LINEA UNO (Update, 26/03/2008)
“A menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo.”
Jean de la Fontaine
Caminaba mirando al suelo, encerrado en la jaula de sus propios pensamientos, donde las ideas revoloteaban en desbandada, chocando contra las rejas, intentando salir de su cerebro sin éxito. Tampoco sus emociones conseguían abrirse paso hasta el exterior, demasiados años de entrenamiento, de férreo autocontrol, le mantenían cómodamente instalado en ese estado hermético, taciturno y silencioso. Había llegado a tal punto de perfeccionamiento de aquella manera de vivir que ya no tenía ni que proponérselo, simplemente sucedía. El mundo estaba ahí, pero era algo que a él le importaba lo justo, pocas cosas conseguían rozarle, apenas perturbarle ligeramente en las escasas ocasiones en que salía a la calle y se veía obligado a entrar en contacto con otros seres de su especie. Acudía a sus citas profesionales, visitaba a sus padres con una regularidad perfectamente medida para evitar preguntas indiscretas e intromisiones en su rutina, cubría su anormalidad con el barniz de la cortesía y la buena crianza, pero en el fondo nada de lo que sucedía más allá de sí mismo le importaba. Todo, hechos y personas, le resbalaba, gotas de agua salpicando el cuello de un pato que se secaban rápidamente al sol, incapaces de traspasar la gruesa capa que su soledad buscada y deseada había creado en torno a él. Cuando tocaba, cogía el ascensor, atravesaba lentamente el vestíbulo del portal, y se limitaba a poner un pie detrás de otro hasta llegar a su destino. Luego desandaba el camino, ajeno a lo que sucedía a su alrededor, metía la llave en la cerradura del portal y se atrincheraba de nuevo en su casa. Podían volver a pasar semanas enteras sin que pisara la calle, sin ver ni hablar con nadie.
Tropezó con ella cuando bajaba las escaleras del metro, al mismo tiempo que se afanaba por sacar del bolsillo exterior de su mochila unas monedas para el billete. Durante un instante, se tambaleó, más por lo inesperado del encuentro, que por la fuerza con la que su cuerpo había impactado sobre el de la frágil muchacha. Lo último que estaba en sus planes para aquella mañana era chocarse con alguien, y menos contra una mujer tan atractiva y tan canija. Le gustaban las señoras, sí, pero las altas. Le fascinaban las chicas gráciles e interminables, y ésta era diminuta, metro y medio de hembra, y demasiado guapa de cara para su gusto. Le daban grima las mujeres de facciones excesivamente perfectas. Ésta tenía una cara tan bonita que le estaba empezando a doler la cabeza, así que desvió la vista y se agachó a recoger las tres monedas de veinte céntimos que se le habían caído al suelo. Cuando volvió a ponerse de pie, ella ya había desaparecido. Respiró aliviado, contó el dinero, y sacó el billete de la máquina. Ida y vuelta. Línea Uno. Nueve estaciones. Sin transbordos. Como siempre.
Le esperaban a las once en la oficina de la empresa para la que trabajaba desde hacía cinco años. Con un ordenador y una línea de teléfono podía ganarse la vida sin salir de su salón y sin quitarse el pijama durante días, pero cada cierto tiempo era inevitable que tuviera que acudir a la otra punta de la ciudad, al edificio de cristales azules en el que se le esperaba para justificar el sueldo que recibía y planificar el trabajo de los próximos meses. Una vez dentro del tren, se sentó en el único asiento libre que quedaba, adelantándose a una señora gorda y torpona, que se le quedó mirando con cara de odio, mientras él se colocaba los auriculares y pensaba en lo curioso que era el hecho de que las chicas guapas y menuditas le produjeran cefalea, y las feas y gordas, dolor de estómago. De repente, los acordes de “La Bohème” se impusieron al silencio del vagón abarrotado de gente, y durante unos minutos le sumergieron en una burbuja mullida y protectora. Cerró los ojos, y se dejó mecer por la música, olvidando por un momento dónde estaba y hacia dónde se dirigía.
Cuando volvió a abrirlos, sólo quedaban tres personas en el vagón, incluido él. Una era la mujer de antes, rolliza y sudorosa, todavía amostazada y con cara de poquísimos amigos. Aunque había conseguido sentarse, ahora se abanicaba con furia, mientras seguía mirándole con ojos venenosos. Desvió la mirada hacia el segundo ocupante del tren, incómodo y con ganas de bajarse del vagón lo antes posible. Dos asientos a su derecha se despatarraba un chico de mirada triste y zapatillas mugrientas, que no paraba de morderse las uñas con desesperación, como si su único objetivo en este mundo fuera devorarse a sí mismo empezando por los dedos. Se miró las manos, y pensó que, después de todo, todavía le interesaba un poco lo que ocurría más allá de su propio pellejo, al menos lo suficiente como para cortarse las uñas cada semana y meter las deportivas en la lavadora cuando empezaba a tener que dejarlas por la noche en el alféizar de la ventana a riesgo de morir gaseado por sus efluvios. Dejó escapar una sonrisilla por primera vez en muchos días, y apagó la música. Su estación era la siguiente. Se levantó para salir, y pegó un traspié al tropezar con los pies del chico, que ni se inmutó, pero sí que sobresaltó a la gorda, lo que le hizo merecedor de otra mirada asesina antes de abandonar el tren.
La luz de la calle le sorprendió, aunque no tanto como lo hizo escuchar su nombre a sus espaldas. Uno de sus compañeros, también convocado a la reunión de aquel día, le saludaba efusivamente, como si aquel encuentro fuese lo mejor que le había pasado en mucho tiempo. Quizás lo fuera. Alfons Pons era un tipo entusiasta y risueño, sospechosamente contento siempre, con una alegría demasiado excesiva y continua para poder pasar por sincera. Sin embargo, aquel día sus risotadas y palmadas en la espalda no le molestaron tanto como otras veces. Seguramente fuese sólo porque tenía bastante hambre, pero aceptó casi complacido la invitación a desayunar del catalán antes de dirigirse a la oficina, y por un momento olvidó que odiaba que le tocaran, y que le daba mareos la sola idea de tener que responder a preguntas idiotas o ser simpático y ocurrente porque era lo que se esperaba que hiciera. Sin saber muy bien cómo, se encontró mojando churros en el café, y disfrutando de ello, mientras Pons renegaba de la imposibilidad de encontrar “tumaquet” en los bares de Madrid, y echaba media frasca de aceite sobre una rebanada de pan de molde casi carbonizada.
Cuando el vigilante de seguridad del edificio les dio los buenos días, eran las once menos cinco. Su jefe estaría ya sentado en la sala de juntas. Bárbara, su secretaria, ya habría colocado diez botellas de agua y diez blocs de notas en la mesa para los diez asistentes a la reunión. Dentro de tres horas todo habría terminado, hasta el próximo trimestre. Él estaría de nuevo en su casa, y el mundo volvería a quedarse fuera. O quizás no. Alfons Pons le había pedido su dirección de correo, y él había cometido la imprudencia de dársela. Seguramente sólo la utilizaría para mandarle mensajes en cadena de chistes guarros o fotos trucadas. Pero también podía usarla para decirle que había venido a Madrid, y que quería irse con él de cañas. Y sabía que si Pons lo hacía, no podría decirle que no. Tampoco había sido capaz de hacerlo a la salida de la reunión, y ahí estaba ahora, con él, escuchando los últimos cotilleos acerca del jefe de contabilidad de la delegación de Valencia, pelando gambas y bebiendo cerveza en el mismo bar en el que habían desayunado.
A medida que las cáscaras se amontonaban a sus pies, la voz de Alfons Pons, se iba convirtiendo en un rumor manso, casi relajante y adormecedor, tan de fondo de sus pensamientos como el sonido del telediario en la televisión del bar. Intentaba mantener la atención en lo que le contaba con tanto entusiasmo como minuciosidad, algo relacionado con un interesantísimo tipo de interés hipotecario, pero era inútil. Ni la más desenfrenada y vehemente verborrea de su colega podía quitarle de la cabeza la imagen de la chica del metro. La canija arrebatadoramente bella que se había estampado contra él. Pero lo que daba vueltas en su mente, evitando que se concentrara en nada más, por mucho que Pons se esforzara, no era la expresión estupefacta de ella al chocarse con él hacía un rato en el vestíbulo del metro. Ésa la había olvidado casi instantáneamente mientras bajaba corriendo por las escaleras mecánicas hacia el andén. El rostro que se paseaba por su cavidad craneal sin posibilidad de control, hasta levantarle dolor de cabeza, era el otro, el que acababa de ver en una foto minutos antes de la reunión, en la oficina. El mismo pelo, quizás algo más largo, un maquillaje suave, lo justo para resaltar esos pómulos insultantemente perfectos y esa sonrisa un poco burlona, pero cálida. Y sobre todo esos ojos, que en el instante de la colisión había sólo adivinado, asustado por su propia osadía, y que volvían a taladrar los suyos, aunque esta vez de manera franca y directa, sin posibilidad de esquivarlos. Bárbara le clavó literalmente una esquina de la fotografía en el lagrimal izquierdo, mientras hacían tiempo ante la máquina de café esperando a los más rezagados. “Mira que hermana más guapa tengo, Nadal. Y ya ves que es un bombón… Pues aún es más lista”. El corazón le pegó un respingo, porque era ella, la misma, la chica bajita, pero preciosa, tan dolorosamente atractiva que le había hecho desviar la mirada. Si su primera visión le había hecho lamentar no llevar consigo una aspirina, ésta le provocó un sudor frío capaz de destemplarle por completo. Siguió sintiendo la piel de gallina bajo la camisa durante toda la reunión, y agradeció mentalmente la feliz idea de su compañero de volver a aquel bar, un tugurio en el que el olor a fritanga camuflaba su propio tufillo a sudor nervioso, el olor áspero y algo picante del pánico. Qué pequeño era el mundo, y qué hermosa era también Bárbara. Sólo había coincidido con ella un puñado de veces, en sus siempre apresuradas visitas a la sede de la empresa, pero hasta aquel día no la había mirado y la había visto, mientras salía de la sala de juntas, con un puñado de carpetas bajo el brazo y el pelo rozándole con suavidad unas clavículas perfectas. Fue entonces cuando se dio cuenta de que era casi tan alta como él y de cómo los tacones conseguían dar la impresión de que sus piernas no terminaban nunca…
Se despidió de su colega junto al taxi que le llevaría al aeropuerto, se echó la mochila al hombro y lanzó un suspiro tan hondo y sentido que le pilló por sorpresa, hasta el punto de hacerle sonreír. El día era frío, pero soleado, de esos días de invierno de cielos azules y aire afilado que hacen que la gente entre apresurada a los cafés, pida la leche bien caliente, y se fume más de un cigarrito sin demasiadas ganas, sólo para entrar en calor. El ya no fumaba, así que se subió el cuello del abrigo y miró el reloj de un termómetro callejero que marcaba 2ºC. Calculó que le llevaría algo más de una hora llegar a su casa andando. Sacó el billete del metro del bolsillo trasero del pantalón, y lo tiró a la primera papelera que encontró.
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domingo, marzo 23, 2008
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10:59 PM