Narvik es una ciudad perdida en medio de la nada. Un pretexto para poder dar salida al hierro de las minas que la rodean. Quizás el lugar más alejado de todas partes al que vaya nunca. Más cerca del Polo Norte que de París... Hace frío, pero no me molesta. Llueve, pero me gusta. Cada vez estoy más segura de que algún gen celta o vikingo deambula en mi ADN, aunque no tengo ni idea de dónde puede salir. Si no, no me explico este gusto por la bruma, el tintineo de las gotas de lluvia sobre el chubasquero...

Próximo destino: las islas Lofoten...

Es extraño cómo la vida es cíclica y obstinada, y a pesar de su fama de sorprendente e inesperada, a veces resulta tremendamente poco original... Lo digo porque hay cosas que se repiten una y otra vez a lo largo de los años, cambian los detalles, pero no el fondo, y lo hacen con una insistencia machacona de la que creemos escapar cada vez, por la experiencia ya vivida, por lo que curte la adversidad…, pero nos engañamos: la idea de que la próxima vez será diferente sólo es una ilusión óptica que dura lo que dura, mucho o poco, pero el ciclo nunca se rompe, siempre termina por imponerse, sorprendiéndonos todas las veces, como si no fuera posible desprenderse del todo de esa nota ingenua.

Ahora mismo me encuentro en el mismo punto en el que estaba el verano que siguió al inicio de este blog, nada menos que cinco años atrás: en el paro, después de haberme marchado de un trabajo que estaba acabando conmigo. Contenta por mi libertad recobrada, por haber conservado la entereza suficiente como para haber decidido actuar, pero triste por haber vuelto a terminar igual que en otras ocasiones similares: con las ilusiones en la cuneta y la sensación de que no aprendo. Un dejavu que me sé de memoria.

Es curioso, sí. O quizás no tanto. Porque yo era ésa que empezaba muy bien, evitando el pozo y el laberinto, cayendo incluso alguna que otra vez en los dados, pero invariablemente terminaba tropezando con la calavera cuando jugaba al Juego de la Oca.

De vuelta a la casilla de salida…

Los compañeros del curso de Escritura Creativa y yo hemos decidido hacer un cadáver exquisito durante las vacaciones. Lo he empezado yo, y está aquí.

Será interesante ver en Septiembre qué hemos sido capaces de hacer entre todos...

A veces haces lo que tienes que hacer, y aunque te quede la seguridad de que has hecho lo que debías, las consecuencias de tus actos no pueden ser peores. Y lo más triste es que, cuando decidiste actuar así, correctamente, sabías casi con total seguridad que no sería bueno para ti, que estabas metiendo la pata en tu contra por ser demasiado coherente, por hacer lo adecuado, por hacerlo bien. Así que, cuando la historia se repite con mínimos cambios en el guión, en el fondo no te sorprende, aunque te duela, porque esa ingenuidad tuya de nuevo había dejado un margen a que las cosas fueran diferentes esta vez.

Pero las cosas nunca cambian.

Ni tú, tampoco.

Este año tampoco he ido a la Feria del Libro. Hace años, no dejaba pasar una, pero últimamente me da mucha pereza. Supongo que algo tiene que ver que ahora El Retiro no me pilla a un paso de casa, que tengo que chuparme, como hoy, más de una hora de atasco para entrar en Madrid capital, y que, a fin de cuentas, lo que encuentras en la Feria lo tienes en una de las varias librerías grandes que hay en el centro. Sí, en una librería no sales con el libro firmado por el autor, pero aunque alguno tengo firmado y me hace ilusión que un escritor que me gusta me firme mi ejemplar, tampoco es algo que me quite el sueño.

También hacía mucho que no entraba en una librería dispuesta a llevarme todo lo que se me antojara. Dentro de unos límites, claro, no en plan "Pretty Woman" libresca, pero... casi. Controlándome férreamente y después de dejar otros tantos libros en su sitio con todo el dolor de mi corazón.

Han vuelto a casa conmigo estos seis:

- Temporada de huracanes, de Gonzalo Calcedo Juanes
- El talento de los demás, de Alberto Olmos
- Mientras ellas duermen, de Javier Marías (Sí, Vicent, te hice caso. A ver si es cierto que el Rey de Redonda y yo nos parecemos tanto como tú dices...)
- Qué raros son los hombres, de José Ovejero
- La piel fría, de Albert Sánchez Piñol (*)

(*) Sí, dije seis libros. El segundo ejemplar de La piel fría no es para mí. Exacto. Es para ti, B.

Hay muchas maneras de llegar a un mismo punto. Por autopistas, con sus correspondientes peajes. Por senderos abruptos, pero atravesando lugares inexplorados y hermosos. Por aceras mugrientas, esquivando coches mal aparcados y sin poder evitar algún empujón de un peatón demasiado apresurado.

A veces ni siquiera podemos elegir nuestro lugar de destino. Porque las circunstancias nos lo imponen. No siempre podemos decidir. A veces, incluso es agradable no hacerlo. Dejarse llevar. A ver qué pasa.

Pero siempre, siempre, lo verdaderamente importante es el propio camino.

Ni el origen ni el destino.

El durante.

Está claro que hay cosas que no cambian. Situaciones que se mantienen en el tiempo de la misma manera, y que si varían, suele ser para peor. Historias que se repiten con sorna, a pesar de nuestros esfuerzos por cambiar el curso de los acontecimientos, creyendo que nosotros somos diferentes, pero que finalmente se imponen a nuestro optimismo y nos hacen sentir como los pobres ilusos que somos, dispuestos a creer de verdad que la próxima vez será distinto. Son esas cosas que “son como son” y se supone que hay que aceptar resignadamente, adaptándose a ellas lo mejor posible para que te amarguen la vida lo justo, que nos ponen a prueba y tensan el hilo de nuestro aguante hasta romperlo. O no. El hilo se queda flojo, pero sin romperse, demostrando de nuevo, y para nuestra desgracia, que hay cosas que por mucho que queramos, no van a ser de otra manera, ni por nosotros ni por nadie: y seguimos jugando esa partida interminable de un juego perverso que pone a prueba nuestra paciencia, y lleva nuestra resistencia al límite.

A veces es necesario aceptar que hay cosas que no cambiarán nunca. Pero es justo en esos casos, cuando notamos que el hilo está tan tirante que sabemos que se romperá de un momento a otro, y nos golpeará en la cara como una goma elástica, cuando hay que hacer algo. Es quizás ése y no otro el momento justo para actuar, moverse, reaccionar. Salvarse. Porque sólo cuando te alcanza ese relámpago de lucidez inesperado y revelador, lo ves todo claro. Cuando te das cuenta de que aunque las cosas no cambien, tú sí que lo has hecho.

Y es entonces, ni antes ni después, cuando coges las tijeras, cortas el puto hilo y te quedas más ancha que larga.


Lunes, 2 de Junio de 2008.
Otro primer día del resto de mi vida...