OSADÍA


En la esquina doblada

del libro que ahora lees, mientras me sueñas.

Ahí estoy. Escondida

bajo el recuerdo aún fresco de un aroma. El mío.

ése que nunca encontrarás más allá de mi piel,

el mismo que reconocerías en el infierno,

si hasta allí llegaras intentando huir de mi presencia.

Inútilmente. Porque estoy dentro, donde nadie entra

si no es con tu permiso,

y perdimos la llave, sin hacer copia...


En tu ceño fruncido, mientras piensas

en otras cosas, quizás más importantes, o quizás no,

ahí también revoloteo yo, libélula atrapada,

sacando chispas que iluminan tu camino,

chocando contra las paredes de tu noche,

haciendo de ella día.

Ya no se pone el sol en tu horizonte,

porque yo soy luz, y a veces nubes, y también tormenta.

Relámpago que hiere, trueno que ciega, tempestad que asusta,

pero tú miras sin miedo por el cristal mojado,

porque sabes sin que nadie te lo diga,

que todo irá bien,

porque estoy contigo.


Trozos de mí, fragmentos que te entrego cada día,

y que tú guardas, con cuidado, para que no se rompan,

doblados en el bolsillo de tu alma, donde nadie los coja.

Piezas inútiles de un puzzle inmenso,

que completaste, tú solo, hace ya tiempo...


Niños correteando por el salón de bodas. Vestidos vaporosos de damita de honor, zapatos Merceditas y flores en el pelo, ellas. Pelo engominado de punta, corbatas y chalecos en miniatura, versiones reducidas de papá, ellos. Son los hijos de mis primos. Un ramillete de chiquillos que parecen surgidos de la nada, pero que han ido apareciendo poco a poco, a pesar de nuestra falta de contacto, testimonio palpable de que el tiempo pasa, y la vida sigue, repitiéndose de manera tan milagrosa como simétrica, tan caprichosa como metódica. Un puñado de arruguitas nuevas en los ojos da fe de los años transcurridos desde la última boda en que nos vimos, y también los kilos que esconden a los chicos flacuchos y nerviosos que fueron un día. Ahora llaman a sus hijos para la foto con la novia de hoy, pero sonríen igual que hace tantos años, más de treinta, los de mis mejores recuerdos de infancia, junto a ellos. La misma cara pícara que cuando mataban lagartijas con tirachinas, el mismo gesto travieso del que siempre ganaba a los otros corriendo, la misma sonrisa embaucadora de la única niña entre cuatro hermanos, capaz de ganarse al padre más severo… Hay cosas que el tiempo no borra ni cambia, por mucho que lo intente, por mucho que nos empeñemos en cerrar los ojos y volverlos a abrir veinte años más tarde. Y si las cambia, es sólo en apariencia. Porque ayer escuché las mismas carcajadas descontroladas e incontrolables, idénticas a aquellas que volvían locas a nuestras madres, a su tía y la mía, cuando éramos nosotros los que nos aburríamos juntos en la iglesia, y trotábamos sin control entre los camareros sofocados y en equilibrio inestable con sus bandejas llenas de gambas y langostinos. Son otros, sí, pero no tan distintos a los que fuimos, ésos que ahora se colocan junto a la chica vestida de blanco, siguiendo las instrucciones del fotógrafo, los pequeños delante, los mayores detrás, aunque las madres de entonces sean ahora las abuelas, las que gritan intentando reunir a la manada en desbandada por la plaza del ayuntamiento: “Venga, todos los niños, una foto con la novia…”.

No sé si el novio merienda todavía bocadillos de chopped de lata, del cuadrado, como en la foto. Yo, no, aunque a veces lo veo en la tienda, y me acuerdo de lo rico que estaba. Hace siglos que mi abuela no vive en esa casa, la derribaron hace mucho tiempo. Sin embargo, él me dedicó ayer la misma sonrisa de entonces, idéntica, al despedirme de él, pasada la medianoche, cuando me dijo lo mucho que se alegraba de que hubiese ido a su boda…

LINEA UNO (Update, 26/03/2008)

“A menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo.”

Jean de la Fontaine


Caminaba mirando al suelo, encerrado en la jaula de sus propios pensamientos, donde las ideas revoloteaban en desbandada, chocando contra las rejas, intentando salir de su cerebro sin éxito. Tampoco sus emociones conseguían abrirse paso hasta el exterior, demasiados años de entrenamiento, de férreo autocontrol, le mantenían cómodamente instalado en ese estado hermético, taciturno y silencioso. Había llegado a tal punto de perfeccionamiento de aquella manera de vivir que ya no tenía ni que proponérselo, simplemente sucedía. El mundo estaba ahí, pero era algo que a él le importaba lo justo, pocas cosas conseguían rozarle, apenas perturbarle ligeramente en las escasas ocasiones en que salía a la calle y se veía obligado a entrar en contacto con otros seres de su especie. Acudía a sus citas profesionales, visitaba a sus padres con una regularidad perfectamente medida para evitar preguntas indiscretas e intromisiones en su rutina, cubría su anormalidad con el barniz de la cortesía y la buena crianza, pero en el fondo nada de lo que sucedía más allá de sí mismo le importaba. Todo, hechos y personas, le resbalaba, gotas de agua salpicando el cuello de un pato que se secaban rápidamente al sol, incapaces de traspasar la gruesa capa que su soledad buscada y deseada había creado en torno a él. Cuando tocaba, cogía el ascensor, atravesaba lentamente el vestíbulo del portal, y se limitaba a poner un pie detrás de otro hasta llegar a su destino. Luego desandaba el camino, ajeno a lo que sucedía a su alrededor, metía la llave en la cerradura del portal y se atrincheraba de nuevo en su casa. Podían volver a pasar semanas enteras sin que pisara la calle, sin ver ni hablar con nadie.

Tropezó con ella cuando bajaba las escaleras del metro, al mismo tiempo que se afanaba por sacar del bolsillo exterior de su mochila unas monedas para el billete. Durante un instante, se tambaleó, más por lo inesperado del encuentro, que por la fuerza con la que su cuerpo había impactado sobre el de la frágil muchacha. Lo último que estaba en sus planes para aquella mañana era chocarse con alguien, y menos contra una mujer tan atractiva y tan canija. Le gustaban las señoras, sí, pero las altas. Le fascinaban las chicas gráciles e interminables, y ésta era diminuta, metro y medio de hembra, y demasiado guapa de cara para su gusto. Le daban grima las mujeres de facciones excesivamente perfectas. Ésta tenía una cara tan bonita que le estaba empezando a doler la cabeza, así que desvió la vista y se agachó a recoger las tres monedas de veinte céntimos que se le habían caído al suelo. Cuando volvió a ponerse de pie, ella ya había desaparecido. Respiró aliviado, contó el dinero, y sacó el billete de la máquina. Ida y vuelta. Línea Uno. Nueve estaciones. Sin transbordos. Como siempre.

Le esperaban a las once en la oficina de la empresa para la que trabajaba desde hacía cinco años. Con un ordenador y una línea de teléfono podía ganarse la vida sin salir de su salón y sin quitarse el pijama durante días, pero cada cierto tiempo era inevitable que tuviera que acudir a la otra punta de la ciudad, al edificio de cristales azules en el que se le esperaba para justificar el sueldo que recibía y planificar el trabajo de los próximos meses. Una vez dentro del tren, se sentó en el único asiento libre que quedaba, adelantándose a una señora gorda y torpona, que se le quedó mirando con cara de odio, mientras él se colocaba los auriculares y pensaba en lo curioso que era el hecho de que las chicas guapas y menuditas le produjeran cefalea, y las feas y gordas, dolor de estómago. De repente, los acordes de “La Bohème” se impusieron al silencio del vagón abarrotado de gente, y durante unos minutos le sumergieron en una burbuja mullida y protectora. Cerró los ojos, y se dejó mecer por la música, olvidando por un momento dónde estaba y hacia dónde se dirigía.

Cuando volvió a abrirlos, sólo quedaban tres personas en el vagón, incluido él. Una era la mujer de antes, rolliza y sudorosa, todavía amostazada y con cara de poquísimos amigos. Aunque había conseguido sentarse, ahora se abanicaba con furia, mientras seguía mirándole con ojos venenosos. Desvió la mirada hacia el segundo ocupante del tren, incómodo y con ganas de bajarse del vagón lo antes posible. Dos asientos a su derecha se despatarraba un chico de mirada triste y zapatillas mugrientas, que no paraba de morderse las uñas con desesperación, como si su único objetivo en este mundo fuera devorarse a sí mismo empezando por los dedos. Se miró las manos, y pensó que, después de todo, todavía le interesaba un poco lo que ocurría más allá de su propio pellejo, al menos lo suficiente como para cortarse las uñas cada semana y meter las deportivas en la lavadora cuando empezaba a tener que dejarlas por la noche en el alféizar de la ventana a riesgo de morir gaseado por sus efluvios. Dejó escapar una sonrisilla por primera vez en muchos días, y apagó la música. Su estación era la siguiente. Se levantó para salir, y pegó un traspié al tropezar con los pies del chico, que ni se inmutó, pero sí que sobresaltó a la gorda, lo que le hizo merecedor de otra mirada asesina antes de abandonar el tren.

La luz de la calle le sorprendió, aunque no tanto como lo hizo escuchar su nombre a sus espaldas. Uno de sus compañeros, también convocado a la reunión de aquel día, le saludaba efusivamente, como si aquel encuentro fuese lo mejor que le había pasado en mucho tiempo. Quizás lo fuera. Alfons Pons era un tipo entusiasta y risueño, sospechosamente contento siempre, con una alegría demasiado excesiva y continua para poder pasar por sincera. Sin embargo, aquel día sus risotadas y palmadas en la espalda no le molestaron tanto como otras veces. Seguramente fuese sólo porque tenía bastante hambre, pero aceptó casi complacido la invitación a desayunar del catalán antes de dirigirse a la oficina, y por un momento olvidó que odiaba que le tocaran, y que le daba mareos la sola idea de tener que responder a preguntas idiotas o ser simpático y ocurrente porque era lo que se esperaba que hiciera. Sin saber muy bien cómo, se encontró mojando churros en el café, y disfrutando de ello, mientras Pons renegaba de la imposibilidad de encontrar “tumaquet” en los bares de Madrid, y echaba media frasca de aceite sobre una rebanada de pan de molde casi carbonizada.

Cuando el vigilante de seguridad del edificio les dio los buenos días, eran las once menos cinco. Su jefe estaría ya sentado en la sala de juntas. Bárbara, su secretaria, ya habría colocado diez botellas de agua y diez blocs de notas en la mesa para los diez asistentes a la reunión. Dentro de tres horas todo habría terminado, hasta el próximo trimestre. Él estaría de nuevo en su casa, y el mundo volvería a quedarse fuera. O quizás no. Alfons Pons le había pedido su dirección de correo, y él había cometido la imprudencia de dársela. Seguramente sólo la utilizaría para mandarle mensajes en cadena de chistes guarros o fotos trucadas. Pero también podía usarla para decirle que había venido a Madrid, y que quería irse con él de cañas. Y sabía que si Pons lo hacía, no podría decirle que no. Tampoco había sido capaz de hacerlo a la salida de la reunión, y ahí estaba ahora, con él, escuchando los últimos cotilleos acerca del jefe de contabilidad de la delegación de Valencia, pelando gambas y bebiendo cerveza en el mismo bar en el que habían desayunado.

A medida que las cáscaras se amontonaban a sus pies, la voz de Alfons Pons, se iba convirtiendo en un rumor manso, casi relajante y adormecedor, tan de fondo de sus pensamientos como el sonido del telediario en la televisión del bar. Intentaba mantener la atención en lo que le contaba con tanto entusiasmo como minuciosidad, algo relacionado con un interesantísimo tipo de interés hipotecario, pero era inútil. Ni la más desenfrenada y vehemente verborrea de su colega podía quitarle de la cabeza la imagen de la chica del metro. La canija arrebatadoramente bella que se había estampado contra él. Pero lo que daba vueltas en su mente, evitando que se concentrara en nada más, por mucho que Pons se esforzara, no era la expresión estupefacta de ella al chocarse con él hacía un rato en el vestíbulo del metro. Ésa la había olvidado casi instantáneamente mientras bajaba corriendo por las escaleras mecánicas hacia el andén. El rostro que se paseaba por su cavidad craneal sin posibilidad de control, hasta levantarle dolor de cabeza, era el otro, el que acababa de ver en una foto minutos antes de la reunión, en la oficina. El mismo pelo, quizás algo más largo, un maquillaje suave, lo justo para resaltar esos pómulos insultantemente perfectos y esa sonrisa un poco burlona, pero cálida. Y sobre todo esos ojos, que en el instante de la colisión había sólo adivinado, asustado por su propia osadía, y que volvían a taladrar los suyos, aunque esta vez de manera franca y directa, sin posibilidad de esquivarlos. Bárbara le clavó literalmente una esquina de la fotografía en el lagrimal izquierdo, mientras hacían tiempo ante la máquina de café esperando a los más rezagados. “Mira que hermana más guapa tengo, Nadal. Y ya ves que es un bombón… Pues aún es más lista”. El corazón le pegó un respingo, porque era ella, la misma, la chica bajita, pero preciosa, tan dolorosamente atractiva que le había hecho desviar la mirada. Si su primera visión le había hecho lamentar no llevar consigo una aspirina, ésta le provocó un sudor frío capaz de destemplarle por completo. Siguió sintiendo la piel de gallina bajo la camisa durante toda la reunión, y agradeció mentalmente la feliz idea de su compañero de volver a aquel bar, un tugurio en el que el olor a fritanga camuflaba su propio tufillo a sudor nervioso, el olor áspero y algo picante del pánico. Qué pequeño era el mundo, y qué hermosa era también Bárbara. Sólo había coincidido con ella un puñado de veces, en sus siempre apresuradas visitas a la sede de la empresa, pero hasta aquel día no la había mirado y la había visto, mientras salía de la sala de juntas, con un puñado de carpetas bajo el brazo y el pelo rozándole con suavidad unas clavículas perfectas. Fue entonces cuando se dio cuenta de que era casi tan alta como él y de cómo los tacones conseguían dar la impresión de que sus piernas no terminaban nunca…

Se despidió de su colega junto al taxi que le llevaría al aeropuerto, se echó la mochila al hombro y lanzó un suspiro tan hondo y sentido que le pilló por sorpresa, hasta el punto de hacerle sonreír. El día era frío, pero soleado, de esos días de invierno de cielos azules y aire afilado que hacen que la gente entre apresurada a los cafés, pida la leche bien caliente, y se fume más de un cigarrito sin demasiadas ganas, sólo para entrar en calor. El ya no fumaba, así que se subió el cuello del abrigo y miró el reloj de un termómetro callejero que marcaba 2ºC. Calculó que le llevaría algo más de una hora llegar a su casa andando. Sacó el billete del metro del bolsillo trasero del pantalón, y lo tiró a la primera papelera que encontró.

Cuanto más leo, menos capaz me siento de escribir. Y últimamente estoy leyendo mucho… Mi autoestima creativa está bajo mínimos, y de nada me sirve mi nuevo portátil, aún con olor a nuevo, ni mis buenos propósitos de irme a escribir a la biblioteca o a una cafetería tranquila, para huír de las distracciones y las obligaciones que me asaltan y me dispersan en cuanto me pongo a ello en casa. Todo inútil. Supongo que tener la cabeza llena de historias ajenas no me deja mucho espacio para pensar en las propias. Y es que me gusta mucho escribir, sí, pero siempre me ha gustado más leer. Cada vez me gusta más. Prefiero que me cojan de la mano y le lleven a recorrer mundos perfectamente construidos que ser yo la que sude tinta para imaginarme algo que seguramente ya habrá contado otro y mucho mejor que yo. Me gusta quedarme con la boca abierta ante la maestría de otros creando un todo a partir de la nada, soy una presa fácil de la admiración ajena porque mi ego es humilde y modesto y mi capacidad de asombro infinita. Me encanta volver sobre lo conocido, releer me pierde, pero también me fascina descubrir a gente nueva que reverdece cada cierto tiempo mi certeza de que todo (o casi) está aún por inventar. Así que cuando atravieso una de estas épocas de lectora-devoradora-fan-fatal-admiradora-babeante, por mucho que lo intente, me siento incapaz de escribir nada que merezca la pena. Lo intento, pero es inútil. Es como si las bondades de lo que leo me emborracharan, y mi juicio se viese seriamente perturbado por los efluvios de lo que engullo sin control. El resultado es que cuando me pongo a escribir, todo lo que me sale me parece malísimo, soso y sin sustancia, tan pésimo que incluso yo misma, sumergida en ese estado extraño en el que me encuentro y del que soy perfectamente consciente, me doy cuenta de que algo grave me está pasando, porque “eso” no puedo haberlo escrito yo.

Supongo que lo mejor en estos casos sería dejar pasar la euforia lectora, disfrutar de ello, y aparcar lo de escribir para más tarde. Eso sería lo razonable, lo sensato, lo inteligente. Pero ahora mismo en mi cabeza hay de todo menos lógica, sensatez o buen juicio. Quiero seguir leyendo, pero también quiero y necesito escribir. Tengo que escribir un relato sobre viajes para el martes, y no tengo ni la más mínima idea de qué contar ni cómo. En mi cerebro, desde hace días, bullen varias ideas para la que podría ser mi primera novela que terminarán por evaporarse si no las atrapo, así que no puedo dejar de intentarlo. Pero todos mis intentos se estrellan, uno tras otro, porque yo, que siempre he sido monotarea en eso de leer libros, estoy empezando a ser capaz de leer más de uno al mismo tiempo, algo que me resultaba imposible hasta hace poco. Así que el problema se multiplica por dos. Porque estoy enviciada releyendo “El Quijote”, y esta vez me estoy zampando hasta las notas a pie de página del señor De Riquer. Y el martes, cuando me fui a la biblioteca a escribir, lo que hice fue devolver el “Manual de Literatura para caníbales” y terminar por sacar otro libro de Rafael Reig (*) que, me temo, también devoraré en menos de una semana…

A todo esto, ¿yo no había abierto el ordenador para ponerme a escribir sobre un viaje? ¿Qué demonios estoy haciendo? Creo que mejor me voy a empezar "Sangre a borbotones"...

(*) Desde aquí mis agradecimientos a Conde-Duque por descubrirme a Rafael Reig. Conde, querido, te lo agradeceré eternamente, pero también serás el culpable de que todo lo que escriba durante una buena temporada me parezca una chufa, que lo sepas...

Tengo sueño. Ahora mismo y casi todo el tiempo. Recién levantada, a eso de las siete. A media mañana, mientras me preparo un té con unas galletas. Después de comer, a pesar del café que me obligo a tomar. Cuando salgo de trabajar, justo en el momento en el que la descompresión hace que me pegue el bajonazo que ha conseguido evitar la actividad constante a lo largo de todo el día. Cada vez me cuesta más trabajo madrugar, ya dejo sonar tres veces el móvil antes de levantarme cuando antes lo hacía a la primera. Me echaría la siesta cada tarde, pero es un lujo que sólo puedo permitirme los fines de semana, y ni siquiera los dos días. Sin embargo, intento aprovechar lo que me queda del día después del trabajo, y no me acuesto a las diez de la noche, a pesar de que es algo que haría encantada de la vida más de un día.

¿Sueño atrasado? Quizás. Lo comprobaré esta semana, porque pienso pasar todo lo que pueda de la Semana Santa dormitando. Con el pijama. De la cama al sofá, y del sofá a la tumbona, en la terraza, al sol, si es que el tiempo lo permite.

Se me cierran los ojos sólo de pensarlo…

Cuando te toca formar parte de una mesa en las elecciones, puedes reaccionar de dos maneras. Acordándote de toda la familia del que inventó el sistema democrático y de paso también de los progenitores de los padres de la constitución, o poniéndote contenta. Yo me puse muy contenta. Desde que voté por primera vez, me apetecía la posibilidad de ver las elecciones desde el otro lado de la urna. Aunque la gente que lo había hecho me dijese invariablemente que era un rollo y un marronazo, que acababas harta y cansadísima, que terminabas hecho migas a las tantas de la noche, y que no merecían la pena los 60 euros que te daban (a mi me dieron 84,00...). Yo quería que me tocara, y claro, no me tocaba... Hasta que dejé de pensar en ello. Cuando ya daba por hecho que esta vez tampoco, recibí notificación de que esta vez sí. Primera Vocal. Y titular, nada de suplente. Si me hubiesen dicho que me había tocado un viaje al Caribe en el sorteo del supermercado de la esquina, no creo que me hubiese puesto tan entusiasmada ante la idea. En fin, lo reconozco, soy un bicho raro. Un espécimen extraño y excéntrico que disfrutó un montón del día de ayer, a pesar de acabar sin sentir los dedos (me tocó escribir...) a las 2 de la madrugada, desde las 8 de la mañana. Me gustó ver a mis vecinos votar, sus guiños cómplices al verme devolverles el DNI, me encantó el grupo de gente que me tocó en la mesa, me cayeron igual de bien el interventor del PSOE que la del PP, aunque por muy distintas razones, descubrí que tengo una vecina de urbanización bien maja a la que le tocó ser presidenta, no me importó comer y cenar un triste sandwich y un zumo a toda velocidad, y me chupé literalmente los dedos con los pasteles y la empanada de los socialistas, aunque tampoco hice ascos a las botellas de agua fresquita ni a los rotuladores y bolígrafos de los de Rajoy...

Ojalá me toque otra vez. Si no, estoy pensándome ofrecerme de interventora para las siguientes elecciones. Pero... ¿en qué partido? ¿En el que voté ayer? Supongo que sí.

Sin embargo, reconozco que la idea me atrae y me tira para atrás a partes iguales. Porque sería pasar a la acción. Dejar de mirar cómo los demás hacen cosas, y actuar. Formar parte de algo. Un paso importante, aunque parezca una tontería significaría implicarme de manera activa en política... Aunque sólo sea a nivel de una agrupación municipal, y sin afiliarme al partido, siquiera. Pero sería definirme. Mojarme. La verdad es que dicho así suena muy impresionante y, para qué negarlo, me acojona un poco... No sé, supongo que queda en mí el residuo de miedo que deja el ser hija de la generación de la postguerra, cuando la gente pensaba que lo mejor era no definirse políticamente, pasar desapercibido, por lo que pudiera pasar, por si de nuevo "cambiaba la tortilla"... "No significarse", como decían hace poco en "Cuéntame"... Yo he vivido eso. Ese pavor a decir lo que se piensa, por si acaso... Como si fuera imposible librarse del peso del pasado.

El miedo. Hace tiempo que decidí dejarlo atrás. Lo voy consiguiendo, pero aún me ronda. Estas dudas son una prueba de ello.

Quizás éste sea el momento de darle la patada definitiva…

No es obligatorio llevarte bien con la gente con la que pasas mucho tiempo, pero es aconsejable. Y práctico. Y aunque no siempre es controlable, sí que hay una buena parte de ese poder que está en manos de uno. Aunque nada es gratis en esta vida, y hacer uso de ello tiene un precio. Pagarlo o no es cuestión de organizarte y ver tus prioridades. Cuando tienes claro eso, el resto viene solo.

Hace unos meses, decidí que no me interesaba que nadie pensara que yo era una hija de puta sin serlo, ni dormir mal, ni tener problemas de conciencia, y menos aún por una causa que no era la mía, por la que llevaba demasiado tiempo luchando para nada, y en la que no creía. No pude tomar una decisión mejor. Si de algo me arrepiento ahora es de no haberla tomado mucho antes.

Ahora me siento libre, tranquila. Con una sensación de ligereza casi física, porque aquel día de octubre solté un lastre que me estaba ahogando desde hacía demasiado tiempo, lenta pero inexorablemente. Estaba a tiempo aún, y supe decir "Hasta aquí". Y me salió bien.

No es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita...

Cuando llegas a los 41 años, lo de menos son los regalos que recibes el día de tu cumpleaños. Ni si hay tarta con velas o, por el contrario, el postre es un triste plátano o una naranja igualita a la que te comiste anoche. Quizás porque ya tienes tantos años y festejos a tus espaldas que deben haberte regalado de todo y varias veces, y ya pocas cosas te hacen ilusión. O porque cualquier día, sin que haya que celebrar nada, vas a la pastelería y compras una tarta. O porque vas madurando y descubriendo que realmente necesitas cada vez menos cosas, por eso ya no esperas con ansia las fechas especiales como podías hacerlo en otros tiempos, en los que los deseos no se cumplían inmediatamente, y había que esperar a los Reyes Magos, o a las velitas en la tarta para conseguir objetos que realmente querías, con un ansia de posesión consumista y acaparadora que te acompañaba durante meses.

Un año después de traspasar la cuarentena, lo que de verdad importa, o al menos en mi caso, es poder tener a tu lado a un puñado de personas pequeño, pero imprescindible. Y que esas personas sepan hacerte una llamada a tiempo. O enviarte un sms breve, pero lleno de intención. A veces uno de los mejores regalos termina siendo esa la felicitación inesperada de alguien que ya no imaginabas que se acordaba de ti, pero que sí, que aún se acuerda.

He tenido un buen día de cumpleaños.

Sí.


Desde que era una adolescente, cada invierno planto un jacinto. Quizás sea un intento para hacer que el invierno pase más deprisa, pero su efecto es el contrario: lo que consigo es que pase mucho más despacio. A veces es desesperante ver el tiesto siempre igual, lleno de tierra, que riegas, y vuelves a regar, y no se estremece. ¿Lo habré plantado bien? ¿No lo estaré regando demasiado?

Pero es lo normal. Nada. Durante semanas. Meses. Hasta que un día, cuando menos te lo esperas, aparece. Una puntinta verde y vergonzosa, que no se atreve a salir. Pero que al final, sale...

Y empieza a crecer a velocidad de vértigo. Más y más. Y de repente, empiezan a abrirse un par de flores. Sólo un poquito. Como con timidez.

Al día siguiente, no te lo puedes creer: todas las flores quieren abrirse a la vez. ¿Tan deprisa? No puede ser.

Pero es. Y por la tarde, cuando vuelves a casa, el aroma te abofetea al abrir la puerta. Todas las flores están abiertas. Absolutamente. Con una insolencia y un “aquí estoy yo” que abruma, casi más que el olor.

Mis tres jacintos morados de este año han explotado este fin de semana. Los plantamos en noviembre.

Ayer y hoy han llenado la casa con su perfume, tan fuerte que marea un poco. Mirar sus flores perfectas hoy, pero seguramente pasadas dentro de un par de días es darse cuenta de que algunas cosas que se hacen esperar mucho tiempo, luego duran muy poco.

Eso es la vida, supongo…