La primera vez que sentí que las palabras tenían poder y que yo sabía usarlo no fue porque gracias a ellas consiguiera tocarle el corazón a alguien, ni porque fueran capaces de hacerme viajar por tierras desconocidas sin moverme del escritorio de mi habitación. Yo ya había experimentado esa fuerza de las letras impresas leyendo, desde muy pequeña, pero siempre como parte receptora, nunca como emisora. Por eso me sorprendió tanto cuando ocurrió. Me pilló por sorpresa, pero sobre todo me asustó. Porque las palabras, las que yo había usado tan ingenuamente para hacer los deberes de historia, como la empollona cumplidora que era, hicieron que alguien desconfiara de mi y que pensara que era una mentirosa.
Estaba yo por aquel entonces recién llegada al instituto, aún con el armario medio vacío de ropa normal después de diez años con el uniforme del colegio de monjas, y con la mirada maravillada de quien descubre que los chicos también existen fuera del descampado donde jugábamos al rescate o al balón prisionero, y puedes ir con ellos a clase, y algunos hasta son listos, brillantes incluso. El instituto era otro mundo, El Mundo, y ya resultaba bastante difícil moverse con soltura por allí como para que una de las primeras cosas que me pasara en mi nueva vida, la de adolescente mayorcita, fuese que me llamaran embustera.
Porque así me lo dijo la profesora, con todas las letras, cuando terminé de leer en voz alta, ante ella y todos mis compañeros. Primero intentó que lo confesara, quitándole importancia. "Venga, no pasa nada, reconócelo: te han ayudado a escribirlo. Eso no lo has hecho tú sola. ¿Quién ha sido? ¿Tu padre? ¿O quizás tienes algún hermano mayor que te ha echado un cable?" Ante mis negativas continuadas a confesar lo que no era cierto, la mujer lo intentó por una vía más coactiva. "Mira, Teresa, si no lo dices terminarás por conseguir que este trabajo te reste dos puntos al próximo examen. Sólo tienes que decir la verdad, a todos nos han hecho los deberes en algún momento, no es ninguna vergüenza". Pero yo no podía decirle lo que ella quería oír, que ese escrito no lo había hecho yo, porque sí que lo hice. Mi hermano por aquel entonces tenía cinco años, apenas sabía aquello de "ma-me-mi-mo-mu", y ni mi padre ni mi madre tienen estudios, así que difícilmente podían sacarse de la manga la entrevista imaginada a un asistente al Concilio de Trento que yo sí que inventé. Así que no, incluso a riesgo de suspender injustamente la próxima evaluación, no me dio la gana confesar. A pesar de las presiones y el apuro que me hizo pasar la señorita Amelia, de pie ante toda la clase, con el folio primorosamente mecanografiado en mi Olivetti Studio 46 en la mano y negando que lo ahí escrito no fuera mío. Mi cabezonería, tuvo, por supuesto, su precio. Y bien alto. Porque la amenaza no se quedó ahí: el ocho que logré en el siguiente examen se convirtió en un seis. De Notable a Bien.
Fue la primera gran injusticia de la que me sentí víctima en mi vida. Y la culpa la tuvieron las palabras. El saber usarlas demasiado bien. Sospechosamente bien. Pero yo tenía claro que ese texto, con toda su fuerza, aunque se revolviese contra mí, era mío. Y no estaba dispuesta a renegar de él, incluso si eso suponía hundirme y que los demás pensaran que no sólo era mentirosa, sino también orgullosa y soberbia.
Hace ya veinticinco años de aquello. Muchas cosas han pasado desde entonces. Las palabras me han permitido vivir intensamente. Como lectora y también como escritora. Descubriendo mundos a través de las de otros, pero también consiguiendo llevar lejos a los demás, a través de las mías.
Ellas han sido la llave que me han abierto las puertas del Círculo Solana.
A pesar de la señorita Amelia…
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jueves, enero 17, 2008
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11:25 PM