Nunca he sabido jugar bien al ajedrez. Sencillamente, porque cuando juego estoy demasiado ocupada en mis movimientos, voy a lo mío y se me olvida pensar en la estrategia necesaria para fastidiar el avance del otro, y, claro, así no hay manera de ganar.

Creo que me pasa exactamente igual en el resto de las cosas…

Pesan los años, pero más pesan las experiencias acumuladas a lo largo de la vida, hechos y vivencias amontonados sin orden ni concierto, como metidos al descuido en un desván demasiado lóbrego y polvoriento, en el que siempre da demasiada pereza ponerse a ordenar, porque nunca es el mejor momento y siempre terminas dejándolo para más tarde… Pero más tarde es nunca, y las cosas siguen pasando, y continúas guardándolo todo, lo bueno y lo malo, mezclado, dejando que se toquen primeras veces inolvidables y enésimas ocasiones dignas de ser borradas para la eternidad, contaminándose unas del espíritu de las otras. Por eso, cuando subimos al altillo a buscar algo, encontramos, claro que encontramos, como termina encontrando el desordenado caótico que sabe donde lo tiene todo, pero que necesita mover una montaña de trastos para encontrar lo que busca. Y mientras abrimos hueco entre la marabunta, nos topamos con lo que menos esperábamos, o lo que menos nos convenía reencontrar, y nos damos de nuevo cuenta de que nada se destruye en la memoria. Sólo se sepulta, o se disfraza, o se arrincona, pero nada desaparece del todo mientras nuestra mente esté operativa y nuestras neuronas mayoritariamente vivas, no sirve de nada autoengañarse con eso de que la distancia es el olvido, ni lo de que el tiempo lo cura todo, es mentira, ni siquiera los más expertos y vividos lo consiguen.

Pesa la vida, porque todo ocupa lugar. El saber y el sentir. Hay que llevarlo a cuestas, y duele el alma como cuando duele la espalda por no agacharse bien al coger peso, lo mismo da. Y a lo largo del camino no hay una consigna donde guardar tantas cosas que nos doblan y nos impiden andar deprisa y con brío. No hay un e-Bay de lo vivido donde deshacernos de lo que nos estorba, de lo que nos frena, de lo que nos para, así que toca seguir guardando, donde creemos que no molesta y nadie puede verlo, en ese trastero donde, cuando cogemos algo, corremos el riesgo de que el montón se venga abajo, y nos sepulte.

E intentas vivir. Enfrentarte al día a día como si no tuvieras en nuestras manos nada más que las próximas veinticuatro horas. O incluso menos. Como si no tuvieses otra cosa que el instante.

Porque no tenemos otra cosa...

Haiku (XIII)

Mi patrimonio.
Una sonrisa tuya
en el bolsillo.

Mi padre, que se jubiló hará unos dos años, trabajó durante casi toda su vida laboral como taxista. Taxista en Madrid, o sea, una de las especies urbanas más odiadas por conductores y peatones, sólo superada en desprecio por los policías municipales o los inspectores de hacienda. Para un tipo como él, tímido y con no muchas habilidades sociales, ése era el trabajo perfecto: todo el día solo, sin jefes ni compañeros con los que llevarse bien. Los clientes estaban ahí, claro, pero no era obligatorio darles conversación, ni seguirla si ellos entraban con ganas de hablar, así que no le suponía ningún problema soportarles, ni tampoco enturbiaba demasiado su gusto por ese trabajo. Un oficio quizás demasiado esclavo, pero también con un plus de libertad y autonomía que no todos los empleos ofrecen.

Una de las ventajas de que mi padre fuese taxista no era disponer de un coche para ir a los sitios cómoda y gratuitamente. No. El taxi era para trabajar, si teníamos que desplazarnos mi madre, mi hermano y yo, estaban los autobuses, el metro o los demás taxis. Nada de mezclar churras con merinas. Lo mejor de que mi padre se moviera por Madrid durante todo el día, y más aún su especial querencia por el barrio de Salamanca, era su gusto por sorprendernos cuando menos lo esperábamos con una bandeja de pasteles de una buena pastelería, unos caramelos Pez, unos Lacasitos o una tarrina de helado italiano de un delicatessen pijo cuando volvía por la noche. Era una extravagancia chocante ésa, sobre todo viniendo de un hombre que nunca mostró ningún interés en asuntos de regalos o felicitaciones, y siempre los delegó en mi madre. Sin embargo, conseguía crear un clima de emoción y suspense difícil de superar cuando las semanas pasaban sin que trajese nada. Hasta el punto de que mi hermano, cuando era un mico de cuatro o cinco años escasos, e intuía que ya tocaba cajita de bombones o bollería fina, salía disparado a la escalera nada más oír el timbre del portero automático, y mientras mi padre subía andando los cuatro pisos, se desgañitaba gritando: “Papaaaaaaaaaaa. ¿Traes algoooooo?” Entonces mi padre hacía sonar prometedoramente el plástico de la bolsa en la que le habían puesto la bandeja de pasteles, o sencillamente decía que no, que hoy no había nada. Y mi hermano se desmoronaba y arrastraba los pies, cabizbajo, metiéndose en casa haciendo pucheros, o, por el contrario, entraba en un estado de nerviosismo total, mientras seguía dando unas voces que, seguro que conseguían que los vecinos se partieran de risa mientras cenaban: “¿Qué traes? ¿Pasteles, bollos, algo?” Mi madre y yo no parábamos de reír hasta que entraban los dos de nuevo en casa, el padre y el hijo, con mi hermano dando saltos alrededor de la bolsa, como un perrito atolondrado.

Hoy, al volver de trabajar, he pasado por Mallorca y he comprado cuarto de pasteles.

Por los viejos tiempos.

Una vez escuché en alguna parte que si eres de los que se meten entre pecho y espalda una tableta de chocolate sin pestañear, o si te lanzas como un poseso sobre una bolsa de gominolas y nubes, significa que eres una persona que está bastante necesitada de afecto. Las ansias de chucherías dulces son en realidad deseos de sentirse querido, necesidad de ser amado.

Sin embargo, cuando lo que te apetece es ponerte ciego de aperitivos salados, gusanitos, cortezas, patatas fritas, almendras o kikos, lo que quiere decir es que en tu vida hay una preocupante falta de diversión. Que necesitas urgentemente meter un poco de vidilla a tu existencia, un extra de alegría y esparcimiento.

Por esa regla de tres, yo debo llevar una vida asquerosamente aburrida, aunque, eso sí, me deben querer un montón…

Una vez alguien me dijo que las personas somos islas. Trozos de tierra rodeados de soledad por todas partes, flotando en el océano de la vida. De vez en cuando, uno de estos islotes se cruza con otro, y durante un tiempo comparten el mismo horizonte, pero las corrientes submarinas suelen ser traicioneras y terminan por llevarse lejos a uno de ellos, mientras que al otro se le queda cara de tonto y el corazón vacío. En otras ocasiones se produce un fuerte impacto entre los dos, y las consecuencias pueden terminar siendo desastrosas: el atolón vuela por los aires, y cuando todo ha pasado, uno termina encontrando fragmentos de corazón ajeno en los lugares más insospechados.

Desde que te encontré, yo ya no soy una isla. Soy una península, unida a ti por una pequeña franja de tierra que consigue el milagro de que nunca me sienta sola del todo.

El istmo de tu amor.

Además de cocinar, poner texto a imágenes hermosas y contar la historia de dos desconocidos que se miran, ahora también pertenezco a un selecto círculo... Esta ha sido mi carta de presentación dentro del club:

YO SÍ LO HICE

La primera vez que sentí que las palabras tenían poder y que yo sabía usarlo no fue porque gracias a ellas consiguiera tocarle el corazón a alguien, ni porque fueran capaces de hacerme viajar por tierras desconocidas sin moverme del escritorio de mi habitación. Yo ya había experimentado esa fuerza de las letras impresas leyendo, desde muy pequeña, pero siempre como parte receptora, nunca como emisora. Por eso me sorprendió tanto cuando ocurrió. Me pilló por sorpresa, pero sobre todo me asustó. Porque las palabras, las que yo había usado tan ingenuamente para hacer los deberes de historia, como la empollona cumplidora que era, hicieron que alguien desconfiara de mi y que pensara que era una mentirosa.

Estaba yo por aquel entonces recién llegada al instituto, aún con el armario medio vacío de ropa normal después de diez años con el uniforme del colegio de monjas, y con la mirada maravillada de quien descubre que los chicos también existen fuera del descampado donde jugábamos al rescate o al balón prisionero, y puedes ir con ellos a clase, y algunos hasta son listos, brillantes incluso. El instituto era otro mundo, El Mundo, y ya resultaba bastante difícil moverse con soltura por allí como para que una de las primeras cosas que me pasara en mi nueva vida, la de adolescente mayorcita, fuese que me llamaran embustera.

Porque así me lo dijo la profesora, con todas las letras, cuando terminé de leer en voz alta, ante ella y todos mis compañeros. Primero intentó que lo confesara, quitándole importancia. "Venga, no pasa nada, reconócelo: te han ayudado a escribirlo. Eso no lo has hecho tú sola. ¿Quién ha sido? ¿Tu padre? ¿O quizás tienes algún hermano mayor que te ha echado un cable?" Ante mis negativas continuadas a confesar lo que no era cierto, la mujer lo intentó por una vía más coactiva. "Mira, Teresa, si no lo dices terminarás por conseguir que este trabajo te reste dos puntos al próximo examen. Sólo tienes que decir la verdad, a todos nos han hecho los deberes en algún momento, no es ninguna vergüenza". Pero yo no podía decirle lo que ella quería oír, que ese escrito no lo había hecho yo, porque sí que lo hice. Mi hermano por aquel entonces tenía cinco años, apenas sabía aquello de "ma-me-mi-mo-mu", y ni mi padre ni mi madre tienen estudios, así que difícilmente podían sacarse de la manga la entrevista imaginada a un asistente al Concilio de Trento que yo sí que inventé. Así que no, incluso a riesgo de suspender injustamente la próxima evaluación, no me dio la gana confesar. A pesar de las presiones y el apuro que me hizo pasar la señorita Amelia, de pie ante toda la clase, con el folio primorosamente mecanografiado en mi Olivetti Studio 46 en la mano y negando que lo ahí escrito no fuera mío. Mi cabezonería, tuvo, por supuesto, su precio. Y bien alto. Porque la amenaza no se quedó ahí: el ocho que logré en el siguiente examen se convirtió en un seis. De Notable a Bien.

Fue la primera gran injusticia de la que me sentí víctima en mi vida. Y la culpa la tuvieron las palabras. El saber usarlas demasiado bien. Sospechosamente bien. Pero yo tenía claro que ese texto, con toda su fuerza, aunque se revolviese contra mí, era mío. Y no estaba dispuesta a renegar de él, incluso si eso suponía hundirme y que los demás pensaran que no sólo era mentirosa, sino también orgullosa y soberbia.

Hace ya veinticinco años de aquello. Muchas cosas han pasado desde entonces. Las palabras me han permitido vivir intensamente. Como lectora y también como escritora. Descubriendo mundos a través de las de otros, pero también consiguiendo llevar lejos a los demás, a través de las mías.

Ellas han sido la llave que me han abierto las puertas del Círculo Solana.

A pesar de la señorita Amelia…

Me levanto temprano, tanto que aún es de noche. La oscuridad consigue que cada mañana sea una apuesta contra la meteorología que no siempre gano: aunque me asome a la terraza, el cielo está tan negro que nunca sé si el día apunta a ser nublado o hará sol. Saco el brazo, aún con el pijama puesto, pero no me sirve de nada: creo que siento el mismo frío en invierno que en verano, por el solo hecho de que es de noche y acabo de saltar de entre las sábanas, así que ese pequeño test no sirve de gran cosa. Sin embargo, lo hago desde hace años. No sé por qué. Tampoco me importa mucho. Me doy una ducha y desayuno. A veces pienso qué me pondré mientras mordisqueo una galleta, pero normalmente no lo hago. Hasta que no abro el armario, mi mente no empieza a pensar en qué me pondré ese día. Nunca preparo la noche antes la ropa del día siguiente.

Apenas ha pasado una hora desde que sonó el despertador cuando me dispongo a salir de casa. Sigue siendo de noche. Aún ignoro si el día será bueno o malo. En todos los sentidos. Nunca me he compartido la idea generalizada de que un día lluvioso es un día de mal tiempo, y uno soleado de bueno. Me gusta la lluvia, me encanta la niebla, y creo que me gusta más aún llevar la contraria y que me gusten precisamente esos días que la gente piensa que son asquerosos.

Salgo tan a ciegas de casa que más de una vez he tenido que salir corriendo, desde el portal hasta el coche, mojándome las medias y los zapatos de tacón. Saber si tendré que rascar el hielo de los cristales siempre es una sorpresa. Mis primeros minutos despierta son una incógnita, y eso es algo que me gusta. Aunque haya días que pase frío por ponerme sólo una camisa. A pesar de elegir la falda más corta y los zapatos menos sufridos precisamente el día que más llueve.

El día se abrirá ante mí, literalmente, mientras me acerco a la oficina. Aún no sé cómo será. ¿Un buen día? ¿O quizás malo? No quiero saberlo. Prefiero que las cosas pasen. Aunque, como con la meteorología, nada es lo que parece: puedes empezar la jornada llorando y pensando que está siendo un día nefasto, pero terminar cerrándolo con la sal seca de las lágrimas aún en tu cara y reconociendo que ése ha sido uno de los mejores de tu vida.

Y es que en esto pasa como con el tiempo, no sirve sacar el brazo por la ventana...

Un día te das cuenta de lo poco que te importan ciertas cosas, y al mismo tiempo descubres lo importantes que son otro buen puñado en las que antes ni te habías fijado, porque parecía que no iban contigo. Son fogonazos de lucidez a los que muchas veces no hacemos caso, porque el precio de una revelación de éstas es alto: no es posible volver atrás. La casilla de salida, sencillamente, desaparece bajo tus pies, y sólo queda huir hacia delante, como en los dibujos animados. Dejando el precipicio a tus espaldas. Sin saber lo que te encontrarás unos metros más allá. Y sin que te preocupe lo más mínimo esa incertidumbre.

A mí me ha pasado eso, unas cuantas veces ya a lo largo de mi vida, y siempre es curioso ver cómo los demás tardan en darse cuenta de que ya no estás en aquella guerra y de lo bien que te sienta haber salido de ella. Incluso es divertido ver cómo detrás de su actitud, algo escandalizada y perpleja, se adivina un punto verdoso de envidia del que mira lo que él nunca se atrevería a hacer. Pero nunca lo reconocerán, por supuesto, al contrario: cuando comprueban que lo que a ellos les parece tan fundamental y lógico para ti ya no significa absolutamente nada, te miran como si fueses de otro planeta.

¿Y si lo fueras?

¡CUIDADO!
¡CEMENTO FRESCO!

ESTOY DE OBRAS...

Sólo conocí su voz y su risa. Una voz fresca y alegre, joven y llena de entusiasmo, que siempre conseguía transmitirme la seguridad de que cualquier cosa que mi jefe me pidiera a mí y luego yo a ella, por rara y difícil que pudiera resultar, terminaría por conseguirla. Y así era. Siempre. Podía tratarse de un vuelo a Shangai con las menos escalas posibles y a precio de risa, o un coche alquilado con cinco puertas, automático y con GPS en un pueblo perdido de Baviera. Daba igual. Lo hacía posible. Nunca olvidó devolverme una llamada. Pronto me acostumbré a que fuera ella la que siempre me atendiera. Si no estaba, no me quedaba más remedio que acudir a cualquiera de sus compañeros, también amables y eficientes, pero sin esa chispa que ella tenía. Ese punto de interés más allá de lo profesionalmente necesario para que las cosas salieran bien. Cuando se iba de vacaciones, contaba los días para que volviera. Ya no podré hacerlo. Porque no volverá. Jamás.

Murió el sábado. Sólo tenía 30 años y un dolor en el cuello que no, no resultó ser una contractura.

Se llamaba Cande.

Volver sobre tus pasos tiene un efecto extraño. Por mucho que intentes poner los pies sobre lo que fueron tus huellas, no funciona. O te han crecido los pies y tus zapatos no encajan en tus antiguas pisadas, o tus zancadas son diferentes, más largas, más flexibles, y tu forma de andar se convierte en un chocante baile que hace que te tambalees.

Esta mañana he vuelto al pasado, sin proponérmelo. Sin darme cuenta, al ir a buscar otra cosa a la habitación verde, estaba sentada en el suelo, con la caja del puzzle de nuevo abierta. Un dejavu. Cuando he querido recordar, el suelo estaba lleno de hojas blancas, verdes y rosas, y ya llevaba casi dos horas leyendo cartas escritas hace quince años, por manos que ya no están, y por una Teresa que tampoco está, y en la que, sin embargo, reconozco algunos brochazos de la que llegó hasta aquí.

Hojas de gente muerta, de la literalmente muerta y enterrada, y hojas de gente perdida en el desagüe del tiempo, ése que se lo traga todo, salvo esas pocas cosas y personas que se quedan providencialmente en la esquina del fregadero y se salvan. ¿Estaré yo así, difunta y perdida, para mucha gente? Seguro que sí. Lo estoy incluso para mí misma. Tantas cosas que dejé en el camino, buenas y malas, pero sobre todo malas… Esta mañana me he dado cuenta de algo curioso: soy mejor que hace quince años. En muchos aspectos. He dejado en el camino muchos miedos, muchas inseguridades, muchos defectos que ahora miro con desdén, frunciendo el ceño ante una persona que, de encontrármela hoy, no me caería especialmente bien. Sin embargo, entre la hojarasca de esa persona que reconozco pero que ya no quiero, he encontrado cosas que son tan mías que me han hecho estremecerme. Esencia pura de lo que soy y siempre seré. De lo que siempre he sido, desde que era un mico, y que me temo que seré cuando sea una viejecita arrugada como una pasa, si es que llego tan lejos. Y me he dado cuenta de que hay cosas que nunca cambian, porque no tienen que hacerlo, y otras que sí, porque es necesario. Y que la vida, a través de mecanismos simples y básicos en ocasiones, o sofisticados y retorcidos otras veces, es la más sabia de todos, y siempre termina por poner las cosas en su sitio.

Estas fiestas he escrito cinco tarjetas de felicitación. He recibido cuatro, de las mismas personas a las que yo escribí. Apenas me ha hecho ilusión recibirlas. Uno de mis primeros propósitos para este año ha sido que no escribiré ninguno más. Nunca.

No he mandado ningún sms deseando felices fiestas a nadie. Yo he recibido tres. Uno no lo esperaba, porque ya había recibido un tarjeta por correo deseándome lo mismo, otro sí, y el tercero es un enigma. No sé quién me lo envió. Ni lo sabré nunca, me temo. Alguien me deseaba felicidad, a pesar de que nuestros caminos no volverían a encontrarse. Respondí al mensaje preguntando quién era. No hubo respuesta. Podría haber llamado al teléfono que aparecía junto al sms y salir de dudas, pero no lo hice.

Ayer borré todos los mensajes de la bandeja de entrada de mi móvil. Lo hago de vez en cuando. También borré los de salida.