenas comienza, como lo es enterarnos de manera clara y definitiva de que moriremos, sí, pero ¿cuándo? Sin embargo, eso que llaman "destino" o "azar" es un elemento saltarín y juguetón que de vez en cuando asoma su cara risueña y nos guiña un ojo, tirando de un manotazo todos nuestros planes y revolucionando lo que pensábamos que habíamos medido y estructurado de forma perfecta. Y aunque a veces la ruptura de nuestras previsiones nos desespere, en otras ocasiones es la única forma de dar giros inesperados a nuestras existencias cuadriculadas y estándar, y sólo esos quiebros bruscos de la vida consiguen despertarnos de nuestro letargo.

Yo estoy ahora mismo quitándome las legañas…

Una a veces se siente perdida, y se busca, pero no se encuentra. Ese momento, el de darse cuenta de que no estás para nadie, ni siquiera para ti, es un momento trágico, porque te quedas sin nada. O más bien, todo lo que tienes te sobra, porque te falta lo más importante: tú misma. Y sientes el vacío, el auténtico, ese en el que ni siquiera hay eco, una desolación absoluta dentro de ti y a tu alrededor, y te ves más sola de lo que has estado y estarás nunca. Infinitamente más de lo que en realidad estás. Una ilusión óptica de la que eres consciente, pero cuya certeza no logra reconfortarte lo más mínimo. Quizás no estés sola, pero te sientes absolutamente desamparada. Porque lo que te falta es algo que, por habitual, no nos damos cuenta de que necesitamos más que nada ni nadie. Porque uno mismo puede ser una buena compañía, la mejor, y cuando te sientes así, incluso ella te falta. Y te echas terriblemente de menos.

¿De dónde viene y qué es esa fuerza devastadora que te lleva hasta ese agujero en el que no hay nada ni nadie, ni tú siquiera? Ni idea. Quizás si lo supiera sabría salir del hoyo cuando me caigo en él. Pero no tengo el plano del laberinto, qué más quisiera yo. Le compraría el mapa al pirata que me lo vendiera, pero no creo que me sirviera de mucho. Cada uno ha de encontrar la forma de salir, y lo que vale para uno, es inútil para el resto. Cuando me pierdo, me muevo a tientas por una oscuridad absoluta, probando un camino que termina en nada, intentándolo por otro sendero sin éxito, tropezando de nuevo, y volviéndome a levantar. Es una búsqueda que no por conocida y repetida deja de ser dolorosa y dura, aunque supongo que de nuevo terminaré encontrando la salida.

Siempre se encuentra.

Si no, no habría llegado hasta aquí.

Después de mucho pensar sobre ello, he decidido que este blog no se convierta en algo parecido a una oficina a la que tengo que venir a fichar regularmente, porque si no me despedirán. No quiero sentirme culpable por no escribir, y últimamente me está pasando eso. Quiero dejar de agobiarme ante la página en blanco, que me mira con odio, reprochándome que llevo más de una semana sin actualizar.

Y es que cuando los placeres se convierten en obligaciones, llega el momento de rebelarse. De plantarles cara, y dejar claro que quien decide eres tú.

Yo he decidido rebelarme. No cerraré esta ventana, la necesito, quizás más que antes, cuando escribía a diario. Aunque parezca contradictorio, me hace falta saber que la ventana sigue abierta. Pero sólo vendré por aquí cuando realmente lo desee, no porque ya toca, sino cuando tenga algo que decir que merezca la pena. Cuando necesite hacerlo. Cuando la sola idea de escribir consiga despertar en mí ese vértigo delicioso que apenas recuerdo ya. Como cuando empezaba. Hace tanto que ya apenas me acuerdo.

Quiero recuperar algo que he dejado en el camino. Y para eso, no puedo seguir avanzando.