No suelo ser irónica, ni sarcástica, no por méritos propios de autocontrol o buena educación, sino por puro carácter. Me viene de serie, vaya. Si tengo que decir algo negativo o poco grato para el otro, lo digo, a las claras, rápida y expeditivamente, sin tampoco echar mano de lo políticamente correcto, sino yendo al grano y acabando lo antes posible. Sin embargo, cuando es a mí a quien se dirigen con alguna puya ofensiva o con retintín mordaz, con dobles sentidos cargados de mala hostia, deben tocarme algún resorte oculto que se activa instantáneamente, porque en esos momentos puedo ser lo más desagradable y dañina que te puedas echar a la cara. El efecto de mi bordería es doble, porque por un lado mi interlocutor no se libra del guantazo inmediato, de los de mano abierta, de los que escuecen y duran, aunque no se vean. Mi sarcasmo es rápido y afilado, sin medias tintas ni límites, cortante como un bisturí. Y duele, soy consciente que jode pero a base de bien. Pero quizás lo mejor sea la sorpresa y el desconcierto al ver a la pava de Teresa crecerse de esa manera tan inesperada e incongruente con lo que conocen de mí hasta ese momento, que duplica el efecto ofensivo y mi descojone interior mientras asisto al espectáculo. Me pasa pocas veces, pero cuando ocurre, es tan divertido que paso del cabreo a la carcajada en décimas de segundo. Supongo que ser mala persona de vez en cuando también tiene su punto. Sobre todo cuando es en defensa propia, y funciona tan bien.

Otro día hablaré de lo poco que me gustan los graciosillos que te pegan la puñalada con una sonrisa de oreja a oreja, y enseguida dicen eso de "Vaaaaa, que era broma…"

Cuando pienso en la cantidad de personas que he visto entrar y salir de mi vida desde el primer día que salí de casa para ir al colegio, me dan ganas de hacer una lista y escribir al lado de cada nombre un pequeño resumen de mi historia con cada uno. Es la única forma que conozco para intentar atrapar lo poco que me queda de ellos, y conseguir que su recuerdo no termine yéndose del todo por el desagüe del olvido. Lo he intentado alguna vez, y podría ser algo parecido a esto, exceptuando el pequeño detalle de que los nombres, que me los acabo de inventar:

1) Isabel: no consigo acordarme de su apellido. Fue conmigo al instituto, al menos en 1º y 2º de BUP, luego soy incapaz de recordar si cogió ciencias o letras, como yo. Durante unos meses fuimos muy amigas. Concretamente, durante el verano del mundial de fútbol. Sí, el del Naranjito. Me contaba intimidades que me sacaban los colores. Yo era mucho más pava que ella en temas de chicos, pero incluso de no haberlo sido, nunca hubiese sido capaz de hablar de esas cosas con ella. Supongo que eso significa que realmente nunca fue amiga mía.

2) Leonor: coincidí con ella en mi primer trabajo. Era la secretaria del jefe, y ejercía de ello. No hacía nada, salvo coger alguna llamada y abrir el correo y dejarlo sobre la mesa de su jefe, que nunca estaba en la oficina. Vivía en Guadalajara, y creo que terminó aburriéndose de hacer tantísimos kilómetros al día para estar sentada en una silla esperando que dieran las 6 de la tarde. Me dio una receta para hacer una quesada que sigo haciendo desde entonces, y que no ha sido superada por ninguna otra que haya probado a hacer después.

Y así, hasta el mensajero de DHL, el tipo más alegre y agradable que he conocido en toda mi vida y que veo dos veces al día, cinco días a la semana. Sin olvidar a la gente de la universidad, los vecinos de mi antiguo piso o la señora de la limpieza que me vacía la papelera cada día.

Es ésta una idea que me atrae y me ronda desde hace tiempo, pero que me repele y me da miedo a partes iguales. Me gusta porque tengo un lado metódico y organizado que disfrutaría muchísimo guardando unas historias que son la mía, y que dibujarían un mapa muy preciso de mi vida. Me atrae la posibilidad de ver cómo la memoria borra piadosamente a ciertas personas cuyo recuerdo hiere, o sorprenderte al comprobar que aquellas figuras que creías borrosas de pronto surgen rotundas, porque te marcaron, más de lo que imaginabas, y de pronto te encuentras recordando nombres, y apellidos, y hasta el teléfono de esa amiga tuya del autocar a la que tu madre nunca te dejaba llamar porque, a fin de cuentas, la ibas a ver mañana… Lo que me asusta de este viaje al pasado no es comprobar cómo he olvidado algunas caras, muchos apellidos y un buen puñado de nombres. Lo que me aterroriza es darme cuenta de que, después de todos mis esfuerzos por evitarlo durante tanto tiempo, mi círculo de gente cercana sigue siendo minúsculo.

Como si de una estación de metro con un trasbordo concurrido se tratara, me cruzo con gente, creo que la conozco y durante una temporada la hago mía, vivo la ilusión de que formo parte de algo, pero es mentira.

La gente entra y sale de mi vida, pero no se queda…

Hace años empecé algo que quería ser una novela. Sólo tenía claro el título y una idea básica, mínima, pero que me pareció lo suficientemente atractiva como para perder un poco de mi tiempo en intentarlo. A partir de ahí empecé a tirar del hilo. No conseguí nada más que un puñado de páginas, antes de que el hilo se me rompiera y me quedara con un trozo en la mano. Un palmo de hilo inútil que dejé olvidado en una carpeta, en alguna parte de mi ordenador. Luego abrí este blog, empecé a sentirme cómoda escribiendo posts, y me olvidé para siempre de aquello. El mundo de la novela seguiría adelante sin mí.

He vuelto a releer aquello, y creo que lo único que se puede salvar es el título. Hay párrafos que siguen siendo buenos, pero el conjunto es decepcionante. Son palabras muertas, sin vida dentro, como un puñado de mariposas disecadas que, al volver a sacar del cajón, se han convertido en polvillo de insecto momificado. La idea que me parecía tan brillante hace unos años ha perdido fuerza, como una gaseosa que olvidaste en la mesa sin el tapón puesto. O quizás soy yo la que ha cambiado en todo este tiempo. Sin embargo, ver ahora mi fiasco novelístico, cómo todo se quedó en nada pudiendo haber hecho algo, ha espoleado mi amor propio y mis ganas de intentarlo de nuevo. Supongo que, después de todo, no termina de gustarme fracasar. Así que estoy pensando en intentar encontrar un nuevo hilo, y tirar de él.

Quién sabe lo que vendrá detrás…

Dentro de mes y medio hará cinco años que abrí este blog. Me parece una barbaridad de tiempo, un montón de historias contadas, mucha ilusión puesta en algo que empecé cuando casi nadie sabía lo que era esto, y muchas horas empleadas en una tarea que no sé hasta qué punto tiene sentido. Quizás todo su sentido se lo den las personas que lo leen. O quizás no, y yo lo necesite para pensar, para saberme, para comprobar que sigo viva... No lo sé. El caso es que sigo aquí, después de aquel frenazo en seco que tuve di durante unos meses, en los que, lo confieso aquí y ahora, seguí escribiendo en otro sitio, incapaz de prescindir de algo que se había convertido en un placer adictivo y gratificante como pocos. Para alguien a quien le guste escribir, como es el caso, esto es un juguete único. Un lugar donde escribir, lo que quieras, como quieras y cuando quieras. Y con lectores garantizados, de todas partes del mundo. Con los que puedes comunicarte. ¿Hay quien dé más?

Así que, aquí sigo. Y seguiré. Engrosando los archivos del blog, que han superado los 600 posts. Esta ventana seguirá abierta, mientras me haga tanta ilusión contar cosas, pensar en voz alta y sentir que, en alguna parte, alguien disfruta con lo que escribo. Ah, y mientras Blogger lo permita...

Por eso, y porque me gustaría celebrar con los asiduos a este blog esos cinco años, todo el que quiera dejar huella de su paso por aquí, puede hacerlo. Pinchando aquí, o en el link de la derecha, bajo la cuenta atrás para el día del quinto aniversario...

Entre la bruma del día a día, sobre el resbaladizo moho de la rutina que se instala imperceptiblemente en nuestra vida, de vez en cuando aparece algo nuevo que hace que se tambaleen los pilares de nuestra existencia. A veces, los dinamita, y otras si no los tumba, si que los conmueve, hasta los cimientos, y todo sigue igual, pero sólo a simple vista, bastaría con rascar un poco en la superficie para comprobar que hay un antes y un después del cataclismo. No son cambios que busquemos, porque no nos hacen falta, o eso es lo que creemos: el musgo de lo cotidiano es suave y blandito, se está muy a gusto sabiendo lo que se debe hacer en cada momento, lo que está bien y lo que está mal, lo que es adecuado y lo que no es conveniente. Ese equilibrio, precario siempre, aunque engañosamente sólido, suele tener un precio demasiado alto, y ese peaje a pagar incluye una irrecuperable pérdida de espontaneidad, de sorpresa ante lo inesperado. Es por eso que los chispazos de la novedad rompedora de lo que siempre es, a veces son lo bastante deslumbrantes como para despertar nuestro lado arriesgado, incluso el temerario, y nos atrevemos a poner en juego esa armonía conseguida, ese equilibrio sosegado en el que hasta entonces habíamos vivido tranquilamente instalados. Después de todo, incluso lo que ahora es rutina, un día también fue emocionante sorpresa…

Son pequeños cambios, o grandes, que de todo hay, pero todos consiguen romper la inercia en la que nos movemos, zarandearnos y hacernos sentir un poco más vivos. Pequeños estímulos que nos aguijonean, nos despiertan de ese dulce sopor, y nos hacen pensar en qué es lo que estamos haciendo realmente cuando damos un paso, en lugar de darlo de manera automática, sin tener conciencia clara de si avanzamos porque queremos o porque no tenemos nada mejor que hacer. Es como el que quita el piloto automático y vuelve a disfrutar cambiando las marchas: una manera de redescubrir lo que era conducir. Un reencuentro con la propia libertad.

Porque a veces hay que bajarse de la mullida superficie del colchón de la rutina, y salir fuera, respirar aire fresco y probar a tumbarse de nuevo en el prado verde, menos cómodo, lleno bichos y alguna que otra ortiga, de lo inesperado.

Hay cosas que necesitas escuchar para sentir que son reales. Aunque las sepas más que de sobra, y las sientas tuyas, y verdaderas, y sinceras como sólo puede ser lo que viene hacia ti desde lo más hondo del otro, de los fondos más recónditos y propios de alguien que te es ajeno, pero quizás no tanto. Hasta que no las ves flotando en el aire, materializadas en forma de trazos, sonando en tus oídos cada vez como si ésa fuera la primera vez, no alcanzan su verdadera dimensión.

Y esa dimensión, inmensa como lo es aquello que transmiten, siempre, cada vez, todas ellas, consigue hacerte estremecer...

SUEÑOS SON

“Los ríos más profundos son siempre los más silenciosos”. Quintus Curtius Rufus

Era algo que todavía le hacía sentir raro. Y sabía que nunca se acostumbraría del todo a ello, aunque ya no le importase demasiado. En sus treinta y cuatro años de vida, después de haber pasado más de doce mil cuatrocientas noches durmiendo, no conseguía encontrar, a pesar de sus esfuerzos por escarbar en el archivo de su memoria, ni un solo recuerdo de haber soñado nunca.

Desde que chupaba de la teta de su madre, había dormido de un tirón, siempre, aunque estuviese malo. Ni la fiebre podía con esa manera de dormir suya, a la que sus padres se acostumbraron rápidamente, pasados unos primeros meses de extrañeza, de miedo incluso, turnándose para levantarse durante la noche y comprobar aliviados que seguía respirando. Cuando fue creciendo, incluso llegados esos momentos en los que las preocupaciones empezaron a torturarle, siguió durmiendo bien, profundamente, y sin recordar nunca lo que había soñado. Era inútil: por mucho que lo intentara no sabía cómo hacer para poder soñar, por lo que nunca pudo sentir en carne propia lo que era tener un sueño asombroso ni una pesadilla espeluznante.

Se dio cuenta de ello en el autocar que le llevaba cada día al colegio. Cuando sus compañeros de ruta se contaban unos a otros sus últimas pesadillas, con monstruos llenos de babas y sangre a borbotones, con carreras imposibles en las que los pies te pesaban una tonelada, él se quedaba callado y escuchaba atentamente, preguntándose cómo era posible que mientras dormían, a sus amigos les pasaran tantísimas cosas, a cual más rara y extravagante. Cuando vio que todos, absolutamente todos salvo él, contaban alguna historieta, intrigado, le preguntó a su madre qué era eso de soñar, y ella, sorprendida ante la cara seria de su hijo, le explicó lo mejor que pudo lo que eran los sueños, esa vida paralela que sucedía en nuestras cabezas mientras dormíamos. “Me tomas el pelo, ¿verdad, mamá? ¿Me estás diciendo que cuando duermes ves cosas, te pasan historias que son mentira y que cuando te despiertas te acuerdas?”

Así era. La gente soñaba. Cuando él cerraba los ojos y se hacía el vacío absoluto durante unas horas, los demás seguían viviendo. Y vivían historias terroríficas, que les hacían llorar y gritar, y sus madres se levantaban de la cama para darles un poco de agua y un abrazo, antes de volver a cerrar los ojos y seguir durmiendo. Otras veces lo que soñaban eran cosas buenas, casi siempre algo extrañas, pero divertidas por su rareza: se encontraban con gente de la serie de televisión que habían estado viendo antes de acostarse, o viajaban a lugares lejanos donde nunca habían estado antes. Algunos se iban en pijama a la calle, otros jugaban en el Real Madrid y ganaban la liga y había incluso quien se casaba con la profesora más maciza del colegio. Era como vivir dos vidas, la de verdad y la de mentira, una de noche y otra de día.

Pero él no tenía sueños. O, como le explicó su padre, no podía acordarse de lo que había soñado. Cuando entendió lo que significaba soñar intentó recordar algo nada más abrir los ojos, pero fue inútil. Nada. Un agujero negro, tan oscuro como su habitación cuando su madre le bajaba la persiana hasta abajo, donde no ocurría nada, absolutamente nada. Pero él quería soñar. El también quería vivir más, muchas otras vidas, distintas por completo a esa rutina diaria, de casa al colegio y del colegio a clases de judo, de deberes, baño y a la cama. Pasar miedo, si era preciso. Despertarse con el corazón acelerado y lágrimas en los ojos. Necesitaba hacerlo, para poder contar también sus aventuras nocturnas, y conseguir que los chicos del autocar se quedaran con la boca abierta. Terminaría convirtiéndose en un paria escolar si seguía siempre callado, sin meter baza en las conversaciones y diciendo siempre que no, que él no había soñado nada. Si sus compañeros se enteraban de que era incapaz de soñar, entonces si que estaría acabado. Del todo.

Fue entonces cuando decidió que él también soñaría. Con los ojos abiertos. Mientras desayunaba en silencio, o cuando coloreaba sus dibujos, incluso al mismo tiempo que jugaba con su circuito de coches de carreras, sentado en la alfombra. Su padre le explicó que era posible hacerlo cuando le vio tan angustiado como para pedirle que le llevara al médico a que le recetara algo para poder soñar, como todo el mundo. Así descubrió que se podía soñar sin tener que meterse en la cama y cerrar los ojos. Los sueños, le dijo su padre, son también esas cosas que imaginamos y que no son verdad, porque sólo ocurren en nuestra cabeza. Y lo mejor de soñar sin dormir es que tú eliges el contenido del sueño. Te puedes ahorrar las pesadillas que hacen que te despiertes sudoroso y aterrorizado, y dedicarte a vivir sueños llenos de emoción y aventura, poblados de superhéroes y chicas preciosas, en las que todo te sale bien y nunca pierdes.

A partir de entonces, siguió escuchando camino del colegio lo que sus compañeros contaban, pero había días en los que también hablaba él. Y cuando lo hacía, decenas de cabezas se arremolinaban en torno a su asiento, ansiosos de escuchar lo que había soñado la noche antes. Eran inútiles los gritos de la cuidadora intentando que se sentasen correctamente; lo que contaba era demasiado emocionante, y había que estar ahí, cerca, para no perderse ni un solo detalle.

Los años pasaron, él saltó del colegio al instituto, y luego a la universidad, y sus noches siguieron siendo oscuros sumideros por los que las horas se perdían, vacías de contenido. Siguió sin tener sueños ni pesadillas cuando dormía, pero ya nunca dejó de soñar despierto. Cada vez más. Inventando historias y contándoselas a todo aquel que quisiera escucharle. Con el tiempo, llegó a conseguir que le pagaran por hacerlo.

Se había convertido en un escritor.

Vivir el presente es como respirar: hasta que no te paras a pensar en ello, no te das cuenta de que lo estás haciendo. Pero cuando te paras, o te paran, eres consciente de que realmente no eres más que lo que eres en ese instante. Y ves cómo lo que fuiste ayer pesa, sí, pero su materia se ha fundido con lo que eres ahora, de manera imperceptible y lenta, pero sólida, y realmente te resultaría difícil distinguir lo que empieza en el ayer y lo que termina en el ahora en tu yo actual. ¿Y el futuro? El mañana es sólo una nebulosa que dicen que está ahí, y tú te lo crees, porque lo has visto otras veces convertirse en presente, pero también sabes que no te esperará si te quedas atrás. Ni a ti ni a nadie.

Somos hoy, ahora, y lo demás importa poco.