SUEÑOS SON
“Los ríos más profundos son siempre los más silenciosos”. Quintus Curtius Rufus
Era algo que todavía le hacía sentir raro. Y sabía que nunca se acostumbraría del todo a ello, aunque ya no le importase demasiado. En sus treinta y cuatro años de vida, después de haber pasado más de doce mil cuatrocientas noches durmiendo, no conseguía encontrar, a pesar de sus esfuerzos por escarbar en el archivo de su memoria, ni un solo recuerdo de haber soñado nunca.
Desde que chupaba de la teta de su madre, había dormido de un tirón, siempre, aunque estuviese malo. Ni la fiebre podía con esa manera de dormir suya, a la que sus padres se acostumbraron rápidamente, pasados unos primeros meses de extrañeza, de miedo incluso, turnándose para levantarse durante la noche y comprobar aliviados que seguía respirando. Cuando fue creciendo, incluso llegados esos momentos en los que las preocupaciones empezaron a torturarle, siguió durmiendo bien, profundamente, y sin recordar nunca lo que había soñado. Era inútil: por mucho que lo intentara no sabía cómo hacer para poder soñar, por lo que nunca pudo sentir en carne propia lo que era tener un sueño asombroso ni una pesadilla espeluznante.
Se dio cuenta de ello en el autocar que le llevaba cada día al colegio. Cuando sus compañeros de ruta se contaban unos a otros sus últimas pesadillas, con monstruos llenos de babas y sangre a borbotones, con carreras imposibles en las que los pies te pesaban una tonelada, él se quedaba callado y escuchaba atentamente, preguntándose cómo era posible que mientras dormían, a sus amigos les pasaran tantísimas cosas, a cual más rara y extravagante. Cuando vio que todos, absolutamente todos salvo él, contaban alguna historieta, intrigado, le preguntó a su madre qué era eso de soñar, y ella, sorprendida ante la cara seria de su hijo, le explicó lo mejor que pudo lo que eran los sueños, esa vida paralela que sucedía en nuestras cabezas mientras dormíamos. “Me tomas el pelo, ¿verdad, mamá? ¿Me estás diciendo que cuando duermes ves cosas, te pasan historias que son mentira y que cuando te despiertas te acuerdas?”
Así era. La gente soñaba. Cuando él cerraba los ojos y se hacía el vacío absoluto durante unas horas, los demás seguían viviendo. Y vivían historias terroríficas, que les hacían llorar y gritar, y sus madres se levantaban de la cama para darles un poco de agua y un abrazo, antes de volver a cerrar los ojos y seguir durmiendo. Otras veces lo que soñaban eran cosas buenas, casi siempre algo extrañas, pero divertidas por su rareza: se encontraban con gente de la serie de televisión que habían estado viendo antes de acostarse, o viajaban a lugares lejanos donde nunca habían estado antes. Algunos se iban en pijama a la calle, otros jugaban en el Real Madrid y ganaban la liga y había incluso quien se casaba con la profesora más maciza del colegio. Era como vivir dos vidas, la de verdad y la de mentira, una de noche y otra de día.
Pero él no tenía sueños. O, como le explicó su padre, no podía acordarse de lo que había soñado. Cuando entendió lo que significaba soñar intentó recordar algo nada más abrir los ojos, pero fue inútil. Nada. Un agujero negro, tan oscuro como su habitación cuando su madre le bajaba la persiana hasta abajo, donde no ocurría nada, absolutamente nada. Pero él quería soñar. El también quería vivir más, muchas otras vidas, distintas por completo a esa rutina diaria, de casa al colegio y del colegio a clases de judo, de deberes, baño y a la cama. Pasar miedo, si era preciso. Despertarse con el corazón acelerado y lágrimas en los ojos. Necesitaba hacerlo, para poder contar también sus aventuras nocturnas, y conseguir que los chicos del autocar se quedaran con la boca abierta. Terminaría convirtiéndose en un paria escolar si seguía siempre callado, sin meter baza en las conversaciones y diciendo siempre que no, que él no había soñado nada. Si sus compañeros se enteraban de que era incapaz de soñar, entonces si que estaría acabado. Del todo.
Fue entonces cuando decidió que él también soñaría. Con los ojos abiertos. Mientras desayunaba en silencio, o cuando coloreaba sus dibujos, incluso al mismo tiempo que jugaba con su circuito de coches de carreras, sentado en la alfombra. Su padre le explicó que era posible hacerlo cuando le vio tan angustiado como para pedirle que le llevara al médico a que le recetara algo para poder soñar, como todo el mundo. Así descubrió que se podía soñar sin tener que meterse en la cama y cerrar los ojos. Los sueños, le dijo su padre, son también esas cosas que imaginamos y que no son verdad, porque sólo ocurren en nuestra cabeza. Y lo mejor de soñar sin dormir es que tú eliges el contenido del sueño. Te puedes ahorrar las pesadillas que hacen que te despiertes sudoroso y aterrorizado, y dedicarte a vivir sueños llenos de emoción y aventura, poblados de superhéroes y chicas preciosas, en las que todo te sale bien y nunca pierdes.
A partir de entonces, siguió escuchando camino del colegio lo que sus compañeros contaban, pero había días en los que también hablaba él. Y cuando lo hacía, decenas de cabezas se arremolinaban en torno a su asiento, ansiosos de escuchar lo que había soñado la noche antes. Eran inútiles los gritos de la cuidadora intentando que se sentasen correctamente; lo que contaba era demasiado emocionante, y había que estar ahí, cerca, para no perderse ni un solo detalle.
Los años pasaron, él saltó del colegio al instituto, y luego a la universidad, y sus noches siguieron siendo oscuros sumideros por los que las horas se perdían, vacías de contenido. Siguió sin tener sueños ni pesadillas cuando dormía, pero ya nunca dejó de soñar despierto. Cada vez más. Inventando historias y contándoselas a todo aquel que quisiera escucharle. Con el tiempo, llegó a conseguir que le pagaran por hacerlo.
Se había convertido en un escritor.
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domingo, febrero 03, 2008
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8:25 PM